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miércoles, 17 de septiembre de 2014

El sentido de la separación

El sentido de la separación

En la actualidad, los problemas de pareja se presentan con una frecuencia cada vez mayor. El amor que en el mejor de los casos motivó a la pareja a compartirse juntos, se va diluyendo entre la multitud de cosas que atender, entre la infinidad de metas que cumplir, entre todos los aspectos que empiezan a tener prioridad antes que la pareja, que en ese momento, después de la boda, ya se considera segura.

Y de esta manera vamos perdiéndonos de ese camino que originalmente se trazó con el propósito común de “estar juntos”, de construir una familia, de echar a volar los sueños personales que parecían poderse cristalizar al lado del otro.

A esto no se puede dejar de sumar los estragos que la cotidianidad empieza a hacer en la relación, los desencantos que se aparecen como piedras en el camino al cielo, y las “realidades” que se presentan como partes indeseables del paisaje que no teníamos contempladas en nuestros planes.

El asunto es que, poco a poco, en una u otra medida, la tendencia generalizada es que vamos perdiendo el encanto en la relación, y pocas veces encontramos las formas de recuperar el sentido de estar ahí. Para cada vez más personas, la solución de la separación aparece como una puerta de salida ante la infelicidad, que llega a vivir a la casa sin ser invitada. Para otros, el panorama de afuera parece ser más aterrador, por lo que deciden permanecer adentro pese al costo que esto tenga. Para los menos, emprenden la búsqueda férrea de encontrar nuevas formas llegar a la ciudad perdida, sabiendo que en la travesía encontrarán muchos obstáculos que vencer, mucho retos que sortear, y que la condición indispensable para poderlo lograr, es que el viaje lo emprendan juntos, con amor, valor y arrojo, sostenidos en el corcel de su propio crecimiento personal. De otra manera el acceso a ese lugar es imposible.

De una u otra manera, las relaciones empiezan a entrar en crisis, algunas de ellas terminan en separación y otras se convierten en un via crusis interminable del cual las personas no saben cómo o no quieren salir.

Todos estos conflictos afectan a todos y cada de los miembros de la familia, no sólo a los cónyugues. Todos van en el mismo barco, y si el barco se hunde, todos se mojan.

Es cierto que no hay nadie que conscientemente busque estas situaciones de dolor para sí mismo o para los que ama; muchos otros, son “empujados” a este lugar sin su consentimiento. Sin embargo de una u otra manera son cada vez más las parejas que llegan ahí, en el mejor de los casos, buscando una mejor situación de vida cuando la que tenían ya parecía insostenible.

Es en este momento cuando la “nada” aparece en escena. ¿Y ahora qué?, ¿Qué viene después de esto?, ¿Qué sigue en mi vida cuando todo ya estaba escrito?. Empiezan a surgir las preguntas más difíciles de responder, las que más duelen en el alma porque no estaban incluidas en nuestra historia. Es cuando se hace imprescindible el desarrollo de recursos que nos sostengan para no caer. Esas partes que no habíamos cultivado o que habíamos guardado en el cajón porque “no se habían hecho necesarias”. El valor, la fortaleza, el amor, el autorespeto, la autoconfianza, la fe en uno mismo y en la vida, etc. Ahora, ante el nuevo panorama, las tenemos que desempolvar o desarrollar.

El dolor que se vive ante el duelo de una separación (principalmente cuando es inesperada), es uno de los más fuertes en el ser humano. Tal como decía Victor Frankl “El sentido ante el dolor no puede apreciarse mientras se vive”.

Sin embargo esto no significa que una experiencia así, como una experiencia importante en la vida, no tenga un sentido profundo. Indudablemente el proceso de duelo conlleva una gran cantidad de cosas que aprender y a partir de las cuales crecer. Es una importante oportunidad de aprender a valorar aspectos relevantes de la vida que tal vez anteriormente a esto no eran apreciados. Las adversidades de una separación, desde las emocionales hasta las económicas; ofrecen el terreno propicio para desarrollar virtudes como la solidaridad, la responsabilidad, la empatía, el apoyo, la tolerancia, etc. en el sentido interpersonal; y la autoconfianza, el autoconocimiento, el autorespeto, el automanejo, la autoestima, etc., en el sentido personal. Es decir, nos da la posibilidad de desarrollar las diferentes caras del amor, hacia adentro y a hacia afuera de nosotros mismos.

