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miércoles, 17 de febrero de 2016

Congruencia en la Expresión de Valores: Pensamiento, Emoción y Acción

Valores y congruencia personal

No siempre es fácil ser congruente con lo que pensamos, lo que sentimos y lo que en realidad hacemos.

Podemos estar muy convencidos de nuestra adhesión a valores como la honestidad o la igualdad entre los seres humanos, y haberlo razonado juiciosamente, en abstracto. No obstante, cuando enfrentamos situaciones reales que involucran a personas cercanas (queridas o rechazadas), podemos experimentar sentimientos contradictorios, que chocan a veces con los valores que usualmente defenderíamos; cuando sentimos nuestros intereses personales amenazados o en conflicto con los de la mayoría, podemos olvidar o poner en duda nuestros ideales. La manifestación de incongruencias entre pensamiento, emoción y acción no es rara. Muchos conflictos que enfrenta la humanidad tienen que ver con ello: valores e intereses opuestos de personas, naciones, religiones, razas, tendencias políticas o económicas que luchan entre sí.

En el plano personal, la incongruencia de nuestros valores se manifiesta de esa misma forma: no hay armonía ni concordancia entre pensamiento, emoción y acción. Y tal vez no tenga que haberla de manera rígida ni absoluta, sino más bien de manera consciente, razonada y justa.
  



La congruencia de los otros

Idealmente esperaríamos que todas las personas significativas en nuestra vida y los agentes socializadores actuaran propositivamente y en la misma dirección, intentando fomentar en nuestra persona los valores humanos y democráticos.

Esperaríamos que la familia, la escuela, el grupo de amigos, los medios de comunicación, las instituciones sociales y políticas, todos ellos, intentaran desarrollar y fortalecer valores como el respeto al punto de vista del otro, la solidaridad, la cooperación, la honestidad, etc., a la par que procuraran erradicar o relativizar el egoísmo o la intolerancia.

Desafortunadamente no es así: con mucha frecuencia nosotros nos sentimos bombardeados por mensajes contradictorios provenientes no sólo de diferentes individuos, sino a veces de la misma persona. Alguien puede decir: No copies en los exámenes, es un fraude, está prohibido por el reglamento, pero de repente esa misma persona ofrece una “mordida” al policía para que no lo sancionen por ir conduciendo en estado de ebriedad.

¿Qué se puede hacer ante estas contradicciones? Tal vez sean inherentes a nuestro sistema social y no las vamos a resolver únicamente con el hecho de querer hacerlo. Pero tenemos la opción de convertirnos en pensadores y actores críticos ante todas esas situaciones.



Cómo ser un pensador y actor crítico

Es aquel que:
  1. Analiza las situaciones, es reflexivo más que impulsivo.
  2. Trata de identificar los argumentos que subyacen en la información que recibe.
  3. Toma en cuenta los hechos o la evidencia lo más objetivamente posible.
  4. Se forma un criterio propio ante los acontecimientos, no es un simple “eco” de los demás.
  5. Sabe escuchar los diferentes puntos de vista cuando hay un conflicto.
  6. Busca alternativas: no se cierra a un solo camino.
  7. Se pregunta a quién y cómo benefician ciertas acciones, prevé las consecuencias de los actos.
  8. Se pregunta frecuentemente a sí mismo qué, cómo y porqué hace las cosas.
  9. Puede diferenciar la razón de la emoción, aunque las viva juntas.
  10. Sabe distinguir sus motivos e intereses personales de los colectivos.
  11. Reconoce honestamente sus sentimientos positivos y negativos.
  12. Toma decisiones razonadas.
  13. Actúa asertivamente (en forma directa, firme y sincera, positiva y propositivamente): sabe cuándo decir “no” sin necesidad de agredir.
  14. Es crítico en el sentido positivo del término, no simplemente “criticón”.
  15. Reconoce sus errores y trata de corregirlos con inteligencia.
  16. No sólo “dice”, sino “hace”.
  17. Está informado: busca información fidedigna de primera mano.
  18. Es escéptico: desconfía del rumor y de la información proveniente de fuentes dudosas.


Esto nos puede ayudar a adquirir un perfil de pensador crítico.
  • Conócete a ti mismo. Reflexiona frecuentemente sobre tu persona, tus sentimientos, valores, formas de reaccionar ante diversas situaciones, etc. Genera tus propias preguntas. 
  • Aprende a observar tus reacciones emocionales y tu conducta. Analiza tu comportamiento, sus causas y sus efectos. Esta es una condición necesaria para iniciar todo proceso de cambio personal.
  • Establece tus objetivos y planes de vida y carrera. Este es el camino directo hacia la autonomía personal; no esperes a que otros siempre decidan por ti.
  • Analiza las situaciones donde logras consecuencias gratificantes debido a tu conducta. Seguramente encontrarás que son aquellas donde hay congruencia entre dicha conducta y un conjunto de valores personales y sociales positivos. Fortalece dichos comportamientos y propicia las situaciones que los permiten.
  • Conviértete en un espectador o lector crítico de los medios de comunicación masiva. Cuando leas, veas la televisión, revises las redes sociales, piensa siempre qué “dicen” en realidad los mensajes que se transmiten, a quién o quiénes beneficia que los asimiles.
  • Aprende a escuchar y a observar a los demás. Las personas con quienes interactúas cotidianamente te están dando información acerca de ti mismo y a la vez te ofrecen modelos de conducta positivos y negativos. 

Identificación de Valores Personales

El código personal de valores

Todos desarrollamos un código o sistema ético personal, el cual rige en gran medida nuestras creencias, actitudes, expectativas, formas de reaccionar ante los problemas, etc. Mientras más congruentes sean nuestros valores con nuestros actos, dicho código personal es más coherente y consistente.
  



¿Cómo clarificar mis valores?

Se puede realizar una clarificación de nuestros valores, si realizamos un proceso de reflexión sobre ellos, a fin de tomar conciencia y ser responsables de aquello que pensamos, juzgamos, aceptamos o rechazamos.

