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viernes, 15 de enero de 2016

Video: Detector de mentiras para niños





No se puede hablar de "niños/as mentirosos/as", hasta pasados los 8-9 años. Antes de esta edad, se les nombra 'pseudomentiras', y lo que más juega en la comunicación del niño/a, es la percepción de las cosas en el mundo. Ellos no cuentan aún con el discernimiento adecuado para 'mentir'; mientras que a los adultos nos puede 'sonar como mentiras', es gracias a nuestro ya avanzado desarrollo. 

De una parte, la verdad reposa esencialmente sobre una noción de contrato social: es verdadero lo que está socialmente admitido, de otra parte, la percepción de lo real depende de la personalidad de cada uno. Por eso, tratándose de los niños, los psicólogos hablarán de pseudomentiras, ya que para que exista una auténtica mentira, es decir, para que el autor lo haga con pleno conocimiento de causa, es necesario un desarrollo psicológico que el niño es a menudo incapaz de obtener antes de los ocho o nueve años-Gérard Broyer-.

domingo, 13 de septiembre de 2015

El origen de la mentira está más allá: la soledad del mentiroso.

El origen de la mentira está más allá: la soledad del mentiroso.

Si en el plano educativo queremos abordar las cusas reales de la mentira, hay que analizar el comportamiento que requiere la mentira en su mismo origen, es decir, a nivel de la comunicación entre dos personas, y considerar que mentir, antes que ser “no decir algo VERDADERO a alguien”, es “DECIR algo a alguien”, poco importa que esta cosa sea cierta o falsa. La situación de mentira debe volver a situarse en una posición de comunicación o más exactamente, de no-comunicación entre dos personas.

La mentira nace del aislamiento afectivo o intelectual, sentido o real, del mentiroso, ya que la mentira depende de las dos personas que se relacionan, tanto de la que expresa como de la que recibe la información. De ese modo, el niño puede decir algo que será una mentira sólo para el adulto, cuando en realidad lo que dice es mentira sólo para el adulto; el niño, afectiva e intelectualmente, no podía decir otra cosa.

La mentira es la falsificación de los datos de la comunicación, bien porque esté o se crea aislado afectiva o intelectualmente, bien porque “quiere” aislarse afectivamente. Ahora bien, si uno trata de aislarse afectivamente es porque se juzga, de manera consciente o no, que los demás son incapaces o indignos de comprender nuestra situación. Puede haber, pues, situaciones de mentira distintas a las verbales. Efectivamente, es posible comunicarse con otro por otro medio que la palabra y hacerse entender con mímica, gestos, miradas, actitudes, lo que se puede percibir. Incluso, la psiquiatría tiende a considerar algunas alteraciones patológicas, algunas enfermedades psicosomáticas como formas sutiles de la mentira en sí misma: el sujeto utiliza un lenguaje inadecuado, el síntoma, para comunicarse con el otro. Así existen personas que no pueden recobrarse del todo de determinadas enfermedades ya que, en esa situación de “enfermos”, obtienen más ventajas afectivas que en su situación normal; les prestan más cuidados. Por consiguiente, les resulta difícil pasar de este estadio, en que tienen la impresión de que les quieren más, al estadio de la curación en el que volverán a ser autónomos, sencillamente porque, inconscientemente, no pueden admitir que necesitan el amor de los demás: así, pues mantienen sus síntomas.

De este modo, se comprende porqué las reacciones de los educadores, tanto si son padres como maestros, son a menudo tan poco eficaces frente a la mentira. Obedecen al mismo mecanismo que la propia mentira. Son, como ella, clasificadas entre las conductas llamadas elusivas, que tratan de suprimir un obstáculo negándolo. Ahora bien, existen diversas maneras de negar un obstáculo: suprimirlo, ignorarlo, despreciarlo; en una palabra, evitar toda confrontación con él.

Al despreciar al mentiroso, por ejemplo, se le refuerza en la idea de su aislamiento, probándole manu militari que cambiar es cuestión suya, ni nuestra, y de ese modo se le obliga a continuar en su aislamiento, entre otras cosas mediante la mentira, puesto que él se considera incomprendido. ¡Lo contrario de lo que se trataba de conseguir!

El estudio de la mentira en el niño va, pues, a delimitar los problemas psicológicos de la comunicación, problemas que se refieren conjuntamente:
  • A la funciones propias del lenguaje;
  • A la psicología infantil:
  • A la situación dual de la mentira.




Fuente: Gérard Broyer, “¿Por qué mienten los niños? Editorial Planeta. Pp. 21-24.



¿A qué llamamos mentira?

¿A qué llamamos mentira?

