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domingo, 2 de agosto de 2020

Libro: “La inteligencia emocional de los niños”


En el libro La inteligencia emocional de los niños. Una guía para padres y maestros, de Lawrence Shapiro, en el prefacio podemos leer varias razones por las cuales es importante enseñar inteligencia emocional desde la infancia.


Por qué deben enseñarse las capacidades emocionales

Los escépticos se preguntan por qué es necesario enseñar a los niños capacidades relacionadas con las emociones. Preguntan: “¿Acaso las emociones no surgen en ellos de una manera natural?” La respuesta es “no”, ya no.

Muchos científicos creen que nuestras emociones humanas han evolucionado fundamentalmente como un mecanismo de supervivencia. El miedo nos ayuda a protegernos del daño y nos indica que debemos evitar el peligro. La ira nos ayuda a superar barreras para obtener lo que necesitamos. Encontramos alegría y felicidad en la compañía de otros. Al buscar el contacto humano encontramos protección dentro de un grupo así como la oportunidad de encontrar una pareja y asegurar la supervivencia de la especie. La tristeza respecto de la pérdida de una persona importante envía señales para que dicha persona regrese, o una actitud de desamparo puede ayudar a atraer una nueva persona que puede actuar como sustituto de la persona que se ha ido.

Pero mientras que para nuestros ancestros primitivos las emociones se adaptaban a las circunstancias, la vida industrial moderna nos ha enfrentado a desafíos emocionales que la naturaleza no ha anticipado. Por ejemplo, aunque la ira sigue desempeñando una función importante en nuestra estructura emocional, la naturaleza no anticipó que podía ser tan fácilmente provocada en medio de un embotellamiento de tránsito, mirando televisión, o jugando con videojuegos. Sin duda nuestro desarrollo evolutivo no pudo tomar en cuenta la facilidad con la que un niño de diez años podría encontrar un arma y dispararle a un compañero de clase frente a un insulto.

El psiquiatra Michael Norden, residente en Seattle, presenta una argumentación vehemente para que reconozcamos de qué manera los tiempos modernos han perjudicado nuestras emociones y en cierta medida han bloqueado su intento evolutivo. Escribe lo siguiente:

La mayoría de nosotros ya no vive en aldeas de unos pocos cientos de habitantes o menos, tal como lo hacían los hombres de la Edad de Piedra, sino más bien en ciudades atestadas que forman una aldea global de casi seis mil millones de personas. Estas tensiones acumulativas de la vida moderna han desatado una avalancha de depresión, angustia e insomnio. Otros problemas resultan menos obvios, como por ejemplo el sobrepeso y el cáncer. La mayoría (de nosotros) se automedica (para controlar nuestras emociones) usando cualquier cosa entre la cafeína y la cocaína; prácticamente nadie permanece ajeno a esta situación.

Las capacidades emocionales y sociales presentadas en este libro fueron concebidas para ayudarlo a proseguir aquello que la naturaleza ha dejado de hacer con relación a la educación de los niños para que sean más capaces de manejar el estrés emocional de los tiempos modernos. Si una vida agitada y apresurada ha vuelto a sus niños propensos a la irritabilidad y la ira, usted puede enseñarles a reconocer y controlar estos sentimientos. Si el temor al delito o a las mudanzas frecuentes ha alejado a sus hijos de los beneficios de vivir en una comunidad abierta y cohesiva, puede enseñarles las capacidades sociales para hacer y conservar amistades íntimas. Si su hijo se siente perturbado por un divorcio o un nuevo matrimonio, angustiado cuando enfrenta nuevas situaciones, o displicente respecto de sus tareas escolares, puede enseñarle capacidades específicas del CE para ayudarlo a enfrentar y superar estos problemas normales del crecimiento.


 Fuente: Shapiro, L.E. (2016). La inteligencia emocional de los niños. Una guía para padres y maestros. 1a reimp. de 1a ed. Barcelona: Ediciones B. 


lunes, 17 de agosto de 2015

Planteamiento del problema: de cómo la mente puede llegar a ser un estorbo.


El planteamiento del problema (De cómo la mente puede llegar a ser un estorbo).