La clarificación puede darse por fases:
Selección. Primero identifica qué valor está en juego, elegirlo libremente observando las alternativas existentes y considerando las consecuencias que puede traernos a nosotros y a los demás optar por una u otra de las alternativas posibles. a) Hay que pensar no sólo en consecuencias utilitarias, sino también en aspectos de carácter más espiritual o de conciencia, que nos hacen “sentir bien” porque actuamos congruentemente, incluso en perjuicio de algunos intereses, deseos o afectos personales. b) El “sentirse mal” después de una acción refleja alguna inconsistencia en el juicio previo, o revela conflictos de valores no superados.
Estimación. Considera si en realidad apreciamos la selección que hemos hecho, si nos sentimos cómodos con ella y si estamos dispuestos a afirmarla en público.
Actuación. Comportarse en forma congruente con la selección que se ha hecho y aplicarla habitualmente. a) Nuestro comportamiento da evidencia del valor que seleccionamos y estimamos en nosotros mismos. Nuestros actos son la congruencia de lo que pensamos y sentimos. 

¿Cómo puedo cambiar mis valores y actitudes personales?

Se ha mencionado que los valores suelen ser muy estables y que las actitudes son inclinaciones permanentes que llevan a reaccionar de determinada manera frente a ciertas situaciones. Por lo tanto, su modificación no es fácil, ya que están muy arraigadas en las personas. No obstante, existe el cambio de actitud y promover valores más positivos, a partir de la reflexión, la emoción y la acción.

Un proceso de cambio puede ser promovido conscientemente en el seno de la familia, en la escuela, a través de campañas publicitarias, etc., pero también puede (y debería idealmente) ser promovido por la propia persona, conociéndose a sí misma y cuestionando sus propios valores.

Aproximaciones para un cambio de actitud y valores, sería lo siguiente:
  • Aprender a clarificar los propios valores.
  • Participar en forma activa y sentirnos realmente comprometidos.
  • Comprender a los demás, ser empáticos.
  • Realizar algo por gusto, no “a la fuerza”.
  • Experimentar la libertad con obligación, sentirnos autónomos.
  • Estar bien informados.
  • Analizar y resolver dilemas y conflictos de valores.
  • Involucrarse en tomar decisiones, experimentando vivencias.
  • Trabajar en colaboración y aprender de los demás.
  • Aprender de los errores y estar dispuestos al cambio.
  • Tener influencia de modelos positivos y congruentes.





Adquisición de Valores e Influencia Social


El desarrollo de valores y actitudes

El aprendizaje de los valores y de las actitudes es un proceso lento y gradual, en el que influyen distintos factores y agentes. Aunque son decisivos los rasgos de personalidad y el carácter de cada quien también desempeñan un papel muy importante las experiencias personales previas, el medio donde crecemos, las actitudes que nos transmiten otras personas significativas, la información y las vivencias escolares, los medios masivos de comunicación, etc.

Los valores se aprenden a lo largo de la vida, pero no de manera simplemente receptiva, sino que se van construyendo y se ven influidos por el entorno social. También están determinados por la capacidad intelectual de razonamiento que una persona posee en un momento dado de su vida. La formación de valores en niños y adolescentes va ligada estrechamente al desarrollo de su conducta moral.


Tanto Émile Durkheim (sociólogo, 1858-1917) como Jean Piaget (psicólogo, 1896-1980) distinguen la moral autónoma de la moral heterónoma. La primera que aparece en el desarrollo del individuo, durante la infancia, es la moral heterónoma (que consiste en hacer lo que un poder o ley extraña han determinado como adecuado o no). En este tipo de moral los niños se sienten obligados a cumplir las normas morales porque así lo determina una autoridad superior. Los individuos no hacen una elección libre, conciente o responsable, no juzgan las normas morales por el valor que contienen en sí mismas, sino en función de la jerarquía o autoridad de quien las impone.

Desde esta posición se va pasando poco a poco a una moral autónoma; el ahora adolescente empieza a ser capaz de juzgar las normas morales en función de la bondad o maldad y de la intención de los actos, independientemente de quién las dice. Es el momento en que surgen las ideas igualitarias, que se van convirtiendo en apoyos para la noción de equidad y justicia, y se reconocen valores comunes a toda la comunidad humana.

Saberse parte de una colectividad lleva a comprender que cada uno debe afrontar una parte proporcional de las cargas. Cada uno tiene que calibrar cuál es su parte en cualquier tarea que interesa a los demás. Es decir, al que es recto le sale espontáneamente impedir que otro haga la parte que le corresponde.

La rectitud lleva a emprender muchas tareas en beneficio de los demás. Hay que conocer los propios límites, pero también hay que vivir la tensión de que la realidad acerque a que las cosas sean como deben ser.

No hay edades fijas en las que podamos predecir con certeza que una persona pasa de una moral heterónoma a una moral autónoma. De hecho, hay individuos que nunca desarrollan la autonomía moral y otros que lo hacen relativamente pronto. ¿Por qué sucede así? Debido a características de personalidad y al peso de la influencia social en el desarrollo moral de los individuos.

La moralidad sólo se desarrolla en el intercambio de unos individuos y otros en el grupo de los iguales. Las relaciones cooperativas entre iguales, que están basadas en el respeto mutuo y la reciprocidad, son las que llevan a que el sujeto pueda llegar a razonar moralmente.


La influencia social en los valores personales

Los valores no son predisposiciones innatas y no vienen programados en ninguno de nuestros genes; hay que descubrirlos, formarlos, construirlos, podemos modificarlos.

Existe la influencia que ejercen los otros en el desarrollo de nuestras actitudes y valores. Pero, ¿quiénes son los otros? ¿Por qué es importante la influencia social? Se pueden enumerar una larga lista de esos otros que se reconocen fácilmente: los padres y hermanos (la familia directa), amigos, novio(a), las personas que se admiran (“ídolos” personales), profesores, etc. Todos ellos son agentes socializadores, pues de ellos se aprenden los códigos y costumbres que ayudan a ubicarnos como un miembro más de un grupo social. Pero también existen otros agentes socializadores, tal vez más abstractos y escurridizos, que influyen en los valores y no siempre se reconocen. Es decir, los medios de comunicación y, hoy día, las redes sociales y medios digitales.

