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martes, 17 de mayo de 2016

Habilidades para la Vida, Educar en Valores


Los valores se aprenden estimándolos, interiorizándolos y dándoles la importancia que en realidad tienen en la vida personal de cada hombre o mujer; esto se consigue una vez que llegamos a conocernos, conforme identificamos y regulamos las propias emociones, y se van formando habilidades empáticas, es decir, aquellas que reconocen y entienden las particularidades del otro.

El desarrollo de habilidades sociales, a partir de valores, es esencial sobre todo en la infancia y la etapa adolescente, porque en esta última, se deben tomar decisiones, de establecen relaciones de amistad y de noviazgo, se elige el oficio o la carrera profesional, se trata pues, de la época en que los jóvenes se preparan para establecer su proyecto de vida.

Educar en valores significa encontrar espacios de reflexión tanto individual como colectiva para que desde temprana edad, los hombres y mujeres sean capaces de elaborar de forma racional y autónoma, principios que le van a permitir enfrentarse críticamente a la realidad y desarrollar todas las potencialidades humanas; es decir, no sólo conocimientos lógico-matemáticos, sino también habilidades, capacidades, sentimientos y valores.

El significado social que se atribuye a los valores es precisamente uno de los factores que influyen para diferenciar los tradicionales –aquellos que guiaron a la sociedad en el pasado, generalmente referidos a costumbres culturales o principios religiosos-, de los valores actuales compartidos por hombres y mujeres de los diferentes grupos que conforman una sociedad.

Para hablar acerca de valores es conveniente saber que valor se refiere a una excelencia o a una perfección. La práctica de valores desarrolla lo mejor de la esencia humana de la persona, mientras que el contravalor la despoja de esas cualidades. Desde el punto de vista socio-educativo, los valores son considerados referentes, pautas que orientan el comportamiento humano hacia la transformación social y la realización de la persona.

El proceso de valorización del ser humano incluye una compleja serie de condiciones intelectuales y afectivas que suponen: la toma de decisiones, la estimación y la actuación. Las personas valoran al preferir, al estimar, al elegir una cosa en lugar de otras, al formular metas y propósitos personales. Las valoraciones se expresan mediante creencias, intereses, sentimientos, convicciones, actitudes, juicios de valor y acciones. Desde el punto de vista ético, la importancia del proceso de valoración deriva de su fuerza orientadora.

No existe ordenación deseable o clasificación única de los valores; las jerarquías son cambiantes, fluctúan de acuerdo con las valoraciones del contexto y de cada grupo social, por ejemplo, existen: a) valores de lo agradable y desagradable, b) valores vitales, c) valores espirituales, d) valores de conocimiento puro de la verdad, e) valores religiosos;  f) valores instrumentales o relacionados con modos de conducta (valores morales); y g) valores terminales o referidos a estados deseables de existencia (paz, libertad, felicidad, bien común), entre otras clasificaciones.

Favorecer la educación en habilidades y valores es formar desde las primeras etapas de la vida, mujeres y hombres que sepan tomar decisiones y asumir responsabilidades que favorezcan su desarrollo integral y que, a su vez, se inserten en el proceso de construcción de una sociedad en la que el respeto y la solidaridad guíen las relaciones humanas.

El fomento de valores ofrece las posibilidades de construir sujetos con una mayor conciencia social, lo que los dotará con habilidades para enfrentar problemas tanto individuales como sociales. Los valores facilitan que los aprendizajes resulten útiles para participar en la sociedad y desarrollar la autonomía personal.

La educación en valores tiene que ver con el aprender a ser y el aprender a convivir, no como una disciplina independiente de los contenidos o habilidades, sino como parte integral de cada persona.

Los objetivos fundamentales de la promoción de valores y habilidades, son que los adolescentes:
  • Desarrollen las estructuras universales del juicio y guíen su razonamiento por las ideas de justicia y responsabilidad.
  • Aprendan a comunicarse adecuadamente, propiciando que participen en el ámbito escolar, familiar y social, con la finalidad de que sean capaces de respetar la opinión y punto de vista de los otros y logren alcanzar acuerdos justos ante las diferentes situaciones o problemas que se presentan en la adolescencia y a lo largo de la vida.
  • Cuenten con elementos para la construcción de una imagen de sí mismos y del tipo de vida que quieren llevar de acuerdo con sus valores personales.
  • Fomenten las capacidades y adquieran los conocimientos necesarios para el diálogo crítico y creativo apegado a la realidad.
  • Adquieran las habilidades necesarias para que juicio y acción sean coherentes.
  • Reconozcan y asimilen las diferentes posturas y respeten los derechos de los demás.
  • Comprendan, respeten y construyan normas de convivencia colectiva.

Los valores se consideran también normas de conducta y actitudes según las cuales se comportan los miembros de una sociedad y son coherentes con aquello que se contempla como correcto y que guía la forma de ser y de sentir.



Fuente: Guía práctica para educar en valores. Centro de Integración Juvenil, A. C

miércoles, 17 de febrero de 2016

Congruencia en la Expresión de Valores: Pensamiento, Emoción y Acción

Valores y congruencia personal

No siempre es fácil ser congruente con lo que pensamos, lo que sentimos y lo que en realidad hacemos.