Los seres humanos vivimos enfrascados en una milenaria disputa interna difícil de resolver. Nos pasamos la mitad del tiempo tratando de maquillar esos incómodos rasgos animales, que casi siempre asoman, y el tiempo restante exhibiendo la supuesta grandiosidad de un cerebro cada vez más evolucionado, protuberante y peligroso. Vivimos enredados entre lo que nos gustaría hacer y lo que deberíamos. Dos sistemas de procesamiento aparentemente irreconciliables pugnan por imponerse: uno es prepotente, directo y emocional; el otro, solapado, astuto y racional. Emoción vs. razón, un dilema sin resolver: la típica representación de la mente cabalgando sobre el potro salvaje de los instintos.

Como resulta obvio para la generación tecnológica, las preferencias están marcadamente inclinadas a favor de la inteligencia artificial. Las incautas emociones son consideradas como un exabrupto de la naturaleza, a veces necesarias, pero sin lugar a dudas retrógradas. Admiramos mucho más a la persona que logra contener sus emociones hasta constiparse, que aquélla que suelta un grito de felicidad en una biblioteca pública porque encontró el poema perdido. Privilegiamos demasiado lo mental, a expensas de lo natural.

Si las emociones son un subproducto arcaico del cerebro, amenazante en potencia y desagradable en esencia, ¿para qué exhibirlas? Además, poder doblegarlas estaría demostrando la supremacía del hombre civilizado sobre la bestia. Desde pequeños nos condicionan a no sentir demasiado, no vaya a ser cosa que nos deshumanicemos, como si lo exclusivamente humano fuera pensar. Nos encantan los niños que no gritan, que duermen mucho, que no lloran, que casi no defecan y que no se mueven mucho. Nos fascinan las personas que parecen plantas. Algunas mamás no crían niños, los riegan.

Las antiguas raíces prehistóricas del hombre siempre han sido un dolor de cabeza para los defensores de la razón, una irritante espina clavada en el "álter ego" de la cultura civilizada, que inexorablemente nos recuerda de dónde venimos. De ahí la importancia atribuida por muchos a saber camuflar y desterrar esos desagradables residuos del pasado animal. En una tertulia a la que fui invitado recientemente, uno de los participantes, defensor acérrimo de la mente, expresó su posición diciendo: "Al menos en este aspecto, parecería que Dios podría haberlo hecho mejor: ¿Qué necesidad tenía de emparentamos con los primates?" Cuando le dije que podíamos aprender muchas cosas interesantes de los chimpancés, no me volvió a hablar en toda la noche. Una típica conducta "humana”.



Tanto la ciencia como las corrientes espirituales, han intentado un programa supresivo emocional indiscriminado, pero sin mucho éxito. El organismo se ha resistido vehemente e inteligentemente a desprenderse de sus programas genéticos, como si dijera: "No insistan, si las emociones están conmigo por algo es". Ni los psicofármacos, ni la tan añorada "sobriedad emocional" oriental, han logrado domesticar significativamente el incontenible arrebato del sistema emocional-afectivo: cuando él considera que debe actuar, lo hace sin miramientos de ningún tipo.

Querer enterrar todas las emociones no sólo es una tarea imposible, sino peligrosa para la salud. Cuando el poderoso super yo comienza a frenar más de la cuenta los impulsos sanos y naturales que pugnan por salir, se produce un desequilibrio mente-cuerpo. En estos casos, el organismo, además de aburrirse como una ostra, desaprovecha recursos energéticos, pierde motivación y decae en su capacidad comunicativa. Las investigaciones psicológicas son claras en demostrar que el desconocimiento de los propios estados emocionales acortan la vida y predisponen a todo tipo de enfermedades. La emoción es la manera en que Dios nos recuerda que estamos vivos. Si logramos integrarla adecuadamente a nuestra vida, lograremos una mayor coherencia entre lo que hacemos, pensamos y sentimos, y un sentido de vida más vital. No estoy sugiriendo que seamos una especie de colon espástico con patas, o un simio juguetón, sino que modulada y saludablemente dejemos que la emoción actúe con nosotros y a través nuestro.

Como no estamos acostumbrados a hacer contacto con nuestras emociones, hemos creado una dislexia emocional, un analfabetismo respecto a su gramática básica.