Estos agentes socializadores llegan a ser otro significativo que puede influir decisivamente para promover valores y actitudes positivas en las personas (jóvenes, adultos).


En este sentido, resulta valioso que se clarifiquen nuestros valores personales como los valores que recibimos de los demás, y que tengamos la capacidad de juzgar si son o no positivos, qué consecuencias tienen en nuestras vidas y cómo nos afectan en nuestra relación con los demás. 


Jerarquía y Escala de Valores

Jerarquía de valores.

En la vida diaria es común enfrentarnos a disyuntivas que ponen en juego los principios éticos. Ya sea que ejerzamos una libertad relacionada con fines personales o tengamos que responder exigencias de la vida pública, constantemente estamos ejerciendo nuestro juicio frente a situaciones que no nos dejan indiferentes.

Los procesos de maduración y sociabilización conducen a que en muchos casos la respuesta sea casi instintiva: las convenciones sociales o el poder de coerción de una norma hacen que reaccionemos con un alto grado de automatismo. Sin embargo, en ocasiones el dilema es complejo y exige respuestas más ponderadas, que ponen en juego valores distintos y en ocasiones encontrados.

  
La bipolaridad, se refiere a que frente a cada valor vamos a encontrar un antivalor (bondad-maldad, por ejemplo), o tendremos que escoger entre valores que en un momento determinado resultan más valiosos que otros.

¿Cómo, entonces, discriminar en sentido positivo para lograr soluciones posconvencionales, en donde las decisiones se hagan con base en principios y no en “concertaciones morales”?

Existen al menos cuatro criterios que ayudan a determinar la dignidad y jerarquía entre los valores.
  1. Duración.
  2. Divisibilidad.
  3. Fundamentación.
  4. Profundidad de la satisfacción.

 En la medida en que un valor persiste durante más tiempo, es mejor que otro transitorio. Sin un valor incluye al otro, es más importante. Si humaniza, si tiene más bases sobre las cuales apoyar su importancia, es más sólido. Si el efecto genera más satisfacciones, ataca la raíz de los problemas y es más permanente, resulta mejor que otro que no reúne estas características.

Los valores cubren tres dimensiones fundamentales del ser humano:
  1. De supervivencia. Tienen que ver con las motivaciones primarias de carácter biológico (de alimentación, reproducción, conservación de la especie).
  2. Cultural. Incluye la vida en sociedad, la convivencia con los otros, la producción humana. Expresa la conciencia del deber ser, la percepción de la belleza, la armonía, el conocimiento, etc.
  3. Trascendental. Busca el entendimiento íntimo, personal; comprender el sentido de la vida, trascender la realidad o existencia física.




Escala de valores.

La escala refleja el surgimiento de los valores a partir de una necesidad física, vital, ligada a la dimensión de la supervivencia, que entra a un plano superior cuando el ser humano comienza a fabricar utensilios y herramientas, a crear cultura. Aquí aparecen los valores instrumentales, como la técnica y las habilidades utilitarias.

Una mejor satisfacción de las necesidades básicas permite apreciar la forma, armonía y belleza existentes en el entorno y facilita el surgimiento de los valores estéticos, (apreciación artística, musical, etc.). Asimismo, al tener tiempo para pensar se desarrolla el intelecto. Buscamos a partir de una percepción de la realidad desenmarañar la estructura de las cosas, conocer y comprender su esencia, sus causas y consecuencias. Surgen así los valores intelectuales, ligados al conocimiento, que posibilitan el paso a la comprensión del ser humano como un individuo en relación con los demás, ante los cuales tiene obligaciones y puede exigir derechos. Afloran entonces los conceptos éticos, aunados a un deber ser (honestidad, integridad, solidaridad internacional, etc.).

Finalmente, todos estos cuestionamientos conducen a preguntarse sobre lo metafísico, lo que está más allá de la existencia física; a buscar una comprensión global del universo, a dar una explicación última del sentido de la existencia y de todas las cosas. Llegamos a la dimensión trascendental, donde encontramos elementos filosóficos y teológicos.

Al informarnos un poco y conocer otro tanto, apoyados por los demás, vamos entendiéndonos. Esto facilita la comprensión de los dilemas éticos o morales (según se refieran a lo social o a lo individual) y podemos mejorar nuestro sistema de relaciones. Así tendremos un modo de vida más justo y solidario. 



lunes, 18 de enero de 2016

Indicadores para la búsqueda de alternativas y Situaciones modificables


La posibilidad de elegir entre diversas alternativas, constituye la segunda área en la que se puede encontrar el sentido. Siempre está uno escogiendo entre varias, aunque esto no sea de manera consciente. Una situación en la que no se vislumbran alternativas, en donde se siente uno atrapado, parecerá carente de significado. Pero en cuanto se descubre que sí hay alternativas, deja uno de sentirse víctima indefensa de las circunstancias y está en capacidad de hallar el sentido.

Es necesario distinguir entre situaciones que uno puede cambiar y aquellas que no y que deben ser aceptadas. Como una regla práctica, si a usted no le gusta una situación que puede modificarse, “el sentido del momento”  es cambiarla. Aun en una situación que no puede ser cambiada, puede usted tomar si actitud hacia ella. Aldous Huxley pregonaba que “la facultad de escoger es siempre nuestra”. Esto es cierto también en cuanto a la elección de nuestra actitud.

 No es siempre fácil distinguir entre lo que puede y no puede cambiarse. La naturaleza fatal de una situación que deriva de la muerte, o de una enfermedad incurable, del divorcio o de la jubilación, es obvia. ¿Puede modificarse una situación de tipo familiar o de trabajo, o tiene uno que aceptarla? A veces un diálogo socrático ayuda a encontrar respuesta a circunstancias como ésas.