Podemos estar muy convencidos de nuestra adhesión a valores como la honestidad o la igualdad entre los seres humanos, y haberlo razonado juiciosamente, en abstracto. No obstante, cuando enfrentamos situaciones reales que involucran a personas cercanas (queridas o rechazadas), podemos experimentar sentimientos contradictorios, que chocan a veces con los valores que usualmente defenderíamos; cuando sentimos nuestros intereses personales amenazados o en conflicto con los de la mayoría, podemos olvidar o poner en duda nuestros ideales. La manifestación de incongruencias entre pensamiento, emoción y acción no es rara. Muchos conflictos que enfrenta la humanidad tienen que ver con ello: valores e intereses opuestos de personas, naciones, religiones, razas, tendencias políticas o económicas que luchan entre sí.

En el plano personal, la incongruencia de nuestros valores se manifiesta de esa misma forma: no hay armonía ni concordancia entre pensamiento, emoción y acción. Y tal vez no tenga que haberla de manera rígida ni absoluta, sino más bien de manera consciente, razonada y justa.
  



La congruencia de los otros

Idealmente esperaríamos que todas las personas significativas en nuestra vida y los agentes socializadores actuaran propositivamente y en la misma dirección, intentando fomentar en nuestra persona los valores humanos y democráticos.

Esperaríamos que la familia, la escuela, el grupo de amigos, los medios de comunicación, las instituciones sociales y políticas, todos ellos, intentaran desarrollar y fortalecer valores como el respeto al punto de vista del otro, la solidaridad, la cooperación, la honestidad, etc., a la par que procuraran erradicar o relativizar el egoísmo o la intolerancia.

Desafortunadamente no es así: con mucha frecuencia nosotros nos sentimos bombardeados por mensajes contradictorios provenientes no sólo de diferentes individuos, sino a veces de la misma persona. Alguien puede decir: No copies en los exámenes, es un fraude, está prohibido por el reglamento, pero de repente esa misma persona ofrece una “mordida” al policía para que no lo sancionen por ir conduciendo en estado de ebriedad.

¿Qué se puede hacer ante estas contradicciones? Tal vez sean inherentes a nuestro sistema social y no las vamos a resolver únicamente con el hecho de querer hacerlo. Pero tenemos la opción de convertirnos en pensadores y actores críticos ante todas esas situaciones.



Cómo ser un pensador y actor crítico

Es aquel que:
  1. Analiza las situaciones, es reflexivo más que impulsivo.
  2. Trata de identificar los argumentos que subyacen en la información que recibe.
  3. Toma en cuenta los hechos o la evidencia lo más objetivamente posible.
  4. Se forma un criterio propio ante los acontecimientos, no es un simple “eco” de los demás.
  5. Sabe escuchar los diferentes puntos de vista cuando hay un conflicto.
  6. Busca alternativas: no se cierra a un solo camino.
  7. Se pregunta a quién y cómo benefician ciertas acciones, prevé las consecuencias de los actos.
  8. Se pregunta frecuentemente a sí mismo qué, cómo y porqué hace las cosas.
  9. Puede diferenciar la razón de la emoción, aunque las viva juntas.
  10. Sabe distinguir sus motivos e intereses personales de los colectivos.
  11. Reconoce honestamente sus sentimientos positivos y negativos.
  12. Toma decisiones razonadas.
  13. Actúa asertivamente (en forma directa, firme y sincera, positiva y propositivamente): sabe cuándo decir “no” sin necesidad de agredir.
  14. Es crítico en el sentido positivo del término, no simplemente “criticón”.
  15. Reconoce sus errores y trata de corregirlos con inteligencia.
  16. No sólo “dice”, sino “hace”.
  17. Está informado: busca información fidedigna de primera mano.
  18. Es escéptico: desconfía del rumor y de la información proveniente de fuentes dudosas.


Esto nos puede ayudar a adquirir un perfil de pensador crítico.
  • Conócete a ti mismo. Reflexiona frecuentemente sobre tu persona, tus sentimientos, valores, formas de reaccionar ante diversas situaciones, etc. Genera tus propias preguntas. 
  • Aprende a observar tus reacciones emocionales y tu conducta. Analiza tu comportamiento, sus causas y sus efectos. Esta es una condición necesaria para iniciar todo proceso de cambio personal.
  • Establece tus objetivos y planes de vida y carrera. Este es el camino directo hacia la autonomía personal; no esperes a que otros siempre decidan por ti.
  • Analiza las situaciones donde logras consecuencias gratificantes debido a tu conducta. Seguramente encontrarás que son aquellas donde hay congruencia entre dicha conducta y un conjunto de valores personales y sociales positivos. Fortalece dichos comportamientos y propicia las situaciones que los permiten.
  • Conviértete en un espectador o lector crítico de los medios de comunicación masiva. Cuando leas, veas la televisión, revises las redes sociales, piensa siempre qué “dicen” en realidad los mensajes que se transmiten, a quién o quiénes beneficia que los asimiles.
  • Aprende a escuchar y a observar a los demás. Las personas con quienes interactúas cotidianamente te están dando información acerca de ti mismo y a la vez te ofrecen modelos de conducta positivos y negativos. 

