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sábado, 2 de noviembre de 2019

Normalizando la violencia desde casa


NORMALIZANDO LA VIOLENCIA DESDE CASA


La fotografía que ha estado rondando por las redes, es reflejo de la realidad social y cultural en la que estamos viviendo. Dentro de la noticia podemos encontrar el descontento sobre el hecho y preguntarse en cómo los padres decidieron disfrazar a su hijo de esta manera. Es una realidad que vivimos indiscutiblemente, muy cruda y a un simple paso que la violencia ejercida en la narco-cultura esté a nada de ser normalizada.





Además que las noticias que presenciamos día a día, las imágenes cada vez son más explícitas, mostrando los cuerpos degollados, destazados y torturados, (agregando que también hay videos al respecto); ahora también son parte del repertorio del entretenimiento para adoctrinarnos sobre la violencia y se nos haga costumbre la muerte, pero no solo eso, sino que nos acostumbremos a muertes “de este tipo” donde sea normal saber que haya desaparecidos, muertes dolorosas, trata de personas, comercio sexual de mujeres y niños/as, etc. Es decir, privación de la libertad y violación a los derechos humanos. En el repertorio de Netflix, podemos encontrar series como “La reina del sur”, “Narcos” y “El Chapo”, y han ido en aumento las series dirigidas a esta temática. ¿Cuántas personas toman estas series como parte de su consumo de entretenimiento?

Por otra parte, existen sucesos mucho más sutiles que van siendo parte de lo que consumimos. Con el estreno de la película “Jóker”, hubo revuelo en expresar que no llevaran a los/as niños/as a verla por ser clasificación B-15, “que no salía Batman y que era muy violenta para su entendimiento”. ¿Con cuántas películas se debería hacer lo mismo, que los padres no lleven a sus hijos/as a ver películas con contenido fuera de su entendimiento? Esto mismo se relaciona con lo que acontece en estas fechas con el pretexto de Halloween y el Día de muertos, pues es indudable que los niños/as disfrutan disfrazarse, de salir, ver ofrendas y pedir dulces. ¿Cuántos papás/mamás permiten a sus hijos/as menores de 12 años ver películas con clasificación B y que se disfracen de personajes de esas películas?

Según la Dirección General de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC), la clasificación para las producciones en los medios de comunicación en cine, televisión y radio:





Los padres y madres deben revisar con detenimiento el contenido de los productos que están a disposición de sus hijos/as, desde películas, libros y juguetes, hasta el uso de las redes sociales y el acceso a internet, sean desde fines educativos hasta de entretenimiento. ¿Cómo protegen a sus hijos/as de la violencia, les explican en qué consisten los riesgos actuales? ¿Consideran que es una exageración recomendar que sus hijos/as no vean contenidos no aptos para su edad?

Permitir que se disfracen de personajes como Chucky o Pennywise, puede implicar varias cosas en los/as niños/as. A pesar que en ocasiones haya adultos que acompañen al infante a verlas, no pueden evitar en algunos de ellos/as puedan provocan efectos negativos (como pesadillas o miedo a la oscuridad). Por ejemplo, no es válido que un niño más grande, un adolescente o un adulto se burle del infante si le causa miedo ver una película que no es apta para su edad.
  



  
Además, el adulto está normalizando que el infante vea películas que contengan violencia, escenas sexuales, expresiones inadecuadas, o personas que padecen de trastornos mentales y se convierten en asesinos. El infante se le hará “normal”, pero el adulto no se da el tiempo para explicarle los contenidos; por ejemplo, explicarles que no todas las personas que sufren de un trastorno mental significa que son asesinos. Pero también se les está enseñando a no tomar en cuenta aquellas reglas que están hechas para ellos y acorde a sus niveles de desarrollo, pensarán que cualquier contenido a su mano no tiene restricciones lo entiendan o no (como tener una cuenta de facebook antes de los 12 años y sin supervisión), así como ver escenas violentas o sexuales que se pueden prestar a confundirlos pues como están en las películas, entonces es normal en la vida real.

No se trata de restringirles el gusto por los disfraces, que jueguen o diviertan con distintos medios de entretenimiento, sino que se trata de acompañarlos a lo largo de su desarrollo, crecimiento y educación, tomarse el tiempo de explicarles que existen riesgos y certezas en la vida, que hay cosas a las que todavía no pueden acceder porque son pequeños, que lleva tiempo comprender y reflexionar.

Existen “películas de miedo” adecuadas al público infantil (así como libros, actividades de cuentacuentos, caricaturas, etc.), existen personajes adecuados para que ellos les agraden que transmitan valores y mensajes positivos. No traten de “adelantar su niñez” teniendo que participar en contenidos que aún no son adecuados para ellos/as, acompáñenlos a que sean niños/as felices, reflexivos, empáticos, fomentándoles lo que necesitarán para ser adultos responsables y autónomos.





martes, 17 de mayo de 2016

Habilidades para la Vida, Educar en Valores


Los valores se aprenden estimándolos, interiorizándolos y dándoles la importancia que en realidad tienen en la vida personal de cada hombre o mujer; esto se consigue una vez que llegamos a conocernos, conforme identificamos y regulamos las propias emociones, y se van formando habilidades empáticas, es decir, aquellas que reconocen y entienden las particularidades del otro.

El desarrollo de habilidades sociales, a partir de valores, es esencial sobre todo en la infancia y la etapa adolescente, porque en esta última, se deben tomar decisiones, de establecen relaciones de amistad y de noviazgo, se elige el oficio o la carrera profesional, se trata pues, de la época en que los jóvenes se preparan para establecer su proyecto de vida.