El logoterapeuta japonés, doctor Hiroshi Takashima, distingue enfermedades y situaciones que pueden resolverse de aquellas con las que se tiene que aprender a convivir. Una postura manejable es como una serpiente venenosa que está encerrada junto a usted en una jaula. El sentido se encuentra en el acto de matar a la serpiente. Una situación de la que no se puede uno librar, es como estar encerrado con un buey sano y robusto. El sentido se encuentra en que hay que aprender a convivir con él.


Situaciones modificables.

Actualmente, en nuestra opulenta y permisiva sociedad existen más alternativas de las que estaban al alcance de cualquier generación anterior. Puede uno escoger su especialidad en la Universidad, su carrera, su pareja, su estilo de vida. Simultáneamente, el sentido cambia durante el trascurso de la vida. Lo que parecía tener sentido a los 18 años, puede no tenerlo a los 40 ó 45. Persistir en una situación a la que ya no se le encuentra sentido, puede determinar frustración, neurosis, depresión, alguna enfermedad psicosomática, una adicción o tendencias suicidas y en muchas de esas situaciones continuará habiendo oportunidades de cambio.

El primer paso hacia la salud mental, es estar consciente de que se tienen alternativas. El segundo es determinar cuál es la que tiene más sentido para el individuo en esa etapa específica de su vida.

La manera más directa de adquirir conciencia de que hay alternativas para una persona, es que confeccione una lista de sus opciones; a partir de ella puede seleccionar cuál es la que tiene más sentido para ella.

El individuo empieza por descubrir, en una o dos frases, dónde se siente “entrampado”. Luego formula una lista con las posibles soluciones a su problema. Incluirá también aquellas opciones que a primera vista parezcan poco prácticas, y aun las que juzgue ridículas. Posteriormente, enlistará las consecuencias positivas y negativas de cada alternativa, así como sus ventajas y desventajas. La lista le demostrará que no está atrapado y el humor por lo ridículo de algunas opciones planteadas puede tener valor terapéutico.




Fuente: J. B. Fabry, ‘Señales del camino hacia el sentido’. 

martes, 15 de diciembre de 2015

Excusas (-ante la responsabilidad-).

Excusas (-ante la responsabilidad-).

La nuestra es una sociedad permisiva. Se ha puesto de moda culpar al pasado, al medio ambiente y a debilidades genéticas y psicológicas, por cualquier falla o conducta equivocada. Un estudiante violento es disculpado en nombre de las condiciones desordenadas de su hogar; un alcohólico por su estructura genética, y un golpeador de su esposa por su carácter agresivo. Ciertamente, el pasado no puede cambiarse, ni genes, ni tendencias. Pero se puede controlar la forma como vive uno dentro de esas condiciones. El estudiante violento debe darse cuenta de que su responsabilidad no repetir la actitud de “todos contra todos” de sus padres, en sus relaciones con los que lo rodean. El alcohólico debe ver que su responsabilidad es no tomar esa primera bebida, que desatará su respuesta genética al alcohol. El golpeador de su mujer debe comprender que si bien no es responsable de sus impulsos agresivos, sí es de lo que hace con tales impulsos.



Cuando el espíritu no está bloqueado, cuando los recursos del espíritu están al menos ligeramente accesibles, el individuo se encuentra en capacidad de ejercitar su voluntad de sentido a través de una selección responsable de alternativas. Nuestra sociedad ha ido muy lejos en el sentido de disculpar la irresponsabilidad, especialmente dentro de la familia. Los padres son responsables por los hijos pequeños; los hijos mayores por los padres ancianos; las parejas, el uno del otro.



Muchas personas culpan a “los errores de los padres” de su propia infelicidad y mal comportamiento. Elisabeth Lúkas habla del complejo de los “malos padres”, que justifica a muchos adultos no asumir su responsabilidad ante sus dificultades. Escribe: “Se culpa a los padres por haber sido sumamente estrictos, demasiado autoritarios, muy indiferentes, bastante insoportables, excesivamente protectores, extremadamente exigentes o democráticos, o inseguros, o exageradamente inconscientes”. Difícilmente puede encontrarse comportamiento paterno que no puede ser utilizado como excusa. Cuando los hijos empiezan a culpar a sus padres, parecen sentirse relevados de una responsabilidad que en realidad es de ellos mismos.




Fuente: Joseph B. Fabry. “Señales del camino hacia el sentido”. Ediciones LAG. 