Identificación de Valores Personales

El código personal de valores

Todos desarrollamos un código o sistema ético personal, el cual rige en gran medida nuestras creencias, actitudes, expectativas, formas de reaccionar ante los problemas, etc. Mientras más congruentes sean nuestros valores con nuestros actos, dicho código personal es más coherente y consistente.
  



¿Cómo clarificar mis valores?

Se puede realizar una clarificación de nuestros valores, si realizamos un proceso de reflexión sobre ellos, a fin de tomar conciencia y ser responsables de aquello que pensamos, juzgamos, aceptamos o rechazamos.

La clarificación puede darse por fases:
Selección. Primero identifica qué valor está en juego, elegirlo libremente observando las alternativas existentes y considerando las consecuencias que puede traernos a nosotros y a los demás optar por una u otra de las alternativas posibles. a) Hay que pensar no sólo en consecuencias utilitarias, sino también en aspectos de carácter más espiritual o de conciencia, que nos hacen “sentir bien” porque actuamos congruentemente, incluso en perjuicio de algunos intereses, deseos o afectos personales. b) El “sentirse mal” después de una acción refleja alguna inconsistencia en el juicio previo, o revela conflictos de valores no superados.
Estimación. Considera si en realidad apreciamos la selección que hemos hecho, si nos sentimos cómodos con ella y si estamos dispuestos a afirmarla en público.
Actuación. Comportarse en forma congruente con la selección que se ha hecho y aplicarla habitualmente. a) Nuestro comportamiento da evidencia del valor que seleccionamos y estimamos en nosotros mismos. Nuestros actos son la congruencia de lo que pensamos y sentimos. 

¿Cómo puedo cambiar mis valores y actitudes personales?

Se ha mencionado que los valores suelen ser muy estables y que las actitudes son inclinaciones permanentes que llevan a reaccionar de determinada manera frente a ciertas situaciones. Por lo tanto, su modificación no es fácil, ya que están muy arraigadas en las personas. No obstante, existe el cambio de actitud y promover valores más positivos, a partir de la reflexión, la emoción y la acción.

Un proceso de cambio puede ser promovido conscientemente en el seno de la familia, en la escuela, a través de campañas publicitarias, etc., pero también puede (y debería idealmente) ser promovido por la propia persona, conociéndose a sí misma y cuestionando sus propios valores.

Aproximaciones para un cambio de actitud y valores, sería lo siguiente:
  • Aprender a clarificar los propios valores.
  • Participar en forma activa y sentirnos realmente comprometidos.
  • Comprender a los demás, ser empáticos.
  • Realizar algo por gusto, no “a la fuerza”.
  • Experimentar la libertad con obligación, sentirnos autónomos.
  • Estar bien informados.
  • Analizar y resolver dilemas y conflictos de valores.
  • Involucrarse en tomar decisiones, experimentando vivencias.
  • Trabajar en colaboración y aprender de los demás.
  • Aprender de los errores y estar dispuestos al cambio.
  • Tener influencia de modelos positivos y congruentes.





Adquisición de Valores e Influencia Social


El desarrollo de valores y actitudes

El aprendizaje de los valores y de las actitudes es un proceso lento y gradual, en el que influyen distintos factores y agentes. Aunque son decisivos los rasgos de personalidad y el carácter de cada quien también desempeñan un papel muy importante las experiencias personales previas, el medio donde crecemos, las actitudes que nos transmiten otras personas significativas, la información y las vivencias escolares, los medios masivos de comunicación, etc.

Los valores se aprenden a lo largo de la vida, pero no de manera simplemente receptiva, sino que se van construyendo y se ven influidos por el entorno social. También están determinados por la capacidad intelectual de razonamiento que una persona posee en un momento dado de su vida. La formación de valores en niños y adolescentes va ligada estrechamente al desarrollo de su conducta moral.


Tanto Émile Durkheim (sociólogo, 1858-1917) como Jean Piaget (psicólogo, 1896-1980) distinguen la moral autónoma de la moral heterónoma. La primera que aparece en el desarrollo del individuo, durante la infancia, es la moral heterónoma (que consiste en hacer lo que un poder o ley extraña han determinado como adecuado o no). En este tipo de moral los niños se sienten obligados a cumplir las normas morales porque así lo determina una autoridad superior. Los individuos no hacen una elección libre, conciente o responsable, no juzgan las normas morales por el valor que contienen en sí mismas, sino en función de la jerarquía o autoridad de quien las impone.

Desde esta posición se va pasando poco a poco a una moral autónoma; el ahora adolescente empieza a ser capaz de juzgar las normas morales en función de la bondad o maldad y de la intención de los actos, independientemente de quién las dice. Es el momento en que surgen las ideas igualitarias, que se van convirtiendo en apoyos para la noción de equidad y justicia, y se reconocen valores comunes a toda la comunidad humana.

Saberse parte de una colectividad lleva a comprender que cada uno debe afrontar una parte proporcional de las cargas. Cada uno tiene que calibrar cuál es su parte en cualquier tarea que interesa a los demás. Es decir, al que es recto le sale espontáneamente impedir que otro haga la parte que le corresponde.

La rectitud lleva a emprender muchas tareas en beneficio de los demás. Hay que conocer los propios límites, pero también hay que vivir la tensión de que la realidad acerque a que las cosas sean como deben ser.

