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martes, 8 de diciembre de 2015

Nuestro hogar es el camino

Un mensaje de Navidad de Thầy (Thích Nhất Hạnh)


La temporada navideña es la época para estar con la familia, cuando, donde sea que nos encontremos, tratamos de buscar un camino de vuelta a casa para estar con nuestros seres queridos. Muchos de nosotros decoramos nuestra casa y buscamos maneras de hacer de nuestro hogar un lugar cálido y acogedor. Todos anhelamos tener un lugar que sea seguro y amoroso, donde sintamos que no tenemos que ir a ningún otro lado, ni buscar nada más. Ese lugar lo podemos llamar nuestro “verdadero hogar”. Todos tenemos este anhelo, este profundo deseo de estar en nuestro verdadero hogar.


Buscando nuestro hogar
Jesús, tan pronto como nació, se vio en la necesidad de estar huyendo y fue un refugiado, un fugitivo sin hogar. Cuando creció y se volvió un hombre joven, sucedió lo mismo; era un errático sin un hogar real a donde regresar. En uno de sus discursos, él dijo que incluso los pájaros tienen sus propios nidos a donde regresar, y los conejos y las ardillas tienen sus madrigueras, pero que el Hijo del Hombre no tenía un lugar en donde reposar su cabeza, un lugar al que pudiera llamar hogar.

El Príncipe Siddharta, como adulto, pero antes de convertirse en Buda, se encontró en una situación similar. Había nacido en una familia real que era privilegiada y adinerada. Él podía tener todo lo que quisiera en el mundo material. Tenía una bella esposa y un buen hijo. Tenía un futuro brillante por delante, destinado a volverse rey y gobernante de un gran imperio. Pero aun así, él no se sentía cómodo incluso teniendo todo esto. Él no se sentía como en casa. Él no estaba en paz. Por ello, un día decidió dejar a su familia en busca de su verdadero hogar, la paz interior.

Tanto Jesús como Siddharta estaban en búsqueda de su verdadero hogar. Ellos querían encontrar una morada cálida donde no tuvieran que buscar nada más, y donde se sintieran verdaderamente en paz y en casa. Los occidentales tienen un dicho: “No hay nada como el hogar”, que expresa el sentimiento de que no hay nada como regresar a casa después de haber estado lejos. Pero aun así, muchos de nosotros no nos sentimos en casa, no sentimos que tenemos un lugar a donde regresar, incluso estando con nuestras propias familias. Eso se debe a que en nuestras familias puede no haber suficiente calidez, suficiente amor, tranquilidad, paz o felicidad.

Algunos de nosotros vivimos en el país donde nacimos, pero aun así queremos escapar e ir a otro lado. Sentimos que no tenemos un lugar de origen. Algunos judíos sienten que todavía no tienen una patria. Han estado errantes y buscando por miles de años un lugar, un pedazo de tierra, al que puedan llamar hogar. Y nosotros –los occidentales- todos tenemos un país al que podemos llamar nuestra tierra natal, pero incluso así, algunos no estamos contentos y queremos dejarlo. Esto se debe a que no hemos encontrado nuestro verdadero hogar en nuestro corazón. En esta temporada navideña, aun si compramos un árbol de Navidad y decoramos nuestro hogar, no significa necesariamente que hemos encontrado nuestro verdadero hogar, o que estamos en paz viviendo en nuestro país de origen. Para que nuestro hogar sea verdadero, necesita haber seguridad, satisfacción, calidez y amor.


Nuestro verdadero hogar
Al final, Jesús encontró su verdadero hogar en su corazón. Él encontró la luz en su corazón y reveló a sus discípulos cómo ellos también tenían su propia luz, y les enseñó a mostrarla para que también pudieran verla los demás. Siddharta enseñó que el verdadero hogar de uno se encuentra en el momento presente. Enseñó que cada uno de nosotros tenemos una isla interior donde podemos estar sanos y salvos. Si sabemos cómo regresar a esta isla, podemos entrar en contacto con nuestros ancestros de sangre y espirituales, con las maravillas del mundo, y con nuestro propio ser. En la isla de nuestro verdadero ser, podemos encontrar paz y plenitud.

Siddharta encontró su verdadero hogar y se transformó en Buda. Él quiso que todo mundo fuera capaz de encontrarlo. Cuando Buda cumplió 80 años, sabía que pronto dejaría esta vida, y sintió mucha compasión por sus discípulos y amigos, porque vio que muchos de ellos no habían encontrado aún su verdadero hogar. Él sabía que cuando llegara el momento de que su maestro muriera, ellos se sentirían perdidos y abandonados. En ese tiempo, se encontraba practicando el retiro de la temporada de lluvias, a las afueras de la ciudad de Vaishali, al norte del río Ganges. Durante esa temporada se enfermó bastante. El Venerable Ananda, el ayudante de Buda, pensó que su maestro moriría pronto, por lo que fue al bosque a esconderse detrás de unos árboles para llorar. Pero Buda utilizó sus poderes de concentración para desacelerar el progreso de su enfermedad y para encontrar fuerzas para vivir unas semanas más, de forma que pudiera regresar a su tierra natal, Kapilavastu, y morir ahí en paz.