Educar en valores significa encontrar espacios de reflexión tanto individual como colectiva para que desde temprana edad, los hombres y mujeres sean capaces de elaborar de forma racional y autónoma, principios que le van a permitir enfrentarse críticamente a la realidad y desarrollar todas las potencialidades humanas; es decir, no sólo conocimientos lógico-matemáticos, sino también habilidades, capacidades, sentimientos y valores.

El significado social que se atribuye a los valores es precisamente uno de los factores que influyen para diferenciar los tradicionales –aquellos que guiaron a la sociedad en el pasado, generalmente referidos a costumbres culturales o principios religiosos-, de los valores actuales compartidos por hombres y mujeres de los diferentes grupos que conforman una sociedad.

Para hablar acerca de valores es conveniente saber que valor se refiere a una excelencia o a una perfección. La práctica de valores desarrolla lo mejor de la esencia humana de la persona, mientras que el contravalor la despoja de esas cualidades. Desde el punto de vista socio-educativo, los valores son considerados referentes, pautas que orientan el comportamiento humano hacia la transformación social y la realización de la persona.

El proceso de valorización del ser humano incluye una compleja serie de condiciones intelectuales y afectivas que suponen: la toma de decisiones, la estimación y la actuación. Las personas valoran al preferir, al estimar, al elegir una cosa en lugar de otras, al formular metas y propósitos personales. Las valoraciones se expresan mediante creencias, intereses, sentimientos, convicciones, actitudes, juicios de valor y acciones. Desde el punto de vista ético, la importancia del proceso de valoración deriva de su fuerza orientadora.

No existe ordenación deseable o clasificación única de los valores; las jerarquías son cambiantes, fluctúan de acuerdo con las valoraciones del contexto y de cada grupo social, por ejemplo, existen: a) valores de lo agradable y desagradable, b) valores vitales, c) valores espirituales, d) valores de conocimiento puro de la verdad, e) valores religiosos;  f) valores instrumentales o relacionados con modos de conducta (valores morales); y g) valores terminales o referidos a estados deseables de existencia (paz, libertad, felicidad, bien común), entre otras clasificaciones.

Favorecer la educación en habilidades y valores es formar desde las primeras etapas de la vida, mujeres y hombres que sepan tomar decisiones y asumir responsabilidades que favorezcan su desarrollo integral y que, a su vez, se inserten en el proceso de construcción de una sociedad en la que el respeto y la solidaridad guíen las relaciones humanas.

El fomento de valores ofrece las posibilidades de construir sujetos con una mayor conciencia social, lo que los dotará con habilidades para enfrentar problemas tanto individuales como sociales. Los valores facilitan que los aprendizajes resulten útiles para participar en la sociedad y desarrollar la autonomía personal.

La educación en valores tiene que ver con el aprender a ser y el aprender a convivir, no como una disciplina independiente de los contenidos o habilidades, sino como parte integral de cada persona.

Los objetivos fundamentales de la promoción de valores y habilidades, son que los adolescentes:
  • Desarrollen las estructuras universales del juicio y guíen su razonamiento por las ideas de justicia y responsabilidad.
  • Aprendan a comunicarse adecuadamente, propiciando que participen en el ámbito escolar, familiar y social, con la finalidad de que sean capaces de respetar la opinión y punto de vista de los otros y logren alcanzar acuerdos justos ante las diferentes situaciones o problemas que se presentan en la adolescencia y a lo largo de la vida.
  • Cuenten con elementos para la construcción de una imagen de sí mismos y del tipo de vida que quieren llevar de acuerdo con sus valores personales.
  • Fomenten las capacidades y adquieran los conocimientos necesarios para el diálogo crítico y creativo apegado a la realidad.
  • Adquieran las habilidades necesarias para que juicio y acción sean coherentes.
  • Reconozcan y asimilen las diferentes posturas y respeten los derechos de los demás.
  • Comprendan, respeten y construyan normas de convivencia colectiva.

Los valores se consideran también normas de conducta y actitudes según las cuales se comportan los miembros de una sociedad y son coherentes con aquello que se contempla como correcto y que guía la forma de ser y de sentir.



Fuente: Guía práctica para educar en valores. Centro de Integración Juvenil, A. C

miércoles, 17 de febrero de 2016

De como el duelo y la muerte, se convirtieron en producto de consumo.

Los antiguos hebreos consideraban que el cuerpo de una persona muerta era algo impuro y que no había de tocarse. Los primitivos indios americanos hablaban de los malos espíritus y disparaban flechas al aire para dejarlos. Muchas otras culturas tienen rituales para protegerse de la persona muerta "mala", y todos se originan en este sentimiento de ira que todavía existe en todos nosotros, aunque no nos guste admitirlo. La tradición de la lápida sepulcral puede que tenga su origen en este deseo de mantener a los malos espíritus allá abajo, en lo hondo, y los guijarros que muchas personas ponen sobre la tumba son símbolos del mismo deseo. Aunque consideremos las salvas de cañones en los funerales militares como un último saludo, en el fondo se trata de un ritual simbólico semejante al que usaba el indio cuando lanzaba sus venablos y flechas al cielo.
Doy estos ejemplos para poner de relieve que el hombre no ha cambiado básicamente. La muerte es todavía un acontecimiento terrible y aterrador, y el miedo a la muerte es un miedo universal aunque creamos que lo hemos dominado en muchos niveles.
Lo que ha cambiado es nuestra manera de hacer frente a la muerte, al hecho de morir y a nuestros pacientes moribundos.
-E. Kübler-Ross-