lunes, 2 de noviembre de 2015

El sentido del sufrimiento

El sentido del sufrimiento


Cuando uno se enfrenta con una situación inevitable, insoslayable, siempre que uno tiene que enfrentarse a un destino que es imposible cambiar, por ejemplo, una enfermedad incurable, un cáncer que no puede operarse, precisamente entonces se le presenta la oportunidad de realizar el valor supremo, de cumplir el sentido más profundo, cual es el del sufrimiento. Porque lo que más importa de todo es la actitud que tomemos hacia el sufrimiento, nuestra actitud al cargar con ese sufrimiento.
Citaré un ejemplo muy claro: en una ocasión, un viejo doctor en medicina general me consultó sobre la fuerte depresión que padecía. No podía sobreponerse a la pérdida de su esposa, que había muerto hacía dos años y a quien él había amado por encima de todas las cosas. ¿De qué forma podía ayudarle? ¿Qué decirle? Pues bien, me abstuve de decirle nada y en vez de ello le espeté la siguiente pregunta: "¿Qué hubiera sucedido, doctor, si usted hubiera muerto primero y su esposa le hubiera sobrevivido?" "¡Oh!", dijo, "¡para ella hubiera sido terrible, habría sufrido muchísimo!" A lo que le repliqué: "Lo ve, doctor, usted le ha ahorrado a ella todo ese sufrimiento; pero ahora tiene que pagar por ello sobreviviendo y llorando su muerte."
No dijo nada, pero me tomó la mano y, quedamente, abandonó mi despacho. El sufrimiento deja de ser en cierto modo sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido, como puede serlo el sacrificio.
Claro está que en este caso no hubo terapia en el verdadero sentido de la palabra, puesto que, para empezar, su sufrimiento no era una enfermedad y, además, yo no podía dar vida a su esposa. Pero en aquel preciso momento sí acerté a modificar su actitud hacia ese destino inalterable en cuanto a partir de ese momento al menos podía encontrar un sentido a su sufrimiento.
Uno de los postulados, básicos de la logoterapia estriba en que el interés principal del hombre no es encontrar el placer, o evitar el dolor, sino encontrarle un sentido a la vida, razón por la cual el hombre está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga un sentido.
Ni que decir tiene que el sufrimiento no significará nada a menos que sea absolutamente necesario; por ejemplo, el paciente no tiene por qué soportar, como si llevara una cruz, el cáncer que puede combatirse con una operación; en tal caso sería masoquismo, no heroísmo.
La psicoterapia tradicional ha tendido a restaurar la capacidad del individuo para el trabajo y para gozar de la vida; la logoterapia también persigue dichos objetivos y aún va más allá al hacer que el paciente recupere su capacidad de sufrir, si fuera necesario, y por tanto de encontrar un sentido incluso al sufrimiento. En este contexto, Edith Weisskopf-Joelson, catedrática de psicología de la Universidad de Georgia, en su artículo sobre logoterapia4 defiende que "nuestra filosofía de la higiene mental al uso insiste en la idea de que la gente tiene que ser feliz, que la infelicidad es síntoma de desajuste. Un sistema tal de valores ha de ser responsable del hecho de que el cúmulo de infelicidad inevitable se vea aumentado por la desdicha de ser desgraciado". En otro ensayo5 expresa la esperanza de que la logoterapia "pueda contribuir a actuar en contra de ciertas tendencias indeseables en la cultura actual estadounidense, en la que se da al que sufre incurablemente una oportunidad muy pequeña de enorgullecerse de su sufrimiento y de considerarlo enaltecedor y no degradante", de forma que "no sólo se siente desdichado, sino avergonzado además por serlo".
Hay situaciones en las que a uno se le priva de la oportunidad de ejecutar su propio trabajo y de disfrutar de la vida, pero lo que nunca podrá desecharse es la inevitabilidad del sufrimiento. Al aceptar el reto de sufrir valientemente, la vida tiene hasta el último momento un sentido y lo conserva hasta el fin, literalmente hablando. En otras palabras, el sentido de la vida es de tipo incondicional, ya que comprende incluso el sentido del posible sufrimiento.
Traigo ahora a la memoria lo que tal vez constituya la experiencia más honda que pasé en un campo de concentración. Las probabilidades de sobrevivir en uno de estos campos no superaban la proporción de 1 a 28 como puede verificarse por las estadísticas. No parecía posible, cuanto menos probable, que yo pudiera rescatar el manuscrito de mi primer libro, que había escondido en mi chaqueta cuando llegué a Auschwitz. Así pues, tuve que pasar el mal trago y sobreponerme a la pérdida de mi hijo espiritual. Es más, parecía como si nada o nadie fuera a sobrevivirme, ni un hijo físico, ni un hijo espiritual, nada que fuera mío. De modo que tuve que enfrentarme a la pregunta de si en tales circunstancias mi vida no estaba huérfana de cualquier sentido.
Aún no me había dado cuenta de que ya me estaba reservada la respuesta a la pregunta con la que yo mantenía una lucha apasionada, respuesta que muy pronto me sería revelada. Sucedió cuando tuve que abandonar mis ropas y heredé a cambio los harapos de un prisionero que habían enviado a la cámara de gas nada más poner los pies en la estación de Auschwitz. En vez de las muchas páginas de mi manuscrito encontré en un bolsillo de la chaqueta que acababan de entregarme una sola página arrancada de un libro de oraciones en hebreo, que contenía la más importante oración judía, el Shema Yisrael. ¿Cómo interpretar esa "coincidencia" sino como el desafío para vivir mis pensamientos en vez de limitarme a ponerlos en el papel?
Un poco más tarde, según recuerdo, me pareció que no tardaría en morir. En esta situación crítica, sin embargo, mi interés era distinto del de mis camaradas. Su pregunta era: "¿Sobreviviremos a este campo? Pues si no, este sufrimiento no tiene sentido." La pregunta que yo me planteaba era algo distinta: "¿Tienen todo este sufrimiento, estas muertes en torno mío, algún sentido? Porque si no, definitivamente, la supervivencia no tiene sentido, pues la vida cuyo significado depende de una casualidad —ya se sobreviva o se escape a ella— en último término no merece ser vivida."



4. Edith Weisskopf-Joelson, Same Comments on a Viennese School of Psychiatry. "The Journal of Abnormal and Social Psychology", vol.  51., pp. 701-3 (1955).
5. Edith Weisskopf-Joelson, Logotherapy and Existencial Análisis, "Acta psychotherap.", vol. 6, pp. 193-204 (1958).