No hay edades fijas en las que podamos predecir con certeza que una persona pasa de una moral heterónoma a una moral autónoma. De hecho, hay individuos que nunca desarrollan la autonomía moral y otros que lo hacen relativamente pronto. ¿Por qué sucede así? Debido a características de personalidad y al peso de la influencia social en el desarrollo moral de los individuos.

La moralidad sólo se desarrolla en el intercambio de unos individuos y otros en el grupo de los iguales. Las relaciones cooperativas entre iguales, que están basadas en el respeto mutuo y la reciprocidad, son las que llevan a que el sujeto pueda llegar a razonar moralmente.


La influencia social en los valores personales

Los valores no son predisposiciones innatas y no vienen programados en ninguno de nuestros genes; hay que descubrirlos, formarlos, construirlos, podemos modificarlos.

Existe la influencia que ejercen los otros en el desarrollo de nuestras actitudes y valores. Pero, ¿quiénes son los otros? ¿Por qué es importante la influencia social? Se pueden enumerar una larga lista de esos otros que se reconocen fácilmente: los padres y hermanos (la familia directa), amigos, novio(a), las personas que se admiran (“ídolos” personales), profesores, etc. Todos ellos son agentes socializadores, pues de ellos se aprenden los códigos y costumbres que ayudan a ubicarnos como un miembro más de un grupo social. Pero también existen otros agentes socializadores, tal vez más abstractos y escurridizos, que influyen en los valores y no siempre se reconocen. Es decir, los medios de comunicación y, hoy día, las redes sociales y medios digitales.

Estos agentes socializadores llegan a ser otro significativo que puede influir decisivamente para promover valores y actitudes positivas en las personas (jóvenes, adultos).


En este sentido, resulta valioso que se clarifiquen nuestros valores personales como los valores que recibimos de los demás, y que tengamos la capacidad de juzgar si son o no positivos, qué consecuencias tienen en nuestras vidas y cómo nos afectan en nuestra relación con los demás. 


Jerarquía y Escala de Valores

Jerarquía de valores.

En la vida diaria es común enfrentarnos a disyuntivas que ponen en juego los principios éticos. Ya sea que ejerzamos una libertad relacionada con fines personales o tengamos que responder exigencias de la vida pública, constantemente estamos ejerciendo nuestro juicio frente a situaciones que no nos dejan indiferentes.

Los procesos de maduración y sociabilización conducen a que en muchos casos la respuesta sea casi instintiva: las convenciones sociales o el poder de coerción de una norma hacen que reaccionemos con un alto grado de automatismo. Sin embargo, en ocasiones el dilema es complejo y exige respuestas más ponderadas, que ponen en juego valores distintos y en ocasiones encontrados.

  
La bipolaridad, se refiere a que frente a cada valor vamos a encontrar un antivalor (bondad-maldad, por ejemplo), o tendremos que escoger entre valores que en un momento determinado resultan más valiosos que otros.

¿Cómo, entonces, discriminar en sentido positivo para lograr soluciones posconvencionales, en donde las decisiones se hagan con base en principios y no en “concertaciones morales”?

Existen al menos cuatro criterios que ayudan a determinar la dignidad y jerarquía entre los valores.
  1. Duración.
  2. Divisibilidad.
  3. Fundamentación.
  4. Profundidad de la satisfacción.

 En la medida en que un valor persiste durante más tiempo, es mejor que otro transitorio. Sin un valor incluye al otro, es más importante. Si humaniza, si tiene más bases sobre las cuales apoyar su importancia, es más sólido. Si el efecto genera más satisfacciones, ataca la raíz de los problemas y es más permanente, resulta mejor que otro que no reúne estas características.

Los valores cubren tres dimensiones fundamentales del ser humano:
  1. De supervivencia. Tienen que ver con las motivaciones primarias de carácter biológico (de alimentación, reproducción, conservación de la especie).
  2. Cultural. Incluye la vida en sociedad, la convivencia con los otros, la producción humana. Expresa la conciencia del deber ser, la percepción de la belleza, la armonía, el conocimiento, etc.
  3. Trascendental. Busca el entendimiento íntimo, personal; comprender el sentido de la vida, trascender la realidad o existencia física.




Escala de valores.

La escala refleja el surgimiento de los valores a partir de una necesidad física, vital, ligada a la dimensión de la supervivencia, que entra a un plano superior cuando el ser humano comienza a fabricar utensilios y herramientas, a crear cultura. Aquí aparecen los valores instrumentales, como la técnica y las habilidades utilitarias.

Una mejor satisfacción de las necesidades básicas permite apreciar la forma, armonía y belleza existentes en el entorno y facilita el surgimiento de los valores estéticos, (apreciación artística, musical, etc.). Asimismo, al tener tiempo para pensar se desarrolla el intelecto. Buscamos a partir de una percepción de la realidad desenmarañar la estructura de las cosas, conocer y comprender su esencia, sus causas y consecuencias. Surgen así los valores intelectuales, ligados al conocimiento, que posibilitan el paso a la comprensión del ser humano como un individuo en relación con los demás, ante los cuales tiene obligaciones y puede exigir derechos. Afloran entonces los conceptos éticos, aunados a un deber ser (honestidad, integridad, solidaridad internacional, etc.).