Un resultado de toda esa presión ideológica converge sobre la actitud social ante los duelos en nuestras sociedades, dando lugar a la presión hacia su ocultación y aislamiento. Dicho en otros términos, refuerza las tendencias humanas, espontáneas e inconscientes, hacia la negación y disociación de los duelos (y la muerte).  A estas líneas ideológicas y de organización social, se superestructura cultural y de base económica, se una otra "línea de fuerza" [...]: la ideología de la tecnificación, de la tecnociencia. La medicina ha pasado a ser la religión de las sociedades tecnológicas y "postindustriales", incluso a pesar de la "desacralización" de los médicos, sus oficiantes, que han acabado ocupando un lugar de asalariados, de servidores en el altar de la ideología y de la negación: pero siempre hay unos pocos "grandes sacerdotes" y servicios (iglesias) médicas que encarnan la excelencia de la medicina y la ciencia para afrontar todos los dolores humanos. Y si no, gustosamente políticos y periodistas juegan ese papel. El resultado es una fuerte tendencia en nuestras sociedades hacia la tecnificación y maquinización del cuidado del sufrimiento, el dolor, la aflicción, la muerte. Una segunda característica de la actitud ante los duelos que quería señalar aquí. ¿Por qué estar triste si se puede tomar "Prozac"? Y así, como ejemplo extremo, la muerte puede estar perdiendo su sentido para nuestra sociedad y nuestra cultura (como para todas las sociedades que han existido): ser el último momento de la vida, el momento del cambio, el momento en el cual el alma (la vida) abandona el organismo, que pasa a convertirse en algo inanimado, no humano, impersonal. Morir hoy en día en una urbe occidental es, en más del 80% de las ocasiones, morir intubado, sin poderse comunicar, anestesiado y sedado, inconsciente, alimentado artificialmente, perfundido. Y sobre todo, a menudo es morir (bastante) solo, en el hospital, marginado de todo lo que hasta entonces ha supuesto la vida para ese moribundo que podríamos ser nosotros mismos. La actividad ante los procesos psicosociales de duelo y la aflicción parece estar llevando cada vez más el mismo rumbo.
-J.Tizón-


Congruencia en la Expresión de Valores: Pensamiento, Emoción y Acción

Valores y congruencia personal

No siempre es fácil ser congruente con lo que pensamos, lo que sentimos y lo que en realidad hacemos.

Podemos estar muy convencidos de nuestra adhesión a valores como la honestidad o la igualdad entre los seres humanos, y haberlo razonado juiciosamente, en abstracto. No obstante, cuando enfrentamos situaciones reales que involucran a personas cercanas (queridas o rechazadas), podemos experimentar sentimientos contradictorios, que chocan a veces con los valores que usualmente defenderíamos; cuando sentimos nuestros intereses personales amenazados o en conflicto con los de la mayoría, podemos olvidar o poner en duda nuestros ideales. La manifestación de incongruencias entre pensamiento, emoción y acción no es rara. Muchos conflictos que enfrenta la humanidad tienen que ver con ello: valores e intereses opuestos de personas, naciones, religiones, razas, tendencias políticas o económicas que luchan entre sí.

En el plano personal, la incongruencia de nuestros valores se manifiesta de esa misma forma: no hay armonía ni concordancia entre pensamiento, emoción y acción. Y tal vez no tenga que haberla de manera rígida ni absoluta, sino más bien de manera consciente, razonada y justa.
  



La congruencia de los otros

Idealmente esperaríamos que todas las personas significativas en nuestra vida y los agentes socializadores actuaran propositivamente y en la misma dirección, intentando fomentar en nuestra persona los valores humanos y democráticos.

Esperaríamos que la familia, la escuela, el grupo de amigos, los medios de comunicación, las instituciones sociales y políticas, todos ellos, intentaran desarrollar y fortalecer valores como el respeto al punto de vista del otro, la solidaridad, la cooperación, la honestidad, etc., a la par que procuraran erradicar o relativizar el egoísmo o la intolerancia.

Desafortunadamente no es así: con mucha frecuencia nosotros nos sentimos bombardeados por mensajes contradictorios provenientes no sólo de diferentes individuos, sino a veces de la misma persona. Alguien puede decir: No copies en los exámenes, es un fraude, está prohibido por el reglamento, pero de repente esa misma persona ofrece una “mordida” al policía para que no lo sancionen por ir conduciendo en estado de ebriedad.

¿Qué se puede hacer ante estas contradicciones? Tal vez sean inherentes a nuestro sistema social y no las vamos a resolver únicamente con el hecho de querer hacerlo. Pero tenemos la opción de convertirnos en pensadores y actores críticos ante todas esas situaciones.



Cómo ser un pensador y actor crítico

Es aquel que:
  1. Analiza las situaciones, es reflexivo más que impulsivo.
  2. Trata de identificar los argumentos que subyacen en la información que recibe.
  3. Toma en cuenta los hechos o la evidencia lo más objetivamente posible.
  4. Se forma un criterio propio ante los acontecimientos, no es un simple “eco” de los demás.
  5. Sabe escuchar los diferentes puntos de vista cuando hay un conflicto.
  6. Busca alternativas: no se cierra a un solo camino.
  7. Se pregunta a quién y cómo benefician ciertas acciones, prevé las consecuencias de los actos.
  8. Se pregunta frecuentemente a sí mismo qué, cómo y porqué hace las cosas.
  9. Puede diferenciar la razón de la emoción, aunque las viva juntas.
  10. Sabe distinguir sus motivos e intereses personales de los colectivos.
  11. Reconoce honestamente sus sentimientos positivos y negativos.
  12. Toma decisiones razonadas.
  13. Actúa asertivamente (en forma directa, firme y sincera, positiva y propositivamente): sabe cuándo decir “no” sin necesidad de agredir.
  14. Es crítico en el sentido positivo del término, no simplemente “criticón”.
  15. Reconoce sus errores y trata de corregirlos con inteligencia.
  16. No sólo “dice”, sino “hace”.
  17. Está informado: busca información fidedigna de primera mano.
  18. Es escéptico: desconfía del rumor y de la información proveniente de fuentes dudosas.