Vacío Existencial, por V. Frankl

El vacío existencial


El vacío existencial es un fenómeno muy extendido en el siglo XX. Ello es comprensible y puede deberse a la doble pérdida que el hombre tiene que soportar desde que se convirtió en un verdadero ser humano. Al principio de la historia de la humanidad, el hombre perdió algunos de los instintos animales básicos que conforman la conducta del animal y le confieren seguridad; seguridad que, como el paraíso, le está hoy vedada al hombre para siempre: el hombre tiene que elegir; pero, además, en los últimos tiempos de su transcurrir, el hombre ha sufrido otra pérdida: las tradiciones que habían servido de contrafuerte a su conducta se están diluyendo a pasos agigantados. Carece, pues, de un instinto que le diga lo que ha de hacer, y no tiene ya tradiciones que le indiquen lo que debe hacer; en ocasiones no sabe ni siquiera lo que le gustaría hacer. En su lugar, desea hacer lo que otras personas hacen (conformismo) o hace lo que otras personas quieren que haga (totalitarismo).
Mi equipo del departamento neurológico realizó una encuesta entre los pacientes y los enfermos del Hospital Policlínico de Viena y en ella se reveló que el 55 % de las personas encuestadas acusaban un mayor o menor grado de vacío existencial. En otras palabras, más de la mitad de ellos habían experimentado la pérdida del sentimiento de que la vida es significativa.
Este vacío existencial se manifiesta sobre todo en un estado de tedio. Podemos comprender hoy a Schopenhauer cuando decía que, aparentemente, la humanidad estaba condenada a bascular eternamente entre los dos extremos de la tensión y el aburrimiento. De hecho, el hastío es hoy causa de más problemas que la tensión y, desde luego, lleva más casos a la consulta del psiquiatra. Estos problemas se hacen cada vez más críticos, pues la progresiva automatización tendrá como consecuencia un gran aumento del promedio de tiempo de ocio para los obreros. Lo único malo de ello es que muchos quizás no sepan qué hacer con todo ese tiempo libre recién adquirido.
Pensemos, por ejemplo, en la "neurosis del domingo", esa especie de depresión que aflige a las personas conscientes de la falta de contenido de sus vidas cuando el trajín de la semana se acaba y ante ellos se pone de manifiesto su vacío interno. No pocos casos de suicidio pueden rastrearse hasta ese vacío existencial. No es comprensible que se extiendan tanto los fenómenos del alcoholismo y la delincuencia juvenil a menos que reconozcamos la existencia del vacío existencial que les sirve de sustento. Y esto es igualmente válido en el caso de los jubilados y de las personas de edad.
Sin contar con que el vacío existencial se manifiesta enmascarado con diversas caretas y disfraces. A veces la frustración de la voluntad de sentido se compensa mediante una voluntad de poder, en la que cabe su expresión más primitiva: la voluntad de tener dinero. En otros casos, en que la voluntad de sentido se frustra, viene a ocupar su lugar la voluntad de placer. Esta es la razón de que la frustración existencial suele manifestarse en forma de compensación sexual y así, en los casos de vacío existencial, podemos observar que la libido sexual se vuelve agresiva.
Algo parecido sucede en las neurosis. Hay determinados tipos de mecanismos de retroacción y de formación de círculos viciosos que trataré más adelante. Sin embargo una y otra vez se observa que esta sintomatología invade las existencias vacías, en cuyo seno se desarrolla y florece. En estos pacientes el síntoma que tenemos que tratar no es una neurosis noógena. Ahora bien, nunca conseguiremos que el paciente se sobreponga a su condición si no complementamos el tratamiento psicoterapéutico con la logoterapia, ya que al llenar su vacío existencial se previene al paciente de ulteriores recaídas. Así pues, la logoterapia está indicada no sólo en los casos noógenos como señalábamos antes, sino también en los casos psicógenos y, sobre todo, en lo que yo he denominado "(pseudo)neurosis somatógenas". Desde esta perspectiva se justifica la afirmación que un día hiciera Magda B. Arnold2: "Toda terapia debe ser, además, logoterapia, aunque sea en un grado mínimo."


Fuente: Viktor Frankl, ‘El hombre en busca de sentido’.



2Magda B. Arnold y John A. Gasson, "The Human Person, The Ronald Press Company, Nue­va York, 1954, p. 618.

Sensación, Emoción y Sentimiento

Los sentimientos son un camino para encontrar y contactar con las áreas de sentido en nuestra vida, de ahí la importancia de trabajar y profundizar en ellos ya que mientras más capacidad de sentir tenga la persona, más autoconocimiento y crecimiento de sí misma tendrá.

¿Qué es una sensación? Es la reacción fisiológica que deja huella en el cuerpo. Al hablar de sentimientos forzosamente tenemos que hablar de las sensaciones que lo acompañan.

¿Qué es una emoción? Es un sentimiento breve, de aparición abrupta y corta, tienen q ver con la sobrevivencia, no son aprendidas, tiene manifestaciones físicas conscientes. No sabes distinguirlas del sentimiento por su brevedad. Su objetivo es la supervivencia y el desarrollo.

¿Qué es un sentimiento? Es más prolongado y suave que la emoción, tiene que ver con una experiencia cognitiva, dependen de la cultura, algunas creencias los pueden bloquear. Un sentimiento es una sensación corporal que la persona interpreta y concretiza, bautiza con un nombre desde su experiencia, cultura, creencias. Es una percepción de un determinado estado del cuerpo junto con la percepción de un determinado modo de pensar y concebir lo que nos pasa.

Características sentimientos: son amorales, (no son ni buenos ni malos), espontáneos (queramos o no sentimos, no los pensamos), pertenecen a la condición humana, tienen duración e intensidad, siempre son indicadores de una necesidad, son únicos e irrepetibles, comunican de manera no verbal generalmente, diversos, informan de aquello que es significativo, motivan y organizan la acción, clarifican el pensamiento y la toma de decisiones, generadores de comportamientos éticos, favorecen el autoconocimiento. Los sentimientos me dan dignidad.



Fuente: Alejandro Unikel y Adriana León Portilla (2013, SMAEL). 

lunes, 10 de agosto de 2015

Antecedentes Históricos del Análisis Existencial y Logoterapia

Raíces filosóficas y psicológicas.

Uno de los grandes méritos de Víktor Frankl, fue el enlace o inclusión que hizo de disciplinas que por tradición se mantenían alejadas: psiquiatría, psicología y filosofía.
Desde muy pequeño, su espíritu inquieto lo llevó a interesarse por temas filosóficos. En su adolescencia y juventud profundizó en su estudio, en especial en la filosofía existencialista que en esos años era tema de controversia y gran interés en el ambiente intelectual de Viena.

El joven Frankl, se reunía con los propios representantes del pensamiento existencialista –Martin Heidegger y Karl Jaspers- para discutir esos temas.

Para Frankl la filosofía es una parte esencial de la naturaleza humana y en distintas ocasiones afirmó que no puede ni debe desligarse de la actividad terapéutica ya que muchos problemas humanos, angustias y hasta neurosis se derivan con frecuencia de una postura filosófica determinada.