La Isla Interior
Al terminar el retiro de la temporada de lluvias, Buda fue a la ciudad de Vaishali a visitar a sus discípulos, los monjes, monjas y amigos laicos de la Sangha. A donde fuera que iba, daba una charla de Dharma de pocos minutos. Estas pláticas cortas se centraban comúnmente en el tema “nuestro verdadero hogar”. El sentía que después de su muerte, habría muchos discípulos que se sentirían perdidos, por lo que Buda les enseñó que todos ellos tenían un lugar de refugio al cual regresar, y que deberían refugiarse sólo ahí.

Nosotros también deberíamos aprender a regresar y refugiarnos en esa morada, en vez de tomar refugio en otras personas o cosas. Ese lugar de refugio es la “Isla del Ser”; es el Dharma. Ahí, uno puede encontrar paz y protección y encontrarse con sus ancestros y sus raíces. Ese es nuestro verdadero hogar –nuestra isla interior donde está la luz del Dharma verdadero. Al regresar allí, uno encuentra luz, uno encuentra paz y seguridad, y uno está protegido de la obscuridad. La “Isla del Ser” es un lugar de refugio seguro de las olas turbulentas que, de otra forma, arrasarían con nosotros. Tomar refugio en nuestra isla interior es una práctica muy importante.

En Plum Village tenemos una canción que se llama: “Siendo una isla para uno mismo”[1]. Esta canción es sobre la práctica de tomar refugio en uno mismo. Si aún sentimos que no hemos encontrado nuestro verdadero hogar, que no tenemos un lugar al cual podemos llamar hogar, que todavía no hemos llegado a él y que queremos buscar un lugar de origen, sintiéndonos solos o perdidos, entonces esta práctica es para nosotros. Esta canción nos puede ayudar a regresar y tomar refugio en nuestra isla interior.


Nuestro refugio de práctica
Alrededor del siglo IV o V, cuando estas pláticas fueron traducidas al chino, los monjes tradujeron la “Isla del Ser” como ‘tự châu’ (‘tự significa ser y châu’ significa isla). “Queridos monjes, practiquen siendo ustedes una isla, sabiendo cómo tomar refugio en ustedes mismos”. Esas fueron las palabras que Buda pronunció un mes antes de morir. Si consideramos que somos almas gemelas de Buda, que somos sus verdaderos estudiantes, debemos tomar su consejo y dejar de buscar un lugar de origen en el espacio y en el tiempo. Debemos buscar este verdadero hogar dentro de nuestro propio ser, dentro de nuestro propio corazón; ahí es donde está todo lo que estamos buscando. Ahí podemos tocar a nuestros ancestros, de sangre y espirituales, y tocar nuestras raíces, nuestra herencia. Ahí podemos encontrar paz y estabilidad. Ahí podemos encontrar la luz de la sabiduría. Permitámonos tomar refugio en nuestra propia isla –en la isla del Dharma. No tomamos refugio en ninguna otra persona, ni siquiera en Thầy.

El amor de Buda es inmenso. Él sabía que habría muchos estudiantes que se sentirían perdidos cuando él ya no estuviera, por lo que les recordó que su cuerpo no era algo permanente ni eterno. Él les enseñó que el lugar más valioso en el cual podían tomar refugio, era su propia isla interior. Nosotros sabemos que siempre está ahí para nosotros. No tenemos que tomar un avión, un autobús o un tren para llegar allí. Con nuestra respiración consciente y con nuestros pasos conscientes, podemos llegar de inmediato. Nuestra isla interior es nuestro verdadero refugio. Es nuestra práctica del Dharma.

Esta Navidad, si compras y traes a casa un árbol de Navidad para decorar, recuerda que tu “Verdadero Hogar” no se encuentra fuera de ti, sino que está justo en tu propio corazón. No tenemos que traer nada a nuestra casa para sentirnos satisfechos. Todo lo que necesitamos está en nuestro corazón. No necesitamos practicar por muchos años o viajar lejos para llegar a nuestro verdadero hogar. Si sabemos cómo generar la energía de la plena conciencia y la concentración, entonces, con cada respiración, con cada paso, llegamos a nuestro verdadero hogar. Nuestro verdadero hogar no es un lugar separado de nosotros por el espacio y el tiempo. No es algo que podamos comprar. Nuestro verdadero hogar está justo en el aquí y en el ahora; sólo necesitamos saber cómo regresar a él y estar verdaderamente presentes.