Esto nos puede ayudar a adquirir un perfil de pensador crítico.
  • Conócete a ti mismo. Reflexiona frecuentemente sobre tu persona, tus sentimientos, valores, formas de reaccionar ante diversas situaciones, etc. Genera tus propias preguntas. 
  • Aprende a observar tus reacciones emocionales y tu conducta. Analiza tu comportamiento, sus causas y sus efectos. Esta es una condición necesaria para iniciar todo proceso de cambio personal.
  • Establece tus objetivos y planes de vida y carrera. Este es el camino directo hacia la autonomía personal; no esperes a que otros siempre decidan por ti.
  • Analiza las situaciones donde logras consecuencias gratificantes debido a tu conducta. Seguramente encontrarás que son aquellas donde hay congruencia entre dicha conducta y un conjunto de valores personales y sociales positivos. Fortalece dichos comportamientos y propicia las situaciones que los permiten.
  • Conviértete en un espectador o lector crítico de los medios de comunicación masiva. Cuando leas, veas la televisión, revises las redes sociales, piensa siempre qué “dicen” en realidad los mensajes que se transmiten, a quién o quiénes beneficia que los asimiles.
  • Aprende a escuchar y a observar a los demás. Las personas con quienes interactúas cotidianamente te están dando información acerca de ti mismo y a la vez te ofrecen modelos de conducta positivos y negativos. 

Identificación de Valores Personales

El código personal de valores

Todos desarrollamos un código o sistema ético personal, el cual rige en gran medida nuestras creencias, actitudes, expectativas, formas de reaccionar ante los problemas, etc. Mientras más congruentes sean nuestros valores con nuestros actos, dicho código personal es más coherente y consistente.
  



¿Cómo clarificar mis valores?

Se puede realizar una clarificación de nuestros valores, si realizamos un proceso de reflexión sobre ellos, a fin de tomar conciencia y ser responsables de aquello que pensamos, juzgamos, aceptamos o rechazamos.

La clarificación puede darse por fases:
Selección. Primero identifica qué valor está en juego, elegirlo libremente observando las alternativas existentes y considerando las consecuencias que puede traernos a nosotros y a los demás optar por una u otra de las alternativas posibles. a) Hay que pensar no sólo en consecuencias utilitarias, sino también en aspectos de carácter más espiritual o de conciencia, que nos hacen “sentir bien” porque actuamos congruentemente, incluso en perjuicio de algunos intereses, deseos o afectos personales. b) El “sentirse mal” después de una acción refleja alguna inconsistencia en el juicio previo, o revela conflictos de valores no superados.
Estimación. Considera si en realidad apreciamos la selección que hemos hecho, si nos sentimos cómodos con ella y si estamos dispuestos a afirmarla en público.
Actuación. Comportarse en forma congruente con la selección que se ha hecho y aplicarla habitualmente. a) Nuestro comportamiento da evidencia del valor que seleccionamos y estimamos en nosotros mismos. Nuestros actos son la congruencia de lo que pensamos y sentimos. 

¿Cómo puedo cambiar mis valores y actitudes personales?

Se ha mencionado que los valores suelen ser muy estables y que las actitudes son inclinaciones permanentes que llevan a reaccionar de determinada manera frente a ciertas situaciones. Por lo tanto, su modificación no es fácil, ya que están muy arraigadas en las personas. No obstante, existe el cambio de actitud y promover valores más positivos, a partir de la reflexión, la emoción y la acción.

Un proceso de cambio puede ser promovido conscientemente en el seno de la familia, en la escuela, a través de campañas publicitarias, etc., pero también puede (y debería idealmente) ser promovido por la propia persona, conociéndose a sí misma y cuestionando sus propios valores.

Aproximaciones para un cambio de actitud y valores, sería lo siguiente:
  • Aprender a clarificar los propios valores.
  • Participar en forma activa y sentirnos realmente comprometidos.
  • Comprender a los demás, ser empáticos.
  • Realizar algo por gusto, no “a la fuerza”.
  • Experimentar la libertad con obligación, sentirnos autónomos.
  • Estar bien informados.
  • Analizar y resolver dilemas y conflictos de valores.
  • Involucrarse en tomar decisiones, experimentando vivencias.
  • Trabajar en colaboración y aprender de los demás.
  • Aprender de los errores y estar dispuestos al cambio.
  • Tener influencia de modelos positivos y congruentes.





Adquisición de Valores e Influencia Social


El desarrollo de valores y actitudes

El aprendizaje de los valores y de las actitudes es un proceso lento y gradual, en el que influyen distintos factores y agentes. Aunque son decisivos los rasgos de personalidad y el carácter de cada quien también desempeñan un papel muy importante las experiencias personales previas, el medio donde crecemos, las actitudes que nos transmiten otras personas significativas, la información y las vivencias escolares, los medios masivos de comunicación, etc.

Los valores se aprenden a lo largo de la vida, pero no de manera simplemente receptiva, sino que se van construyendo y se ven influidos por el entorno social. También están determinados por la capacidad intelectual de razonamiento que una persona posee en un momento dado de su vida. La formación de valores en niños y adolescentes va ligada estrechamente al desarrollo de su conducta moral.