El profundo estudio de la obra de Max Scheler lo marca de tal manera que más tarde incluiría en el desarrollo de su teoría la importancia de la actualización de los valores para un sano desarrollo de la personalidad.

Por otro lado, como estudiante de Medicina y Neuropsiquiatría, Frankl profundizaba en el estudio del psicoanálisis freudiano. Reconoció la genialidad de Sigmund Freud, sin embargo, no estaba de acuerdo en algunos de sus planteamientos.  En especial se opuso a la visión determinista y dogmática del psicoanálisis y a su visión reduccionista del ser humano. Para Víktor Frankl, la concepción que Freud tenía del hombre, era tal que deformaba al ser humano a una caricatura.

Se une entonces al grupo Adleriano e inicia con sus maestros Allers y Zchwartz varios centros de consultoría para los jóvenes afectados por los efectos de la primera guerra mundial.  Los temas más frecuentes eran entonces, depresión y suicidio. Estos centros tienen tal bienvenida que pronto se abren varios más en Frankfurt, Praga, Zurich y Berlín.
Víktor Frankl tuvo la influencia de muchos pensadores, mas siguió siempre su propio camino.  Su Logoterapia es el resultado, por un lado, de la maduración de dichas influencias y de los aportes de la propia experiencia de Frankl.

Varios autores y el propio Frankl, consideran la Logoterapia como una psiquiatría existencial, como parte de la tradición existencial europea. Otros la anexan a la psicología existencial-humanista por la influencia que el pensamiento existencial europeo tuvo en el surgimiento de la psicología humanista.

A continuación haremos una breve revisión del origen y principales conceptos de la filosofía existencial surgida en Europa.


La filosofía existencial-humanista.

La filosofía existencialista representa un parte aguas para la filosofía tradicional.

Sören Kierkegaard (1813-1855) es considerado el padre de dicha filosofía. Pero hasta casi un siglo después fue retomada y continuada en Alemania por Martin Heidegger.

Kierkegaard hablaba de la existencia concreta de la persona con su singularidad, autonomía, con su sentido de libertad y responsabilidad. Fue el primer autor en señalar que cuando surge la angustia, la impotencia, la desesperación, el quebranto y la culpa, es cuando el ser humano puede concientizarse de su humanidad.

La reaparición de sus ideas en Alemania y después Francia, reflejaban la situación de inseguridad, inestabilidad y angustia que se vivía en Europa tras la primera guerra mundial. Y se vio reforzada –asentándose como fuerza independiente- después de la vivencia de la segunda guerra mundial.

Sus temas resonaban en lo más profundo de las personas de esa época: la preocupación por la “existencia”, lo humano concreto. La explicación de la existencia humana desde el plano de lo inmediato de la experiencia personal. No se trata de entender ni analizar racionalmente la existencia humana, su fragilidad, su angustia, su finitud.

Rollo May define el movimiento existencialista como “tomar como centro a la persona existente”, donde el énfasis se pone en el ser humano como surge y deviene.

Cuando el ser humano se enfrenta a los supuestos básicos de la existencia: la libertad, el aislamiento, la carencia de sentido vital y la muerte, entra en conflicto y angustia existencial. Sin embargo, no enfrentarse a ellos significa vivir dormido.

Siguiendo la línea de Kierkegaard, Martín Heidegger desarrolla una “ontología fundamental”. Heidegger fue alumno de Husserl, el creador de la fenomenología.

Plantea que el ser humano -por ser consciente de sí mismo- está en situación de preguntarse acerca de su ser, de su existencia y con ello ser simultáneamente en relación con otros seres humanos y objetos del mundo. Este ser-en-el-mundo es “arrojado” a su existencia.

Otros existencialistas empiezan a surgir y a hacer su propios aportes. Por un lado, el existencialista francés Jean Paul Sartre, quien desde una postura atea enfatiza el sinsentido de la existencia y por otro lado el alemán Karl Jaspers quien se ubica dentro del existencialismo teísta junto con Gabriel Marcel.

Jaspers considera las “situaciones límite” que nos presenta la vida como la ocasión para el hombre de trascenderse.  Tanto para Jaspers como para Kierkegaard abrirse a la trascendencia implica “devenir lo que se es”, asumir la angustia de la propia condición del ser.

Por su lado, Martin Buber, destaca la filosofía del diálogo y plantea que la existencia auténtica sólo se logra en el “encuentro” con el otro, en el diálogo yo-tú.

Los analistas existenciales como Ludwig Binswanger, Medard Boss, E. Minkowsky, Roland Kuhn, Igor Caruso y el propio Frankl, investigaban y publicaban sin ser conocidos. Estos autores permanecieron ocultos para América hasta que el libro de Rollo May “Existencia” fue publicado en 1958.

Las corrientes filosóficas existencialistas y la fenomenología de Brentano y Husserl, se desarrollaron paralelas en el tiempo pero en forma independiente una de otra hasta que se cruzan en la figura de Heidegger.

Todos los autores existencialistas concuerdan en usar el método fenomenológico al abordar un tratamiento con un paciente. “Esto significa entrar en el mundo de su experiencia y escuchar los fenómenos que relata sin ningún presupuesto previo que distorsione la comprensión”. (Yalom,1984)

Es la tradición existencialista europea junto con algunas circustancias históricas, sociales y económicas como la depresión económica que vivía Estados Unidos, la migración de los intelectuales europeos perseguidos por el nazismo, entre otras, lo que da lugar al surgimiento de la Psicología Humanista en ese país.

Dicha migración significó una renovación cultural y humanista. Hubo un gran interés por la filosofía existencialista que los inmigrantes llevaban consigo.

Los escritos de Kierkegaard, Husserl, Heidegger,Buber, Jaspers y Sartre que planteaban una nueva visión del ser humano y de la vida fueron tan bien acogidas como las ideas de la filosofía oriental (Zen y Tao).