¿A qué llamamos mentira? Para la mayoría de la gente, la mentira es esencialmente una afirmación contraria a la verdad, enunciada por un individuo y dirigida a otro a fin de obtener alguna ventaja: evitar un castigo, evitar un desprecio, obtener una recompensa…; y nos perderíamos en el análisis de los móviles y las causas que han impulsado a mentir. Con la mentira entramos, pues, directamente en el terreno moral, puesto que nos sentimos inclinados, como consecuencia de la reacción impulsiva, a juzgarla en función de las intenciones de su autor: no sólo en función de las ventajas que éste último podría supuestamente obtener, sino también en función de a quién se dirige la mentira y de quién se obtienen las ventajas. Generalmente, se considera que está mal mentir a los padres, menos mal mentir a los compañeros y se excusa fácilmente a aquel que miente a un mentiroso: es casi de buena ley.

Así pues, la clasificación de las mentiras se hace siempre siguiendo una escala de valor de Bien o Mal, y las reacciones o acciones educativas se realizan en función de estos criterios morales: existen buenas mentiras, a las que apenas se presta atención, que pasan inadvertidas, y las Mentiras, que sí son reprensibles.

Sin embargo, es poco frecuente que se hable de buenas mentiras de los niños. Cuando un padre dice “Mi hijo miente”, sólo cita como ejemplo mentiras habitualmente reprobables: “Nos decía que trabajaba mucho en clase, y sus notas son catastróficas”. “Pero lo hacía para divertirse por la tarde en lugar de hacer sus deberes o aprender la lección”, se apresuran a añadir: “”Mi hijo me ha dicho que llegó tarde de la escuela porque discutió con una vecina, mientras que en realidad había acompañado a un compañero a su casa, que le habíamos prohibido hacer…”. Los ejemplos abundan.



Dicho de otra manera, lo que más llama la atención de los padres y, por consiguiente, lo que más los escandaliza es el aspecto que juzgan vergonzoso de las mentiras de sus hijos.

En realidad, las mentiras son múltiples y se utilizan cotidianamente. Las mentiras socialmente admitidas son tan frecuentes que ya no las percibimos. El ejemplo más corriente es el de la cortesía que nos obliga a decir a alguien que su visita nos complace, cuando en realidad nos inoportuna sobremanera, a dar las gracias a alguien por su “bonito regalo” cuando lo encontramos de extraordinario mal gusto. Asimismo existen mentiras piadosas que hay que decir: afirmar a un enfermo, para levantarle la moral, que pronto se restablecerá aun sabiendo que va para largo, ocultarle la naturaleza de su mal si sabemos que está condenado. Y cuando se dice que “la verdad sale de la boca de los niños”, lo que se viola es la regla de estas mentiras socialmente admitidas: el niño, al no conocer todavía la sutilidad de las convenciones sociales, dice “la verdad”, sin preocupaciones de su falta de delicadeza hacia los demás, mientras que será perfectamente capaz de decir una mentira unos instantes después.

La mentira resulta aún menos intolerable cuando tiene como objetivo esencial engañar a otro con disimulo y, aunque parezca paradójico, se puede sospechar que alguien miente cuando está diciendo la verdad. Hay que reconocer, por lo tanto, que en el terreno práctico esa forma de mentira es particularmente eficaz: así ocurre en los juegos de “bluff”, se puede tratar de mentir al adversario anunciándole los tantos propios, pensando que el adversario, engañado por ese comportamiento poco habitual, no nos creerá y tratará de hacer su juego sin contar con las cartas que le hemos descubierto.

Así pues, nada resulta más elástico ni más confuso que esta noción de mentira. Si uno se pone a mentir diciendo la verdad, tal vez resultara interesante tratar de comprender lo que es mentir.

Efectivamente, cuando tratamos de explicar la mentira, nos percatamos, incluso antes de abordar el estadio de la comprensión, de que la resistencia intelectual y afectiva de los educadores a admitir el concepto psicológico de la mentira infantil, es muy grande. De una parte, porque el hábito de pensar que el punto de vista del adulto debe tomarse como referencia, está arraigado desde hace tiempo en las mentalidades; de otra parte, porque el adulto se siente incómodo ante la mentira de su hijo y prefiere, evitando reconsiderar su forma de educar y descargando la responsabilidad de la mentira sobre el mentiroso, adoptar una actitud afectivamente más económica.

¿Comprender la mentira? ¿Por qué hacerlo? ¿Es necesario comprenderlo todo, explicarlo todo? De ahí que se intente excusar a algunos niños o adolescentes que no valen la pena, y excusar es una actitud de debilidad, excusando no se actúa.