El hogar en el momento presente
Cuando estaba reflexionando sobre qué mensaje enviar a mis amigos y estudiantes foráneos para que pudieran practicar, de forma que pudieran ser como Jesús o como Buda, realicé una caligrafía que dice:  “No hay camino al hogar, nuestro hogar es el camino.”

En la práctica de Plum Village, los medios y los fines no son dos cosas separadas. No hay camino de vuelta al hogar, nuestro hogar es el camino. Una vez que damos un paso en el camino a casa, en ese instante estamos ahí. Tampoco hay camino a la felicidad, la felicidad es el camino. De igual forma, no hay camino hacia el Nirvana, el Nirvana es el camino. Cada respiración y cada paso tienen la capacidad de traernos de vuelta a nuestro verdadero hogar, justo aquí y ahora. Ésta es la práctica fundamental de Plum Village. Éste es el mensaje que Thầy quiere enviar a sus estudiantes durante la temporada navideña. Si quieres enviar una tarjeta de felicitación a tus amigos y seres queridos, también puedes enviarles este mensaje. Si puedes practicarlo verdaderamente, entonces el enviarlo tendrá un significado profundo; pero si no quieres practicarlo, el mensaje tendrá muy poca sustancia.
Disfrutemos de nuestra práctica de volver a casa en esta temporada navideña. Permitámonos estar verdaderamente en nuestro hogar interior y, así, volvernos un hogar para nuestros seres queridos y nuestros amigos.

Con confianza y amor, Thầy





[1] Breathing in I go back to the island within myself. There are beautiful trees within the island. There are clear streams of water. There are birds, sunshine, and fresh air. Breathing out I feel safe. I enjoy going back to my island.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Las Formas Internas

La gatha de «Cómo conocer la mejor forma de vivir solo» se inicia con la estrofa: «No persigáis el pasado». «Perseguir el pasado» significa lamentar lo que ya ha ocurrido en el pasado. Lamentamos haber perdido las bellas cosas del pasado de las que ya no disfrutamos en el presente. El Buda comenta esta estrofa diciendo: «Cuando alguien piensa en cómo era su cuerpo en el pasado, en qué sentía en el pasado, en las percepciones que tenía en el pasado, en cómo eran sus factores mentales en el pasado, y en cómo era su conciencia en el pasado; cuando piensa en todo eso y su mente se apega a esas cosas del pasado y se deja esclavizar por ellas, esa persona está persiguiendo el pasado».

El Buda nos enseñó que no hemos de perseguir el pasado porque «el pasado ha dejado de ser». Cuando nos perdemos en pensamientos sobre el pasado, nos estamos perdiendo el presente. La vida sólo existe en el momento presente. Perdernos el presente es perdernos la vida. El Buda nos lo explicó con una gran claridad: hemos de despedirnos del pasado para regresar al presente. Regresar al presente es estar en contacto con la vida.

¿Qué dinámica de nuestra conciencia es la que nos impulsa a volver al pasado y a vivir con las imágenes que rememoramos de él? Las fuerzas de las que se compone están construidas por las formaciones internas (en sánscrito, samyójana), los factores mentales que surgen en nosotros y que nos atan al pasado. Las cosas que vemos, oímos, olemos, saboreamos, tocamos, imaginamos o pensamos pueden también generar en nosotros formaciones internas: como el deseo, la irritación, la ira, la confusión, el miedo, la ansiedad, la desconfianza y otras emociones parecidas. Las formaciones internas están presentes en el fondo de la conciencia de cada uno de nosotros.

Las formaciones internas influyen en nuestra conciencia y en nuestra conducta diaria. Nos hacen pensar, decir y hacer cosas de las que ni siquiera somos conscientes. Como nos impulsan a actuar así, se llaman también ataduras, porque nos obligan a actuar de determinadas maneras.

En los comentarios se suelen mencionar nueve clases de formaciones internas: el deseo, el odio, la arrogancia, la ignorancia, las ideas falsas, el apego, la duda, la envidia y el egoísmo. La ignorancia, la falta de claridad mental, es la formación interna principal. Es el material burdo del que están hechas las otras formaciones internas. Aunque haya nueve, como el «deseo» normalmente se cita en primer lugar, suele utilizarse para representar a todas las formaciones internas. En el Kaccana-Bhaddekaratta el monje Kaccana explica:

Amigos míos, ¿qué significa el pasado? Morar en el pasado significa alguien que piensa: «En el pasado mis ojos eran de esta manera y la forma (con la que mis ojos estaban en contacto), de aquella otra» y, al pensar así, es presa del deseo. Y al ser presa de él, experimenta un anhelo. Y esta sensación le hace permanecer en el pasado.