Muchos de los inmigrantes pertenecían también al mundo de la psiquiatría y de la psicología. Por un lado los representantes de la Escuela de Berlín de la psicología de la Gestalt: Max Wertheimer, Wolfgang Köhler, Kart Koffka y Kurt Lewin quienes emigraron juntos a los Estados Unidos.  Del campo del psicoanálisis los que se oponían al dogmatismo de Freud: Alfred Adler, Erich Fromm, Wilhelm Reich, Otto Rank, Fritz Perls, Ruth Cohn, Karen Horney, Frieda Fromm-Reichmann y Helene Deutsch. Y del área de la psiquiatría: Ludwig Binswanger y Medard Boss con su “análisis de la existencia” y la orientación organísmica de Kurt Goldstein que fueron menos comprendidos en América.

Tras esta revolución ideológica, se establece en 1950 una nueva escuela ideológica encabezada por Abraham Maslow a la que llamaron “psicología humanista”, pero no fue hasta 1961 que aparece públicamente con la aparición del Journal of Humanistic Psychology, y un año más tarde se funda la Asociación Americana de Psicología Humanista presidida por A. Maslow.

En 1963 James Bugental formula cinco principios básicos de la psicología humanista:
  1. “El hombre, sobrepasa la suma de sus partes (o sea, que el hombre no puede explicarse simplemente a partir del estudio científico de sus funciones parciales)
  2. El hombre es un ser dentro de un contexto humano (es decir, que el hombre no puede entenderse estudiando simplemente sus funciones parciales y dejando de lado su experiencia interpersonal)
  3. El hombre tiene una conciencia (y solo puede explicarse psicológicamente desde teorías que reconozcan el curso continuo de la autoconciencia humana, tomada por sus distintas capas).
  4. El hombre tiene una capacidad de elección (no es un espectador de su propia existencia, sino que crea sus propias experiencias).
  5. El hombre tiene una intencionalidad (tiende hacia el futuro, tiene un propósito, unos valores y un significado)” (Yalom,1984)


Similitudes y diferencias entre la psicoterapia existencial y la psicología humanista:

A pesar de que la psicoterapia existencial (a la que pertenece la Logoterapia) mantiene relaciones un tanto confusas con la psicología humanista, comparten muchos supuestos básicos y no son pocos los psicólogos humanistas que tienen una orientación existencial. Entre ellos Maslow, Perls, Bugental, Bühler y Rollo May. (Yalom,1984)

H. Quitman nos dice que la filosofía existencial y la fenomenología europeas constituyen el fundamento más importante para los conceptos de la psicología humanista.

Oscar Oro coincide al decir que los humanistas comparten con los existencialistas europeos varios supuestos básicos y tienen una orientación existencial. Comparten también el valorar lo que el ser humano posee de superior: la razón, la libertad, la autonomía, la creatividad, lo indeterminado.

Otro aspecto que tienen en común tiene que ver con el planteamiento de Kierkegaard: “la verdad existe para el individuo sólo en cuanto ésta se traduce en acción”.

“En América, la psicología existencialista ‘se ha unido con la nueva psicología de la tercera fuerza’, así la mayor parte de los expertos en este campo hablan de la psicología existencial-humanista.” Nos dice Giordani. Oscar Oro por su lado afirma que más que un auténtico vínculo filial entre la psicología humanista y la existencial, existe no más que un parentesco.

A pesar de tener un transfondo común, varios autores marcan una línea divisoria. Rollo May subraya particularmente la falta de un sentido de lo trágico en la existencia humana por parte de los americanos, “su represión del sentido ontológico, su huida de la conciencia de su propio ser”. (R.May,1978)

Otro aspecto  que omite la psicología humanista son los conceptos clave del existencialismo: la situación límite y la dimensión del sufrimiento.

Oro destaca una radical distinción entre la expansión del ser –concepto central en la psicología humanista- y el ser-en-el-mundo y la trascendencia de la filosofía existencial. Igualmente marca la diferencia entre el concepto de espiritualidad según unos y otros.

Afirma también que los psicólogos humanistas han ido “americanizando” el pensamiento existencial, adaptándolo a una visión empirista e individualista y no han integrado el pasado cultural europeo en su totalidad sino en forma muy parcializada, desligándolo de sus raíces filosóficas.

La teoría que Víktor Frankl desarrolla, al estar fundamentada sobre la tradición existencialista, toma en cuenta las limitaciones humanas y la dimensión trágica de la existencia. Es un gran optimista pero no basa ese optimismo en la negación u omisión de las limitaciones sino en la posibilidad de trascenderlas y de encontrar sentido, incluso en la tragedia. Intuye que el sufrimiento puede no ser en vano, puede abrir nuevas y profundas perspectivas en la persona y transformarse en un logro personal.

Frankl menciona el concepto central de su teoría –el sentido de la vida- desde muy temprano (1925), pero es en los campos de concentración donde lleva a la práctica su teoría. “Las auténticas facultades humanas de la autotrascendencia y el autodistanciamiento fueron verificados y convalidados en forma existencial en los campo de concentración. Este empirismo en su más amplio sentido de la palabra confirmó “la voluntad de sentido” y la autotrascendencia y sus efectos terapéuticos.

Parte de su persona, más aún, responde a través de su vivencia a la pregunta que, como psiquiatra, intenta responder: “¿Cómo puede uno despertar en un paciente el sentimiento de que tiene la responsabilidad de vivir por muy adversas que se presenten las circunstancias?” (Frankl,1989)

Gordon Allport –en el prefacio de “El hombre en busca de sentido”- pregunta: “¿Cómo pudo él –que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío,brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio-, cómo pudo aceptar la vida como digna de vivirla?”

Se podría afirmar que la psicología humanista va de más (el potencial humano) a más (la autorrealización) mientras que la logoterapia va de menos (limitación y sufrimiento) a más (logro personal, sentido).

Referencias Bibliográficas:
Frankl,V.E. El hombre en busca de sentido. Ed. Herder, Barcelona, 1989.
May,R. El dilema existencial del hombre moderno. Ed. Paidós, Buenos Aires, 1978
Yalom, I. Psicoterapia Existencial. Ed. Herder, Barcelona, 1984
Arocena Ponce de León, Marcela. Autorrealización y Trascendencia.