Finalmente, todos estos cuestionamientos conducen a preguntarse sobre lo metafísico, lo que está más allá de la existencia física; a buscar una comprensión global del universo, a dar una explicación última del sentido de la existencia y de todas las cosas. Llegamos a la dimensión trascendental, donde encontramos elementos filosóficos y teológicos.

Al informarnos un poco y conocer otro tanto, apoyados por los demás, vamos entendiéndonos. Esto facilita la comprensión de los dilemas éticos o morales (según se refieran a lo social o a lo individual) y podemos mejorar nuestro sistema de relaciones. Así tendremos un modo de vida más justo y solidario. 



martes, 26 de enero de 2016

¿Cómo enseñarle a tu hijo a valorar las cosas?

¿Cómo enseñarle a tu hijo a valorar las cosas?

1.- En vez de darle todo lo que pida enséñale que, muchas veces, para obtener algo, se necesita esfuerzo, paciencia y constancia.
Pídele que te acompañe a comprar sus cosas, explícale que todo tiene un costo y lo que sus padres deben hacer para adquirirlas.

2.- Enséñale tareas en las que tenga que esforzarse y desarrolle tolerancia a la frustración.
Si pierde algo por descuido haz que se esfuerce por encontrarlo. Si no lo logra, no hagas fácil la reposición, pídele parte de sus ahorros o que haga un esfuerzo extra.

3.- Evita hacer todo por él y deja que haga cosas por su cuenta, aunque tarde en aprender.
Si maltrata algo y lo deteriora o descompone deja que experimente las consecuencias, al menos momentáneamente.

4.- Evita compensar errores p falta de tiempo para convivir con él a través de regalos materiales.
Pídele que te ayude a ordenar sus cosas; esto ayudará a que las mantenga en buen estado y a entender la importancia de ello.

5.- No siempre le ofrezcas premios materiales; recompénsalo con alguna actividad que disfrute de manera especial o algo con valor simbólico.
Cuando lo premies pregúntale porqué cree que merece dicho premio y dale retroalimentación sobre las conductas que puede mejorar esforzándose.




Algunas actividades que pueden realizar los/as niños/as, correspondiente a su edad:





lunes, 18 de enero de 2016

Indicadores para la búsqueda de alternativas y Situaciones modificables


La posibilidad de elegir entre diversas alternativas, constituye la segunda área en la que se puede encontrar el sentido. Siempre está uno escogiendo entre varias, aunque esto no sea de manera consciente. Una situación en la que no se vislumbran alternativas, en donde se siente uno atrapado, parecerá carente de significado. Pero en cuanto se descubre que sí hay alternativas, deja uno de sentirse víctima indefensa de las circunstancias y está en capacidad de hallar el sentido.

Es necesario distinguir entre situaciones que uno puede cambiar y aquellas que no y que deben ser aceptadas. Como una regla práctica, si a usted no le gusta una situación que puede modificarse, “el sentido del momento”  es cambiarla. Aun en una situación que no puede ser cambiada, puede usted tomar si actitud hacia ella. Aldous Huxley pregonaba que “la facultad de escoger es siempre nuestra”. Esto es cierto también en cuanto a la elección de nuestra actitud.

 No es siempre fácil distinguir entre lo que puede y no puede cambiarse. La naturaleza fatal de una situación que deriva de la muerte, o de una enfermedad incurable, del divorcio o de la jubilación, es obvia. ¿Puede modificarse una situación de tipo familiar o de trabajo, o tiene uno que aceptarla? A veces un diálogo socrático ayuda a encontrar respuesta a circunstancias como ésas.

El logoterapeuta japonés, doctor Hiroshi Takashima, distingue enfermedades y situaciones que pueden resolverse de aquellas con las que se tiene que aprender a convivir. Una postura manejable es como una serpiente venenosa que está encerrada junto a usted en una jaula. El sentido se encuentra en el acto de matar a la serpiente. Una situación de la que no se puede uno librar, es como estar encerrado con un buey sano y robusto. El sentido se encuentra en que hay que aprender a convivir con él.


Situaciones modificables.

Actualmente, en nuestra opulenta y permisiva sociedad existen más alternativas de las que estaban al alcance de cualquier generación anterior. Puede uno escoger su especialidad en la Universidad, su carrera, su pareja, su estilo de vida. Simultáneamente, el sentido cambia durante el trascurso de la vida. Lo que parecía tener sentido a los 18 años, puede no tenerlo a los 40 ó 45. Persistir en una situación a la que ya no se le encuentra sentido, puede determinar frustración, neurosis, depresión, alguna enfermedad psicosomática, una adicción o tendencias suicidas y en muchas de esas situaciones continuará habiendo oportunidades de cambio.

El primer paso hacia la salud mental, es estar consciente de que se tienen alternativas. El segundo es determinar cuál es la que tiene más sentido para el individuo en esa etapa específica de su vida.

La manera más directa de adquirir conciencia de que hay alternativas para una persona, es que confeccione una lista de sus opciones; a partir de ella puede seleccionar cuál es la que tiene más sentido para ella.

El individuo empieza por descubrir, en una o dos frases, dónde se siente “entrampado”. Luego formula una lista con las posibles soluciones a su problema. Incluirá también aquellas opciones que a primera vista parezcan poco prácticas, y aun las que juzgue ridículas. Posteriormente, enlistará las consecuencias positivas y negativas de cada alternativa, así como sus ventajas y desventajas. La lista le demostrará que no está atrapado y el humor por lo ridículo de algunas opciones planteadas puede tener valor terapéutico.