Para muchos, interesarse por el caso del mentiroso es perder el tiempo ya que estiman que algunos niños son mentirosos como otros son afectuosos, buenos, abiertos, francos; no hay que buscar más lejos las causas de estas mentiras y, del vicio moral que se considera el acto de mentir, se franquea alegremente el límite que nos separa de la tara psíquica. En otras palabras, se considera que el mentiroso padece una malformación psíquica que le impide ser como los demás y “decir la verdad”. Y ello explica que, muy a menudo, padres y educadores se horroricen cuando se enteran o se dan cuenta de que su hijo “dice mentiras” y que tengan, entonces, reacciones más o menos vivas según su personalidad.

La mayor parte del tiempo, sintiéndose algo culpables de la conducta de su hijo, lanzarán sobre sí mismos y sobre la educación que le han dado juicios despreciativos. Por ejemplo, se harán reflexiones de este tipo “¿Es “eso” mi hijo…?, ¿Es “eso” el resultado de mi educación y de mis desvelos?, ¡Eso no es lo que le he enseñado!, ¡Este niño no tiene confianza en mí, o no me quiere!”

La lógica de este razonamiento consciente, pero sobre todo inconsciente, se traducirá prácticamente por comportamientos muy diferentes que serán el reflejo del carácter de cada uno. Estos comportamientos, a veces totalmente opuestos, pueden dimanar de los tipos siguientes:
  • Replegarse en sí mismo, diciendo que se es muy desgraciado por tener que soportar un niño “tarado” de este tipo; o, lo que es lo mismo, hacer que los demás se lo digan con frecuencia, que se quejen cuando no les afecta directamente. En cuanto al niño, se le continúa educando, a pesar de todo, en el sentido estricto de la palabra, porque se tiene el sentido del deber y de la moral, aunque él no lo tenga.
  • Desligarse afectivamente del mentiroso: es un medio como otro de no volver a experimentar ninguna decepción provocada por las rarezas de su comportamiento; el mentiroso se convierte poco menos que un desconocido, todo lo que hace y dice no nos interesa sino en el plan de anécdota.
  • Arremangarse  y tomar por su cuenta los viejos principios educativos que siempre han dado resultado de los tiempos en que la psicología no turbaba los espíritus con sus complejos y sus rechazos. Se recurre entonces primeramente a los castigos corporales, la azotaina o el reglazo; a la privación del postre; a la supresión de la aportación semanal, de salir etc. Y el etcétera no va muy lejos, ya que es preciso mucho ingenio para encontrar castigos originales susceptibles de ser eficaces.
  • Finalmente, al contrario que el caso procedente, se puede redoblar la atención  hacia ese pobre pequeño, que ya tiene bastante problema con no poder percibir la verdad y que necesitará a su papá o a su mamá. En este casi, efectivamente, se considera que el niño miente porque no se han ocupado suficientemente de él y ha estado sometido a influencias nocivas. Por lo tanto, hay que redoblar la atención y los cuidados para purificar sus relaciones y sustraerle a un contorno social nefasto (las malas compañías).


A pesar de lo diferentes que son unos de otros, estos comportamientos educativos tienen, sin embargo, un punto común inesperado: su total falta de eficacia o incluso, lo que es peor, el incremento de la mentira. Efectivamente, en la base de esas actitudes se encuentra un vicio de razonamiento, el de creer que la mentira procede esencialmente del mentiroso y que el punto de vista del adulto prevalece para definir lo que es cierto o falso, bueno o malo.

De una parte, la verdad reposa esencialmente sobre una noción de contrato social: es verdadero lo que está socialmente admitido, de otra parte, la percepción de lo real depende de la personalidad de cada uno. Por eso, tratándose de los niños, los psicólogos hablarán de pseudomentiras, ya que para que exista una auténtica mentira, es decir, para que el autor lo haga con pleno conocimiento de causa, es necesario un desarrollo psicológico que el niño es a menudo incapaz de obtener antes de los ocho o nueve años.



Fuente: Gérard Broyer, “¿Por qué mienten los niños? Editorial Planeta. Pp. 14-20.



La Teoría de Lawrance Kohlberg sobre el Desarrollo Moral

Kohlberg comparte con Piaget la creencia en que la moral se desarrolla en cada individuo pasando por una serie de fases o etapas. Estas etapas son las mismas para todos los seres humanos y se dan en el mismo orden, creando estructuras que permitirán el paso a etapas posteriores. Sin embargo, no todas las etapas del desarrollo moral surgen de la maduración biológica como en Piaget, estando las últimas ligadas a la interacción con el ambiente. El desarrollo biológico e intelectual es, según esto, una condición necesaria para el desarrollo moral, pero no suficiente. Además, según Kohlberg, no todos los individuos llegan a alcanzar las etapas superiores de este desarrollo.