Por supuesto el camino no es fácil, pero cuando es necesario, vale la pena transitarlo como un viaje en sentido a algo mejor, apuntando la mirada a ese destino, sin dejarse asustar y vencer por los contratiempos del camino. En todo caso, la experiencia que acabamos de vivir es una oportunidad que nos da la vida para ser mejores, aunque a veces sus formas no nos gusten. Lo importante es situarnos en el presente, no volteando atrás más de lo necesario para aprender y no convertirnos en estatuas de sal, sino más bien enfocándonos en la planeación de la reconstrucción. Todos queremos algo hermoso para nosotros y para los que amamos, y si no lo estamos pensando, debemos hacerlo, porque de otra manera algo o alguien más tomarán nuestro timón, y en ese sentido no podremos a quejarnos de llegar a donde no queríamos. La tormenta pasará, mientras estemos bajo la lluvia solo basta cuidarnos lo necesario para estar lo mejor posible y después podremos tomar nuevamente el sol.








miércoles, 7 de mayo de 2014

Las nuevas situaciones familiares


Hemos ya comentado algunas de las situaciones de “riesgo” que pueden poner en peligro la vinculación afectiva adecuada entre padres e hijos. A ello tenemos que unir las actuales circunstancias sociales y, en concreto, las nuevas realidades familiares. En los últimos años, la familia tradicional ha ido dejando paso a nuevas formas de familia, cada una de ellas con sus peculiaridades, pero con un rasgo en común: la necesidad de fortalecer el trabajo de vinculación con los hijos ya que, para ellos, en algunos casos, las nuevas formas pueden suponer un desajuste emocional. 
 En concreto exponemos tres situaciones que pueden cursar con una necesidad primero de entender y luego de trabajar la vinculación con los hijos.

a) Los hijos adoptados.
En España, los procesos de adopción se han incrementado exponencialmente. Sólo el 10% aproximadamente son de niños nacidos en España. El resto provienen de países extranjeros, principalmente Rusia y China.
Estos niños tienen la fortuna de ser recibidos por familias acogedoras con una alta motivación por tener hijos y que suelen disponer de los recursos afectivos y económicos para atenderlos. De lo que, frecuentemente, no disponen los padres adoptivos es información concreta acerca de los síntomas y comportamientos que son habituales en estos niños y la forma de ayudarlos.
Cada niño llega con su propia historia y vivencias personales. Según la edad de adopción, puede haber pasado por diversas instituciones, familias de acogida, etc. Todo ello suele suponer a edades tempranas la imposibilidad de establecer una vinculación adecuada.
A pesar de que los padres adoptivos empezarán a cubrir esas necesidades, las consecuencias de un apego o vinculación no establecida en su momento, se manifestarán mediante conductas que suelen poner a prueba constantemente el amor de sus padres y los lazos que tienen en común. Lo más paradójico es que lo hacen mediante un proceso sutil de exigencias, manipulaciones, mentiras e, incluso, utilizando comportamientos agresivos y violentos hacia las personas que quieren. También, a veces, contra ellos mismos. Estas conductas son resistentes a cambiar y los procedimientos tradicionales (refuerzo, castigo, etc.) no acaban de funcionar dado que su origen es básicamente de tipo emocional. Por tanto, su tratamiento requiere también reforzar los lazos afectivos y la vinculación.