Fuente: J. B. Fabry, ‘Señales del camino hacia el sentido’. 

viernes, 15 de enero de 2016

Video: Detector de mentiras para niños





No se puede hablar de "niños/as mentirosos/as", hasta pasados los 8-9 años. Antes de esta edad, se les nombra 'pseudomentiras', y lo que más juega en la comunicación del niño/a, es la percepción de las cosas en el mundo. Ellos no cuentan aún con el discernimiento adecuado para 'mentir'; mientras que a los adultos nos puede 'sonar como mentiras', es gracias a nuestro ya avanzado desarrollo. 

De una parte, la verdad reposa esencialmente sobre una noción de contrato social: es verdadero lo que está socialmente admitido, de otra parte, la percepción de lo real depende de la personalidad de cada uno. Por eso, tratándose de los niños, los psicólogos hablarán de pseudomentiras, ya que para que exista una auténtica mentira, es decir, para que el autor lo haga con pleno conocimiento de causa, es necesario un desarrollo psicológico que el niño es a menudo incapaz de obtener antes de los ocho o nueve años-Gérard Broyer-.

martes, 15 de diciembre de 2015

Excusas (-ante la responsabilidad-).

Excusas (-ante la responsabilidad-).

La nuestra es una sociedad permisiva. Se ha puesto de moda culpar al pasado, al medio ambiente y a debilidades genéticas y psicológicas, por cualquier falla o conducta equivocada. Un estudiante violento es disculpado en nombre de las condiciones desordenadas de su hogar; un alcohólico por su estructura genética, y un golpeador de su esposa por su carácter agresivo. Ciertamente, el pasado no puede cambiarse, ni genes, ni tendencias. Pero se puede controlar la forma como vive uno dentro de esas condiciones. El estudiante violento debe darse cuenta de que su responsabilidad no repetir la actitud de “todos contra todos” de sus padres, en sus relaciones con los que lo rodean. El alcohólico debe ver que su responsabilidad es no tomar esa primera bebida, que desatará su respuesta genética al alcohol. El golpeador de su mujer debe comprender que si bien no es responsable de sus impulsos agresivos, sí es de lo que hace con tales impulsos.



Cuando el espíritu no está bloqueado, cuando los recursos del espíritu están al menos ligeramente accesibles, el individuo se encuentra en capacidad de ejercitar su voluntad de sentido a través de una selección responsable de alternativas. Nuestra sociedad ha ido muy lejos en el sentido de disculpar la irresponsabilidad, especialmente dentro de la familia. Los padres son responsables por los hijos pequeños; los hijos mayores por los padres ancianos; las parejas, el uno del otro.



Muchas personas culpan a “los errores de los padres” de su propia infelicidad y mal comportamiento. Elisabeth Lúkas habla del complejo de los “malos padres”, que justifica a muchos adultos no asumir su responsabilidad ante sus dificultades. Escribe: “Se culpa a los padres por haber sido sumamente estrictos, demasiado autoritarios, muy indiferentes, bastante insoportables, excesivamente protectores, extremadamente exigentes o democráticos, o inseguros, o exageradamente inconscientes”. Difícilmente puede encontrarse comportamiento paterno que no puede ser utilizado como excusa. Cuando los hijos empiezan a culpar a sus padres, parecen sentirse relevados de una responsabilidad que en realidad es de ellos mismos.




Fuente: Joseph B. Fabry. “Señales del camino hacia el sentido”. Ediciones LAG. 

domingo, 13 de septiembre de 2015

El origen de la mentira está más allá: la soledad del mentiroso.

El origen de la mentira está más allá: la soledad del mentiroso.

Si en el plano educativo queremos abordar las cusas reales de la mentira, hay que analizar el comportamiento que requiere la mentira en su mismo origen, es decir, a nivel de la comunicación entre dos personas, y considerar que mentir, antes que ser “no decir algo VERDADERO a alguien”, es “DECIR algo a alguien”, poco importa que esta cosa sea cierta o falsa. La situación de mentira debe volver a situarse en una posición de comunicación o más exactamente, de no-comunicación entre dos personas.

La mentira nace del aislamiento afectivo o intelectual, sentido o real, del mentiroso, ya que la mentira depende de las dos personas que se relacionan, tanto de la que expresa como de la que recibe la información. De ese modo, el niño puede decir algo que será una mentira sólo para el adulto, cuando en realidad lo que dice es mentira sólo para el adulto; el niño, afectiva e intelectualmente, no podía decir otra cosa.

La mentira es la falsificación de los datos de la comunicación, bien porque esté o se crea aislado afectiva o intelectualmente, bien porque “quiere” aislarse afectivamente. Ahora bien, si uno trata de aislarse afectivamente es porque se juzga, de manera consciente o no, que los demás son incapaces o indignos de comprender nuestra situación. Puede haber, pues, situaciones de mentira distintas a las verbales. Efectivamente, es posible comunicarse con otro por otro medio que la palabra y hacerse entender con mímica, gestos, miradas, actitudes, lo que se puede percibir. Incluso, la psiquiatría tiende a considerar algunas alteraciones patológicas, algunas enfermedades psicosomáticas como formas sutiles de la mentira en sí misma: el sujeto utiliza un lenguaje inadecuado, el síntoma, para comunicarse con el otro. Así existen personas que no pueden recobrarse del todo de determinadas enfermedades ya que, en esa situación de “enfermos”, obtienen más ventajas afectivas que en su situación normal; les prestan más cuidados. Por consiguiente, les resulta difícil pasar de este estadio, en que tienen la impresión de que les quieren más, al estadio de la curación en el que volverán a ser autónomos, sencillamente porque, inconscientemente, no pueden admitir que necesitan el amor de los demás: así, pues mantienen sus síntomas.