Tanto Émile Durkheim (sociólogo, 1858-1917) como Jean Piaget (psicólogo, 1896-1980) distinguen la moral autónoma de la moral heterónoma. La primera que aparece en el desarrollo del individuo, durante la infancia, es la moral heterónoma (que consiste en hacer lo que un poder o ley extraña han determinado como adecuado o no). En este tipo de moral los niños se sienten obligados a cumplir las normas morales porque así lo determina una autoridad superior. Los individuos no hacen una elección libre, conciente o responsable, no juzgan las normas morales por el valor que contienen en sí mismas, sino en función de la jerarquía o autoridad de quien las impone.

Desde esta posición se va pasando poco a poco a una moral autónoma; el ahora adolescente empieza a ser capaz de juzgar las normas morales en función de la bondad o maldad y de la intención de los actos, independientemente de quién las dice. Es el momento en que surgen las ideas igualitarias, que se van convirtiendo en apoyos para la noción de equidad y justicia, y se reconocen valores comunes a toda la comunidad humana.

Saberse parte de una colectividad lleva a comprender que cada uno debe afrontar una parte proporcional de las cargas. Cada uno tiene que calibrar cuál es su parte en cualquier tarea que interesa a los demás. Es decir, al que es recto le sale espontáneamente impedir que otro haga la parte que le corresponde.

La rectitud lleva a emprender muchas tareas en beneficio de los demás. Hay que conocer los propios límites, pero también hay que vivir la tensión de que la realidad acerque a que las cosas sean como deben ser.

No hay edades fijas en las que podamos predecir con certeza que una persona pasa de una moral heterónoma a una moral autónoma. De hecho, hay individuos que nunca desarrollan la autonomía moral y otros que lo hacen relativamente pronto. ¿Por qué sucede así? Debido a características de personalidad y al peso de la influencia social en el desarrollo moral de los individuos.

La moralidad sólo se desarrolla en el intercambio de unos individuos y otros en el grupo de los iguales. Las relaciones cooperativas entre iguales, que están basadas en el respeto mutuo y la reciprocidad, son las que llevan a que el sujeto pueda llegar a razonar moralmente.


La influencia social en los valores personales

Los valores no son predisposiciones innatas y no vienen programados en ninguno de nuestros genes; hay que descubrirlos, formarlos, construirlos, podemos modificarlos.

Existe la influencia que ejercen los otros en el desarrollo de nuestras actitudes y valores. Pero, ¿quiénes son los otros? ¿Por qué es importante la influencia social? Se pueden enumerar una larga lista de esos otros que se reconocen fácilmente: los padres y hermanos (la familia directa), amigos, novio(a), las personas que se admiran (“ídolos” personales), profesores, etc. Todos ellos son agentes socializadores, pues de ellos se aprenden los códigos y costumbres que ayudan a ubicarnos como un miembro más de un grupo social. Pero también existen otros agentes socializadores, tal vez más abstractos y escurridizos, que influyen en los valores y no siempre se reconocen. Es decir, los medios de comunicación y, hoy día, las redes sociales y medios digitales.

Estos agentes socializadores llegan a ser otro significativo que puede influir decisivamente para promover valores y actitudes positivas en las personas (jóvenes, adultos).


En este sentido, resulta valioso que se clarifiquen nuestros valores personales como los valores que recibimos de los demás, y que tengamos la capacidad de juzgar si son o no positivos, qué consecuencias tienen en nuestras vidas y cómo nos afectan en nuestra relación con los demás. 


Jerarquía y Escala de Valores

Jerarquía de valores.

En la vida diaria es común enfrentarnos a disyuntivas que ponen en juego los principios éticos. Ya sea que ejerzamos una libertad relacionada con fines personales o tengamos que responder exigencias de la vida pública, constantemente estamos ejerciendo nuestro juicio frente a situaciones que no nos dejan indiferentes.

Los procesos de maduración y sociabilización conducen a que en muchos casos la respuesta sea casi instintiva: las convenciones sociales o el poder de coerción de una norma hacen que reaccionemos con un alto grado de automatismo. Sin embargo, en ocasiones el dilema es complejo y exige respuestas más ponderadas, que ponen en juego valores distintos y en ocasiones encontrados.

  
La bipolaridad, se refiere a que frente a cada valor vamos a encontrar un antivalor (bondad-maldad, por ejemplo), o tendremos que escoger entre valores que en un momento determinado resultan más valiosos que otros.

¿Cómo, entonces, discriminar en sentido positivo para lograr soluciones posconvencionales, en donde las decisiones se hagan con base en principios y no en “concertaciones morales”?

Existen al menos cuatro criterios que ayudan a determinar la dignidad y jerarquía entre los valores.
  1. Duración.
  2. Divisibilidad.
  3. Fundamentación.
  4. Profundidad de la satisfacción.

 En la medida en que un valor persiste durante más tiempo, es mejor que otro transitorio. Sin un valor incluye al otro, es más importante. Si humaniza, si tiene más bases sobre las cuales apoyar su importancia, es más sólido. Si el efecto genera más satisfacciones, ataca la raíz de los problemas y es más permanente, resulta mejor que otro que no reúne estas características.

Los valores cubren tres dimensiones fundamentales del ser humano:
  1. De supervivencia. Tienen que ver con las motivaciones primarias de carácter biológico (de alimentación, reproducción, conservación de la especie).
  2. Cultural. Incluye la vida en sociedad, la convivencia con los otros, la producción humana. Expresa la conciencia del deber ser, la percepción de la belleza, la armonía, el conocimiento, etc.
  3. Trascendental. Busca el entendimiento íntimo, personal; comprender el sentido de la vida, trascender la realidad o existencia física.




Escala de valores.

La escala refleja el surgimiento de los valores a partir de una necesidad física, vital, ligada a la dimensión de la supervivencia, que entra a un plano superior cuando el ser humano comienza a fabricar utensilios y herramientas, a crear cultura. Aquí aparecen los valores instrumentales, como la técnica y las habilidades utilitarias.