No sabemos qué hacer con ellas, nos queman y se las pasamos al vecino, al psicólogo o al cura. No somos capaces de discriminar qué emoción es buena, saludable y amable, y cuál no. Queremos eliminarlas a toda costa o al menos reducirlas, que más da si es el Prozac o las esencias florales, lo importante es controlarlas. Pero la biología no puede censurarse por decreto.
La ignorancia emocional se conoce con el nombre de alexitimia, y significa incapacidad de lectura emocional. Como veremos más adelante, las personas bloqueadoras (no lectoras) de emociones son propensas al cáncer y a contraer enfermedades del sistema inmunológico. Nos da miedo acercarnos a las emociones, porque cuando se activan demasiado perdemos el control. Emocionarse intensamente es quedar a la deriva y bajo el auspicio directo del universo. Bucear más allá de la razón y descifrar los antiguos códigos genéticos que aún se mantienen limpios, nos atemoriza. No sabemos mirar tan profundamente, y el no hacerlo, nos despoja de una de las mayores fuentes de sabiduría. Tal como decía Krishnamurti: “En ti se reproduce la historia de toda la humanidad". Solamente basta abrir el libro de la vida y leer en él. Si quieres entender el cosmos, búscalo en tus sentimientos, ahí encontrarás lo que necesitas saber.

Pero la cuestión no es tan sencilla. Nuestro sistema atencional es claramente externalista, estamos más afuera que adentro. La confianza en uno mismo se ha trasladado a los amuletos, los astros, el cambio de gobierno, los ángeles o el destino.

Nos movemos entre las promesas de los astrólogos y las reencarnaciones de un pasado difícil de indagar. Como en el cuento del borrachito, buscamos las llaves donde hay luz, aunque las hayamos perdido en otra parte. Una de mis pacientes, muy motivada por el crecimiento espiritual, antes de salir para su trabajo comenzaba la siguiente secuencia de actividades de "crecimiento interior": caminaba descalza un rato para absorber la energía de la tierra, colocaba un vaso con agua al sol antes de beberlo, meditaba veinte minutos con un mantra asignado por un director de la escuela de Maharishi, luego volvía a meditar otros diez minutos con un sonido cuántico sanador aprendido de otro maestro espiritual, ingería un desayuno ayurvédico, leía el horóscopo y se le entregaba con una oración al ángel de la guarda. Como resulta evidente, al comenzar su jornada laboral ya estaba agotada. Cuando después finalmente logró desligarse de tantos requisitos externos y dejó que la frescura de su propio interior se manifestara libremente, comenzó a vivir su espiritualidad de una manera más tranquila y natural. Centralizó su actividad exclusivamente en la meditación y la autoobservación, y soltó uno a uno los bastones en los cuales se había apoyado innecesariamente. Hacerse cargo de uno mismo, no deja de ser un placer cuasi narcisista saludable. Aunque todas las emociones nos enseñan, no todas son buenas y aceptables.

Hay sentimientos autodestructivos y altamente peligrosos que deben manejarse con cuidado o eliminarlos para siempre. Otros, como los amigos de verdad, nos ayudan en las buenas y en las malas, fortalecen el yo y nos engrandecen. Establecer esta diferenciación es fundamental antes de actuar.


Emociones primarias y secundarias: lo bueno para rescatar y lo malo para suprimir

Las emociones primarias son aquellas con las que nacemos. Son naturales, no aprendidas, cumplen una función adaptativa, son de corta duración y se agotan a sí mismas. Solamente duran lo indispensable para cumplir su misión: dolor, miedo, tristeza, ira y alegría, son algunas de las más importantes. Ellas forman parte de la persona y cumplen un papel vital para que podamos sobrevivir y adaptarnos al mundo. Si se reprimen sistemáticamente y se interrumpen con frecuencia, afectan gravemente la salud física y mental. Hay que Convivir con todas, integrarlas a nuestra vida y aprender de su funcionamiento. La sabiduría natural se expresa a través de ellas.

Las emociones secundarias son aprendidas, mentales, y aunque algunas de ellas, bien administradas, puedan llegar a ser útiles, no parecen cumplir una función biológica adaptativa. Son defensivas o manifestaciones de un problema no resuelto, y casi siempre implican debilitamiento del yo: sufrimiento, ansiedad, depresión, ira y restricción-apego, son algunas de las más significativas. A diferencia de las primarias, no se agotan a sí mismas y pueden permanecer por años o toda la vida. Si las dejamos actuar libremente y no las controlamos o eliminamos, nos enfermamos. Hay que tratar de reducirlas al máximo o quitarlas de nuestra vida y aprender de ellas lo que podamos. Son expresiones de la mente.