De este modo, se comprende porqué las reacciones de los educadores, tanto si son padres como maestros, son a menudo tan poco eficaces frente a la mentira. Obedecen al mismo mecanismo que la propia mentira. Son, como ella, clasificadas entre las conductas llamadas elusivas, que tratan de suprimir un obstáculo negándolo. Ahora bien, existen diversas maneras de negar un obstáculo: suprimirlo, ignorarlo, despreciarlo; en una palabra, evitar toda confrontación con él.

Al despreciar al mentiroso, por ejemplo, se le refuerza en la idea de su aislamiento, probándole manu militari que cambiar es cuestión suya, ni nuestra, y de ese modo se le obliga a continuar en su aislamiento, entre otras cosas mediante la mentira, puesto que él se considera incomprendido. ¡Lo contrario de lo que se trataba de conseguir!

El estudio de la mentira en el niño va, pues, a delimitar los problemas psicológicos de la comunicación, problemas que se refieren conjuntamente:
  • A la funciones propias del lenguaje;
  • A la psicología infantil:
  • A la situación dual de la mentira.




Fuente: Gérard Broyer, “¿Por qué mienten los niños? Editorial Planeta. Pp. 21-24.



¿A qué llamamos mentira?

¿A qué llamamos mentira?

¿A qué llamamos mentira? Para la mayoría de la gente, la mentira es esencialmente una afirmación contraria a la verdad, enunciada por un individuo y dirigida a otro a fin de obtener alguna ventaja: evitar un castigo, evitar un desprecio, obtener una recompensa…; y nos perderíamos en el análisis de los móviles y las causas que han impulsado a mentir. Con la mentira entramos, pues, directamente en el terreno moral, puesto que nos sentimos inclinados, como consecuencia de la reacción impulsiva, a juzgarla en función de las intenciones de su autor: no sólo en función de las ventajas que éste último podría supuestamente obtener, sino también en función de a quién se dirige la mentira y de quién se obtienen las ventajas. Generalmente, se considera que está mal mentir a los padres, menos mal mentir a los compañeros y se excusa fácilmente a aquel que miente a un mentiroso: es casi de buena ley.

Así pues, la clasificación de las mentiras se hace siempre siguiendo una escala de valor de Bien o Mal, y las reacciones o acciones educativas se realizan en función de estos criterios morales: existen buenas mentiras, a las que apenas se presta atención, que pasan inadvertidas, y las Mentiras, que sí son reprensibles.

Sin embargo, es poco frecuente que se hable de buenas mentiras de los niños. Cuando un padre dice “Mi hijo miente”, sólo cita como ejemplo mentiras habitualmente reprobables: “Nos decía que trabajaba mucho en clase, y sus notas son catastróficas”. “Pero lo hacía para divertirse por la tarde en lugar de hacer sus deberes o aprender la lección”, se apresuran a añadir: “”Mi hijo me ha dicho que llegó tarde de la escuela porque discutió con una vecina, mientras que en realidad había acompañado a un compañero a su casa, que le habíamos prohibido hacer…”. Los ejemplos abundan.



Dicho de otra manera, lo que más llama la atención de los padres y, por consiguiente, lo que más los escandaliza es el aspecto que juzgan vergonzoso de las mentiras de sus hijos.

En realidad, las mentiras son múltiples y se utilizan cotidianamente. Las mentiras socialmente admitidas son tan frecuentes que ya no las percibimos. El ejemplo más corriente es el de la cortesía que nos obliga a decir a alguien que su visita nos complace, cuando en realidad nos inoportuna sobremanera, a dar las gracias a alguien por su “bonito regalo” cuando lo encontramos de extraordinario mal gusto. Asimismo existen mentiras piadosas que hay que decir: afirmar a un enfermo, para levantarle la moral, que pronto se restablecerá aun sabiendo que va para largo, ocultarle la naturaleza de su mal si sabemos que está condenado. Y cuando se dice que “la verdad sale de la boca de los niños”, lo que se viola es la regla de estas mentiras socialmente admitidas: el niño, al no conocer todavía la sutilidad de las convenciones sociales, dice “la verdad”, sin preocupaciones de su falta de delicadeza hacia los demás, mientras que será perfectamente capaz de decir una mentira unos instantes después.

La mentira resulta aún menos intolerable cuando tiene como objetivo esencial engañar a otro con disimulo y, aunque parezca paradójico, se puede sospechar que alguien miente cuando está diciendo la verdad. Hay que reconocer, por lo tanto, que en el terreno práctico esa forma de mentira es particularmente eficaz: así ocurre en los juegos de “bluff”, se puede tratar de mentir al adversario anunciándole los tantos propios, pensando que el adversario, engañado por ese comportamiento poco habitual, no nos creerá y tratará de hacer su juego sin contar con las cartas que le hemos descubierto.