Una mejor satisfacción de las necesidades básicas permite apreciar la forma, armonía y belleza existentes en el entorno y facilita el surgimiento de los valores estéticos, (apreciación artística, musical, etc.). Asimismo, al tener tiempo para pensar se desarrolla el intelecto. Buscamos a partir de una percepción de la realidad desenmarañar la estructura de las cosas, conocer y comprender su esencia, sus causas y consecuencias. Surgen así los valores intelectuales, ligados al conocimiento, que posibilitan el paso a la comprensión del ser humano como un individuo en relación con los demás, ante los cuales tiene obligaciones y puede exigir derechos. Afloran entonces los conceptos éticos, aunados a un deber ser (honestidad, integridad, solidaridad internacional, etc.).

Finalmente, todos estos cuestionamientos conducen a preguntarse sobre lo metafísico, lo que está más allá de la existencia física; a buscar una comprensión global del universo, a dar una explicación última del sentido de la existencia y de todas las cosas. Llegamos a la dimensión trascendental, donde encontramos elementos filosóficos y teológicos.

Al informarnos un poco y conocer otro tanto, apoyados por los demás, vamos entendiéndonos. Esto facilita la comprensión de los dilemas éticos o morales (según se refieran a lo social o a lo individual) y podemos mejorar nuestro sistema de relaciones. Así tendremos un modo de vida más justo y solidario. 



Ser Padres Gestálticos: Aprendiendo en el camino

Ser padre o madre, es como la Gestalt: totalmente vivencial. Todo lo que yo haya leído o me hayan contado alguna vez sobre la maternidad, no alcanza para hacerme una idea real de cómo es ser madre. Yo lo viví como una gran crisis que cambió toda mi vida, (para mejor).

De hecho, ser madre de mi único hijo, Enzo, (4 años de edad), activó “algo” en mí, una nueva versión del mundo, que tiene que ver con la trascendencia, con ser una mejor persona y un buen referente para mi hijo. Maduré de pronto, me pregunté qué quería en la vida, me di cuenta de todo el tiempo que había perdido viviendo por vivir. De repente supe que el camino que había elegido era el que yo quería seguir, y sentí mucha fuerza para caminarlo firmemente. Desperté. Mi hijo me dio esa fuerza y esa seguridad para avanzar como paso firme. Le dio sentido a mi vida. Se me activó la parte profesional, me volví muy productiva y trabajadora. Y es que yo quería ser “alguien” para mi hijo.

La tarea de ser mamá, no ha sido nada fácil. Ha sido la tarea más difícil que me ha tocado desempeñar y hay escritos míos que evidencian esta angustia y desesperación. Sobre todo, en la etapa de los 2 años de edad, que me fue muy difícil de manejar, porque no entendía a mi hijo.

Sentí la necesidad de escribirle muchas veces para que él pudiera leer esos escritos cuando sea grande, y supiera las cosas que había, como una ayuda memoria de su vida.

Aquí algunos ejemplos:
Querido Enzo: tienes 2 años y medio y pareces un adolescente rebelde que quiere lograr su autonomía. A veces eres dócil y obediente, otras, desafiante, autosuficiente, crees que puedes hacer las cosas solo, y no me dejas ayudarte. No sé cómo tratarte”.

Ya te saqué los pañales, aprendiste en una semana, pero a veces creo que controlas con el tema de la orina. Te veo retorciéndote y aguantándote y te pregunto si quieres ir al baño y me dices que “No”. ¡Para mí, es evidente que “Sí”! te digo que vayamos, que yo también quiero orinar. Te digo que tú primero y me dices que “No”. Me siento yo, y comienzas a gritar como un loco “sal que yo quiero hacer…”, te digo que ya no puedo pararme, que estoy a mitad de proceso, y te haces pipí frente a mí en los pantalones. ¿Dime si no es para desquiciar a cualquiera?

“A veces las cosas son muy difíciles contigo. Esa ambivalencia que tienes de primero decir no, después sí, después otra vez no, ¡me desespera! Es como leí en un libro que me prestó tu profesora del nido, como un “síndrome pre-menstrual permanente”…¡eso sí lo entiendo bien!, y viendo las cosas de esa manera, ahora te tengo un poco más de paciencia…

Debo confesar que hasta que llegué a ésta etapa, había sido tolerante con el mundo, tenía mucha paciencia, pero mi hijo me sobrepasó. Rompía mi armonía a cada momento, y yo tuve que trabajar conmigo misma para que la situación pudiera ser llevadera…y felizmente, lo logramos. La etapa pasó y vinieron otras, donde la comunicación con mi hijo es mucho mejor y más divertida.

Y así como vivo dificultades, también vivo cosas lindas y graciosas como:
Querido Enzo: el otro día me hiciste reír mucho. Te terminaste de lavar los dientes y refregaste el cepillo en el jabón diciendo: “para no hablar palabras feas”… y lo más gracioso de todo, es que después te lo metiste a la boca!

Regresé de la peluquería, y nadie había notado algún cambio en mí, excepto yo. Me miraste deslumbrado y me dijiste: “Mamita, ¿Dónde te has ido? ¿Por qué estás tan bonita?” Fue un momento sublime para mí. ¡Te diste cuenta, te abracé y te llené de besos!”.

El otro día me dijiste: “Mamá, soy el niño más afortunado del mundo, porque cuántos niños quisieran que tú seas su manita, y yo tuve suerte de que tú fueras mi mamá”.
Mamá, yo te amo y te adoro del tamaño del lago Titicaca”.