El paso de una etapa a otra se ve en este autor como un proceso de aprendizaje irreversible en el que se adquieren nuevas estructuras de conocimiento, valoración y acción. Estas estructuras son solidarias dentro de cada etapa, es decir, actúan conjuntamente y dependen las unas de la puesta en marcha de las otras. Kohlberg no encuentra razón para que, una vez puestas en funcionamiento, dejen de actuar, aunque sí acepta que se produzcan fenómenos de desajuste en algunos individuos que hayan adquirido las estructuras propias de la etapa de un modo deficiente. En este caso los restos de estructuras de la etapa anterior podrían actuar aún, dando la impresión de un retroceso en el desarrollo.

Kohlberg extrajo las definiciones concretas de sus etapas del desarrollo moral de la investigación que realizó con niños y adolescentes de los suburbios de Chicago, a quienes presentó diez situaciones posibles en las que se daban problemas de elección moral entre dos conductas. El análisis del contenido de las respuestas, el uso de razonamientos y juicios, la referencia o no a principios, etc. -se analizaron treinta factores diferentes en todos los sujetos- fue la fuente de la definición de las etapas. Posteriormente, y para demostrar que estas etapas eran universales, Kohlberg realizó una investigación semejante con niños de una aldea de Taiwan, traduciendo sus dilemas morales al chino y adaptándolos un poco a la cultura china.


El desarrollo moral comenzaría con la etapa cero, donde se considera bueno todo aquello que se quiere y que gusta al individuo por el simple hecho de que se quiere y de que gusta. Una vez superado este nivel anterior a la moral se produciría el desarrollo según el esquema que presentamos a continuación. 


martes, 12 de mayo de 2015

Las fantasías y las mentiras en los niños



Las fantasías y las mentiras en los niños.

A través de la fantasía podemos divertirnos con el niño y también averiguar cuál es su proceso. Generalmente su proceso de fantasía (la forma en que hace las cosas y se mueve en su mundo de fantasía) es el mismo que su proceso de vida. A través de la fantasía podemos examinar los reinos interiores de la existencia del niño. Podemos extraer lo que está oculto o eludido y además averiguar qué está sucediendo en la vida del niño desde su perspectiva. Por estas razones estimulamos la fantasía y la usamos como herramienta terapéutica.


Algunos padres me han solicitado que distinga entre fantasías y mentiras. Otros se preocupan porque sus hijos parecen perderse en un mundo de fantasías. El mentir es síntoma de que algo anda mal para el niño. Es más bien una forma de comportamiento que una fantasía, aunque a veces ambas se fusionan. Los niños mienten porque temen declarar su posición, enfrentar la realidad tal como es. Con frecuencia están inmersos en el temor, la inseguridad, una mala autoimagen o la culpa. Son incapaces de enfrentarse con el mundo real que los rodea, y por consiguiente, recurren a una conducta defensiva, actuando en forma opuesta a como sienten realmente.


A menudo los niños se ven obligados a mentir por sus padres. Puede que éstos sean excesivamente estrictos o inconsistentes, tengan expectativas que al niño le resulten demasiado difíciles de cumplir, o sean incapaces de aceptar a su hijo tal como es. Entonces el niño se ve forzado a mentir como una forma de autopreservación.


Cuando un niño miente, a menudo se cree a sí mismo. Trama una fantasía alrededor de la conducta que es aceptable para él. La fantasía se convierte en un medio para expresar aquellas cosas que a él le cuesta admitir como realidad.


Yo tomo con seriedad las fantasías de un niño, como una expresión de sus sentimientos. Dado que la gente generalmente no escucha, ni entiende ni acepta sus sentimientos, tampoco él lo hace. No se acepta a sí mismo. Debe recurrir a una fantasía, y posteriormente, a una mentira. De modo que aquí una vez más es necesario comenzar a sintonizarse con los sentimientos del niño, más que con su conducta, para empezar a conocerlo, escucharlo, entenderlo y aceptarlo. Sus sentimientos son su verdadera esencia. Al reflejárselos, también él comenzará a conocerlos y aceptarlos. Sólo entonces se puede ver el mentir en forma realista, por lo que es: una conducta que el niño utiliza para sobrevivir.


Los niños se construyen un mundo de fantasía porque encuentran difícil vivir en su mundo real. Cuando trabajo con un niño así, puede que lo estimule a contarme sobre sus imágenes e ideas fantásticas, e incluso que las elabore, para así poder entender su mundo interior.


Los niños tienen muchas fantasías de cosas que jamás sucedieron en verdad. Sin embargo, para estos niños son muy reales y a menudo las guardan dentro de sí, lo que a veces los lleva a comportarse en formas inexplicables. Con frecuencia estas fantasías imaginarias-reales despiertan sentimientos de temor y angustia; es necesario sacarlas a luz para tratarlas y terminar con ellas.




Violet Oaklander, Ventanas a nuestros niños. Terapia gestáltica para niños y adolescentes, p. 10 -12.