Así pues, nada resulta más elástico ni más confuso que esta noción de mentira. Si uno se pone a mentir diciendo la verdad, tal vez resultara interesante tratar de comprender lo que es mentir.

Efectivamente, cuando tratamos de explicar la mentira, nos percatamos, incluso antes de abordar el estadio de la comprensión, de que la resistencia intelectual y afectiva de los educadores a admitir el concepto psicológico de la mentira infantil, es muy grande. De una parte, porque el hábito de pensar que el punto de vista del adulto debe tomarse como referencia, está arraigado desde hace tiempo en las mentalidades; de otra parte, porque el adulto se siente incómodo ante la mentira de su hijo y prefiere, evitando reconsiderar su forma de educar y descargando la responsabilidad de la mentira sobre el mentiroso, adoptar una actitud afectivamente más económica.

¿Comprender la mentira? ¿Por qué hacerlo? ¿Es necesario comprenderlo todo, explicarlo todo? De ahí que se intente excusar a algunos niños o adolescentes que no valen la pena, y excusar es una actitud de debilidad, excusando no se actúa.

Para muchos, interesarse por el caso del mentiroso es perder el tiempo ya que estiman que algunos niños son mentirosos como otros son afectuosos, buenos, abiertos, francos; no hay que buscar más lejos las causas de estas mentiras y, del vicio moral que se considera el acto de mentir, se franquea alegremente el límite que nos separa de la tara psíquica. En otras palabras, se considera que el mentiroso padece una malformación psíquica que le impide ser como los demás y “decir la verdad”. Y ello explica que, muy a menudo, padres y educadores se horroricen cuando se enteran o se dan cuenta de que su hijo “dice mentiras” y que tengan, entonces, reacciones más o menos vivas según su personalidad.

La mayor parte del tiempo, sintiéndose algo culpables de la conducta de su hijo, lanzarán sobre sí mismos y sobre la educación que le han dado juicios despreciativos. Por ejemplo, se harán reflexiones de este tipo “¿Es “eso” mi hijo…?, ¿Es “eso” el resultado de mi educación y de mis desvelos?, ¡Eso no es lo que le he enseñado!, ¡Este niño no tiene confianza en mí, o no me quiere!”

La lógica de este razonamiento consciente, pero sobre todo inconsciente, se traducirá prácticamente por comportamientos muy diferentes que serán el reflejo del carácter de cada uno. Estos comportamientos, a veces totalmente opuestos, pueden dimanar de los tipos siguientes:
  • Replegarse en sí mismo, diciendo que se es muy desgraciado por tener que soportar un niño “tarado” de este tipo; o, lo que es lo mismo, hacer que los demás se lo digan con frecuencia, que se quejen cuando no les afecta directamente. En cuanto al niño, se le continúa educando, a pesar de todo, en el sentido estricto de la palabra, porque se tiene el sentido del deber y de la moral, aunque él no lo tenga.
  • Desligarse afectivamente del mentiroso: es un medio como otro de no volver a experimentar ninguna decepción provocada por las rarezas de su comportamiento; el mentiroso se convierte poco menos que un desconocido, todo lo que hace y dice no nos interesa sino en el plan de anécdota.
  • Arremangarse  y tomar por su cuenta los viejos principios educativos que siempre han dado resultado de los tiempos en que la psicología no turbaba los espíritus con sus complejos y sus rechazos. Se recurre entonces primeramente a los castigos corporales, la azotaina o el reglazo; a la privación del postre; a la supresión de la aportación semanal, de salir etc. Y el etcétera no va muy lejos, ya que es preciso mucho ingenio para encontrar castigos originales susceptibles de ser eficaces.
  • Finalmente, al contrario que el caso procedente, se puede redoblar la atención  hacia ese pobre pequeño, que ya tiene bastante problema con no poder percibir la verdad y que necesitará a su papá o a su mamá. En este casi, efectivamente, se considera que el niño miente porque no se han ocupado suficientemente de él y ha estado sometido a influencias nocivas. Por lo tanto, hay que redoblar la atención y los cuidados para purificar sus relaciones y sustraerle a un contorno social nefasto (las malas compañías).


A pesar de lo diferentes que son unos de otros, estos comportamientos educativos tienen, sin embargo, un punto común inesperado: su total falta de eficacia o incluso, lo que es peor, el incremento de la mentira. Efectivamente, en la base de esas actitudes se encuentra un vicio de razonamiento, el de creer que la mentira procede esencialmente del mentiroso y que el punto de vista del adulto prevalece para definir lo que es cierto o falso, bueno o malo.

De una parte, la verdad reposa esencialmente sobre una noción de contrato social: es verdadero lo que está socialmente admitido, de otra parte, la percepción de lo real depende de la personalidad de cada uno. Por eso, tratándose de los niños, los psicólogos hablarán de pseudomentiras, ya que para que exista una auténtica mentira, es decir, para que el autor lo haga con pleno conocimiento de causa, es necesario un desarrollo psicológico que el niño es a menudo incapaz de obtener antes de los ocho o nueve años.



Fuente: Gérard Broyer, “¿Por qué mienten los niños? Editorial Planeta. Pp. 14-20.