Bueno, y luego de transcribir una pequeña muestra de mis escritos, quisiera compartir algunas reflexiones sobre lo que significa para mí ser gestáltica y madre al mismo tiempo.


1.- Ser terapeuta gestáltica no me inmuniza de cometer errores.

He aprendido en la práctica que soy un ser humano, que aprendo día a día a ser mamá, y que los conocimientos de terapia que puede tener, a veces me sirven y a veces no me dan resultado, sobre todo en los momentos de crisis o estrés, que me olvido de todo lo que aprendí y actúo tal cual lo hicieron conmigo. Es algo que he observado repentinamente: en tiempos de tranquilidad y armonía, la Gestalt y todo lo aprendido, puede aplicarse perfectamente, pero cuando hay crisis, emergencias, caos, estrés, mi árbol (genealógico) se impone, y cometo errores.

Soy consciente también que por más bien que crea que le estoy haciendo a mi hijo, lo voy a herir en algo, ya sea voluntaria o involuntariamente. Que la madre perfecta no existe, y si existe, tal vez esa “perfección” sea la principal causante de las heridas del hijo.


2.- Los límites: acto de malabarismo.

Ser una madre gestáltica hace que constantemente esté buscando el equilibrio entre ponerle límites a mi hijo y dejarlo ser. Entre estimularle la imaginación, el teatro, el juego, la creatividad y el restringirle los excesos de energía que rebasan los límites de lo permitido. Es darle permiso para que exprese su rabia, pero hasta cierto punto…sin pasarse de la raya.

Siempre tuve la loca idea de que cuando sea madre, iba a ser muy amorosa y que le pondría los límites a mi hijo con mucho amor y armonía, pero en la práctica, me di cuenta de que eso no me funcionaba con mi hijo, porque no me obedecía. Le daba muchas explicaciones de por qué tenía que hacer esto o aquello, y nada, no me obedecía, y muy por el contrario, si hacía caso a las personas que lo hacían más firmemente, y a veces con brusquedad. Y es que jamás me imaginé que tendría un hijo tan independiente, rebelde y combativo…

Algo que me ha funcionado muy bien, para que obedezca, es el juego. Hacer las cosas jugando o bien hacer un espacio de juego con él, donde yo no proponga nada, sino que me abandono a sus reglas, donde él disfruta, se ríe a carcajadas, lo pasa bien, está satisfecho con ese tiempo de juego que necesita con su mamá y en el momento en que vienen las obligaciones, la cosa es más llevadera, no tiene tanto problema en obedecer, lavarse los dientes, o cambiarse.


3.- Mi hijo, mi maestro.

Mi hijo para mí, es un pequeño maestrito que me recuerda diariamente qué es lo sano, y cuan neurótica puedo ser como adulta por darle mayor importancia, a veces, a los parámetros que exige la sociedad para la crianza de los niños.

Ejemplo de ello, es la alimentación. Cuando el chico está lleno, dice “ya no quiero”, me llené. Pero los introyectos sociales tipo “una buena madre tiene que alimentar bien a su hijo”, hace que no respete su proceso y le lance un “tienes que comer”… o tenga que negociarle “esto comes, y esto dejas” o “cómete la carne”…”, etc. ¿Por qué simplemente si ya no quiere comer, no come?

Me doy cuenta en mi hijo, de lo que es un ser espontáneo, puro. Lo observo maravillada cómo se asombra, cómo disfruta de la música, cómo baila sin la menor vergüenza, como se ríe a carcajadas, con todas sus ganas, cómo llora desconsoladamente, y como se recupera con un abrazo y un beso de su papá o mamá…pienso que los adultos tenemos mucho que aprender de los niños! Ahí es cuando veo en vivo “el ciclo de la experiencia” de forma sana, sin interrupciones de ningún tipo. Él está en contacto con su organismo, sabe lo que necesita, lo pide, si no lo consigue se enoja, expresa abiertamente su rabia, si quiere ir al baño, tiene que ir en ese momento y no puede esperar… ¡Es tan sencillo y difícil al mismo tiempo!


4.- La importancia de la “congruencia”.

He observado en la práctica, cómo le enseño a mi hijo con el ejemplo. Si yo grito como histérica, él también grita.  Si yo le doy manotazo, él me contesta el golpe con otro.

El hará lo que yo haga, le diga lo que le diga. Si no quiero que grite, yo no puedo gritar. Si no quiero que coma en la habitación, nadie en la casa lo puede hacer tampoco. Esa congruencia entre lo que se dice y lo que se hace es importantísima, y me recuerda a la importancia que se le da al lenguaje no verbal en Gestalt. Lo que le queda a él como aprendizaje es lo que vivencia y percibe a través de sus sentidos.


5.- La bendita culpa.

Algo que me imagino le habrá pasado a los padres y terapeutas gestálticos, es tener que dejar los hijos a cargo de otros, como familiares, mientras nosotros hacemos maratones de fines de semana.

Es a veces pasar varios fines de semana sin estar con mi hijo, y a veces dudo si estoy haciendo lo correcto, pues mi hijo no volverá a ser pequeño, y pienso que él debería ser la prioridad en mi vida. Pero también me gusta hacer terapia y disfruto mucho de mi trabajo. La culpa por dejarlo ha sido un tema que algunas veces me sigue persiguiendo, así sepa que él está perfectamente bien cuidado en casa de familiares. Coincide que a veces se enferma cuando lo dejo encargado, y esas “coincidencias”, para mí no son casualidades sino mensajes.