El comentario de Kaccana podría hacernos pensar que la única formación interna que nos ata al pasado es el deseo. Pero cuando Kaccana se refiere al «deseo» lo está usando para representar a todas las formaciones internas: el odio, la duda, la envidia y las restantes. Todas ellas nos atan y nos mantienen sujetos al pasado.


A veces el simple hecho de oír el nombre de alguien que se portó mal con nosotros hace que nuestras formaciones internas de aquella época nos lleven automáticamente al pasado y que revivamos el sufrimiento padecido. El pasado es el hogar tanto de los recuerdos dolorosos como de los recuerdos felices. Dejarse absorber por el pasado es estar muerto al momento presente. No resulta fácil desprendernos del pasado y volver a vivir en el momento presente. Cuando intentemos hacerlo, hemos de resistirnos a la fuerza de las formaciones internas que hay en nosotros. Hemos de aprender a transformarlas, para tener la libertad de poder estar atentos al momento presente.



Fuente: Thich Nhat Hanh, 'Cita con la vida; el arte de vivir en el presente'.

viernes, 20 de noviembre de 2015

La riqueza de la vida espiritual procede de vivir solos

La riqueza de la vida espiritual procede de vivir solos.

Si vivimos en el olvido, si nos perdemos en el pasado o en el futuro, si nos dejamos arrastrar por nuestros deseos, ira e ignorancia, no podremos vivir cada momento de nuestra vida profundamente. No estaremos en contacto con lo que ocurre en el momento presente y nuestras relaciones con los demás se volverán superficiales y se empobrecerán.

Algunos días nos sentimos vacíos, exhaustos y tristes, no somos realmente nosotros mismos. En esos días, por más que intentemos estar en contacto con los demás, nuestros esfuerzos serán inútiles. Cuanto más lo intentamos, menos lo logramos. Cuando esto nos ocurra hemos de dejar de intentar estar en contacto con el mundo exterior y volver a entrar en contacto con nosotros mismos, para «estar solos». Hemos de cerrar la puerta a la sociedad, regresar a nosotros mismos y practicar la respiración consciente, observando a fondo lo que ocurre tanto en nuestro interior como a nuestro alrededor. Aceptamos todos los fenómenos que observamos, les decimos «hola» y les sonreímos. Y nos dedicamos a hacer cosas sencillas, como meditar andando o sentados, lavar la ropa, barrer el suelo, preparar el té o limpiar el cuarto de baño, con plena consciencia. De este modo recuperaremos la riqueza de nuestra vida espiritual.

El Buda era alguien que vivía una vida despierta, que vivía constantemente en el momento presente de una forma relajada y estable. Era una persona rica, rica en libertad, alegría, comprensión y amor. Aunque estuviera sentado en el rocoso peñasco del Monte del Buitre, a la sombre del bosquecillo de cañas de bambú del monasterio de Venuvana o bajo el tejado de paja de su cabaña en Jetavana, el Buda era el Buda, una persona serena, satisfecha y parca en palabras. Cualquiera podía ver que su presencia fomentaba en gran medida la armonía de la comunidad. Era el principal pilar para ella. Para los monjes y monjas, el simple hecho de saber que él estaba cerca influía activamente en la comunidad. Muchos discípulos del Buda, incluyendo los cientos de discípulos veteranos que tenía, inspiraban una confianza parecida en quienes los observaban. El rey Prasenajit de Kosala dijo en una ocasión al Buda que lo que le hacía confiar tanto en él era el modo de vivir pausado, sereno y feliz de los monjes y monjas que practicaban bajo su guía.

Si vivimos de manera consciente, dejaremos de ser pobres, porque nuestra práctica de vivir en el momento presente nos hace ser ricos en alegría, paz, comprensión y amor. Aunque nos encontremos con una persona pobre de espíritu, podemos observarla en profundidad y llegar hasta el fondo de su ser y ayudarla con eficacia.

Cuando vemos una película malsana o leemos una mala novela, si ya somos pobres de corazón y de mente, y débiles en consciencia, esa película o ese libro nos irritarán y empobrecerán más aún. Pero si somos ricos en consciencia, descubriremos lo que yace en el fondo de esa película o novela. Probablemente veremos en profundidad el mundo interior del director de la película o del autor de la novela. Al observarlas con la mirada de un crítico literario o cinematográfico, veremos cosas que la mayoría de la gente no ve, e incluso una película o un libro malos podrán enseñarnos algo. Así, no nos empobreceremos al ver la película o al leer el libro. Al ser plenamente conscientes de cada detalle del momento presente, somos capaces de aprovecharlo. Ésta es la mejor forma de todas de vivir solo.





Fuente: Thich Nhat Hanh, ‘Cita con la vida; el arte de vivir en el presente’.