b) Hijos ante la separación de los padres
Es otra de las situaciones habituales hoy en día y que supone un factor de riesgo importante para la autoestima e integridad emocional de nuestros hijos. Aunque, en algunos casos, la separación pueda estar justificada por el deterioramiento general de las relaciones de la pareja y como mal menor, lo cierto es que siempre hay un impacto emocional en los pequeños.
Cuando es posible, lo ideal es que ambos padres compartan estrategias comunes respecto a la educación de los hijos y mantengan una relación tranquila y amistosa. El mensaje que deben recibir los hijos es que ambas figuras de vinculación comparten unos mismos principios y que van a seguir a su lado afectivamente independientemente que ahora vivan separados, tengan sus diferencias y estén sujetos al convenio de separación que hayan alcanzado legalmente. Para alcanzar estos objetivos es esencial dar la imagen de unidad en las cuestiones fundamentales que atañen a los hijos.
También se hace necesario evitar los errores comunes que algunos padres cometen tras la separación. Entre otros:
-Utilizar al hijo como aliado en contra del otro o como herramienta de chantaje.
-Hablar mal del otro o culpabilizarle. Evitar la manipulación emocional.
-Intentar comprar su afecto o compensarle con excesivos premios o regalos materiales lo que puede suponer un agravio hacia la otra persona y una relación que al final se fundamenta más en lo material que en lo afectivo.
-Crear dudas acerca de su futuro o entrar en contradicciones con lo que le manifiesta la otra parte al hijo.
-No engañarlo. Según su edad, el niño tiene derecho a saber cual es la situación y cual su futuro.
-Evitar nuevas discusiones delante de los hijos ya sean presenciales o por teléfono.
-Si el hijo/os están en régimen de compartidos, suavizar la transición de un hogar al otro. Lo ideal sería compartir espacios comunes durante algún tiempo. Por ejemplo, cuando toque el cambio de una casa a la otra, los progenitores separados pueden quedar en un espacio público y compartir brevemente información de las novedades que se han producido en el día a día de los niños. Esto puede dar tranquilidad a los niños en el sentido de que ven que ambas partes comparten el interés por ellos.
Sea como fuere, los hijos de padres separados deben ser ayudados emocionalmente y debemos reforzar el trabajo de vinculación siguiendo las pautas que más adelante se exponen.

c) Familias monoparentales
Este tipo de familias también ha visto incrementado su número en la sociedad actual. Diversas son las circunstancias. Desde parejas separadas en la que la madre se hace cargo en exclusiva de los hijos a mujeres que han decidido ser madres sin una pareja estable por inseminación artificial.
Son familias que también deberán trabajar adecuadamente los procesos de vinculación dado que uno de los progenitores no está presente. Ello puede suponer un reto para, generalmente la madre, dado que tendrá que compaginar el tiempo empleado para generar los ingresos necesarios para subsistir con la dedicación suficiente hacia su hijo o hijos.
Si los espacios que tenemos con nuestro hijo son mínimos sólo podremos compensarle intentando mejorar la calidad de esa relación. Es decir, acompañándolo en sus juegos, escuchándole y haciéndole ver que aunque no estemos todo el tiempo con él, seguimos ahí para cuando nos necesite. Hoy en día podemos aprovechar la telefonía móvil y otras para comunicarnos en la distancia. De todas formas, los tiempos necesarios nos los marcan siempre los niños y sus circunstancias pasadas y presentes. Debemos ser sensibles a sus demandas.
Un error que debemos evitar y que suele darse en este tipo de familias es el de la sobreprotección o excesiva dependencia de una persona. No hay que confundir dar atención afectiva y soporte emocional incondicional con crear una estructura de funcionamiento donde el niño se le impide realizar determinadas actividades por temores irracionales de los adultos (según edad: no realizar determinadas actividades potencialmente “peligrosas” como ir a la piscina con la escuela, no efectuar salidas que no sean con la madre, etc.). Debemos ser capaces de proporcionar seguridad y afecto pero también autonomía.
Finalmente resaltar la importancia que terceras personas pueden asumir en estas familias. Abuelos, tíos, etc., pueden constituirse, según las circunstancias, en figuras importantes de vinculación y, por tanto, estar sujetas a las recomendaciones que a continuación se exponen.