He aprendido a equilibrar todo y a no cometer excesos. Si tengo un taller de fin de semana, el lunes, compenso y la paso con mi hijo como sea. Si puedo faltar al taller, encontrando un reemplazo, lo hago para pasar el fin de semana con mi hijo. Si el taller es de sumo interés para mí, me organizo y lo dejo al cargo de familiares. Voy compensando mis ausencias con calidad de tiempo, haciendo cosas que no se olviden, como llevarlo al teatro, ir a un bonito parque, ir a darle de comer a las palomas, que monte caballo, etc.

Y así, aprendiendo de mis errores y aciertos, se me han ido pasando los años muy rápidamente, y mirando hacia atrás, veo que no le he hecho tan mal, que tengo un hijo precioso y vivaz, que es una bendición de Dios.


6.- El cambio generacional.

De hecho, estamos en otra época, antes los hijos obedecíamos y punto. Ahora, los niños son diferentes, son más estimulados, más informados, más rebeldes, y nosotros, como padres, con nuestra propia experiencia de crianza, hemos quedado totalmente obsoletos en la forma de educar.

El paradigma cambió y estamos en un limbo de no saber qué hacer. Lo veo en mis colegas, en mis pacientes, en mis amigas, ¡que no saben qué hacer sobre todo con sus hijos adolescentes! No saben qué hacer con la temprana curiosidad e iniciación sexual. He oído repetir una y otra vez: “a su edad yo jugaba con muñecas…”, no saben qué hacer con los problemas generados por el uso y abuso de internet, etc.
Como padres, nos queda ajustarnos creativamente a la nueva realidad social de nuestros hijos, a tener la plena conciencia de que el mundo que les ha tocado vivir, es diferente al nuestro, el de ellos cambia vertiginosamente año a año con una rapidez que nosotros hemos vivido recién en décadas. Tenemos que aprender juntos, padres e hijos a sobrevivir en estos tiempos e ir forjando un nuevo tipo de educación, más humanista, donde exista mucho más comunicación y aceptación de ambas partes.

He aquí nuestra responsabilidad como gestálticos, de hacer un trabajo de hormiga, primero con nosotros mismos, para transmitirlo luego a nuestros hijos, a otros padres, a otros profesionales y al resto del mundo.
-Perú-

Fuente: “Ser padres gestálticos”. Por: Ana Cecilia Sáenz Avalos. P. 19 – 24.


lunes, 18 de enero de 2016

Indicadores para la búsqueda de alternativas y Situaciones modificables


La posibilidad de elegir entre diversas alternativas, constituye la segunda área en la que se puede encontrar el sentido. Siempre está uno escogiendo entre varias, aunque esto no sea de manera consciente. Una situación en la que no se vislumbran alternativas, en donde se siente uno atrapado, parecerá carente de significado. Pero en cuanto se descubre que sí hay alternativas, deja uno de sentirse víctima indefensa de las circunstancias y está en capacidad de hallar el sentido.

Es necesario distinguir entre situaciones que uno puede cambiar y aquellas que no y que deben ser aceptadas. Como una regla práctica, si a usted no le gusta una situación que puede modificarse, “el sentido del momento”  es cambiarla. Aun en una situación que no puede ser cambiada, puede usted tomar si actitud hacia ella. Aldous Huxley pregonaba que “la facultad de escoger es siempre nuestra”. Esto es cierto también en cuanto a la elección de nuestra actitud.

 No es siempre fácil distinguir entre lo que puede y no puede cambiarse. La naturaleza fatal de una situación que deriva de la muerte, o de una enfermedad incurable, del divorcio o de la jubilación, es obvia. ¿Puede modificarse una situación de tipo familiar o de trabajo, o tiene uno que aceptarla? A veces un diálogo socrático ayuda a encontrar respuesta a circunstancias como ésas.

El logoterapeuta japonés, doctor Hiroshi Takashima, distingue enfermedades y situaciones que pueden resolverse de aquellas con las que se tiene que aprender a convivir. Una postura manejable es como una serpiente venenosa que está encerrada junto a usted en una jaula. El sentido se encuentra en el acto de matar a la serpiente. Una situación de la que no se puede uno librar, es como estar encerrado con un buey sano y robusto. El sentido se encuentra en que hay que aprender a convivir con él.


Situaciones modificables.

Actualmente, en nuestra opulenta y permisiva sociedad existen más alternativas de las que estaban al alcance de cualquier generación anterior. Puede uno escoger su especialidad en la Universidad, su carrera, su pareja, su estilo de vida. Simultáneamente, el sentido cambia durante el trascurso de la vida. Lo que parecía tener sentido a los 18 años, puede no tenerlo a los 40 ó 45. Persistir en una situación a la que ya no se le encuentra sentido, puede determinar frustración, neurosis, depresión, alguna enfermedad psicosomática, una adicción o tendencias suicidas y en muchas de esas situaciones continuará habiendo oportunidades de cambio.

El primer paso hacia la salud mental, es estar consciente de que se tienen alternativas. El segundo es determinar cuál es la que tiene más sentido para el individuo en esa etapa específica de su vida.

La manera más directa de adquirir conciencia de que hay alternativas para una persona, es que confeccione una lista de sus opciones; a partir de ella puede seleccionar cuál es la que tiene más sentido para ella.

El individuo empieza por descubrir, en una o dos frases, dónde se siente “entrampado”. Luego formula una lista con las posibles soluciones a su problema. Incluirá también aquellas opciones que a primera vista parezcan poco prácticas, y aun las que juzgue ridículas. Posteriormente, enlistará las consecuencias positivas y negativas de cada alternativa, así como sus ventajas y desventajas. La lista le demostrará que no está atrapado y el humor por lo ridículo de algunas opciones planteadas puede tener valor terapéutico.




Fuente: J. B. Fabry, ‘Señales del camino hacia el sentido’.