Las emociones secundarias pueden considerarse prolongaciones mentales de las emociones primarias. El dolor, la información corporal que nos permite saber cuándo un órgano anda mal, se extendió a supuestos “órganos mentales” y nació el sufrimiento. El miedo, el encargado de protegernos ante el peligro, se trasladó anticipatoriamente y se creó la ansiedad. La tristeza, que permite desactivar el organismo para su posterior recuperación, se generalizó en un sentido autodestructivo en lo que se conoce como depresión psicológica. La ira, la principal fuerza interior para vencer obstáculos, se almacenó en forma de rencor y resentimiento. La alegría, la más poderosa e importante de las emociones, fue duramente restringida o convertida en apego al placer. El aparato mental humano creó una dimensión artificial paralela a la realidad fisiológica, invadió los terrenos de lo natural y se apropió indebidamente de siglos de evolución. Posiblemente ése sea el origen de la enfermedad mental.

La estructura psicológica humana gira alrededor del tiempo. Si observamos por un momento cómo funciona la mente, descubriremos algo sorprendente. Nunca está quieta. Siempre hay una sensación de movimiento interior; una impresión de ir y venir; un desplazamiento de lo que uno “es”, a lo que uno "va a ser". Poseemos el don de transitar a través del tiempo mental como nos dé la gana. Podemos resucitar el pasado más remoto, crear el futuro con siglos de anticipación, congelar los momentos y, lo que es más importante, repetir el viaje cuantas veces queramos. Como un péndulo incapaz de detenerse, la mente humana se balancea incesantemente entre pasado y futuro, postergación y esperanza, culpa y amenaza, nostalgia y desilusión. El aquí y el ahora, la parada donde supuestamente reposa la verdadera tranquilidad, se reduce a una estación de paso para seguir fluctuando. El "llegar a ser", el "yo ideal" y los famosos "debería", son productos de esta extraña habilidad de proyectarse en el tiempo. Tal como reza un proverbio Zen: "La mente insensata no se detiene, si se detiene es iluminación". Hay que tratar de disminuir las fluctuaciones de la mente hasta donde podamos, para estar más atentos al momento presente.




Fuente: De regreso a casa, por Walter Riso.

jueves, 13 de agosto de 2015

El heptálogo de las emociones

El hombre es un ser fundamentalmente emocional. Las neurociencias actuales nos enseñan que el ser humano no ve, siente u oye sino a través de los filtros emocionales de su cerebro. Me gusta como lo expresa O. Wilson (1998): “Sin el estímulo y guía de la emoción el pensamiento racional se enlentece y desintegra. La mente racional no flota por encima de lo irracional; no puede liberarse y ocuparse sólo de la razón pura. Hay teoremas puros en matemáticas pero no pensamientos puros que los descubran”. Sin duda, la emoción sigue embebiendo el cerebro racional del hombre.

La emoción, que en su origen debió de ser escudo protector máximo de la supervivencia biológica, es hoy también lo que mantiene vivo y competitivo al hombre en su relación con los demás. Es más, posiblemente sea uno de los fundamentos más profundos de su ser y estar en el mundo.


El heptálogo de las emociones

1.- Las emociones sirven para defendernos de estímulos nocivos (enemigos) o aproximarnos a estímulos placenteros o recompensantes (agua, comida, juego o sexo)  que mantengan nuestra supervivencia. En este sentido, además, las emociones son motivadoras. Es decir, nos mueven o empujan a conseguir o evitar lo que es beneficioso o dañino para el individuo y la especie.

2.- Las emociones generan que las respuestas del organismo (conducta) ante acontecimientos (enemigos, alimentos) sean polivalentes y flexibles. Son reacciones que ayudan a encontrar, no una respuesta fija ante un determinado estímulo, sino que bajo la reacción general de alerta, el individuo escoge la respuesta más adecuada y útil entre un repertorio posible. Ello se expande enormemente  con la aparición de los sentimientos (la parte consciente de las emociones). Las emociones y los sentimientos, de esta manera, dotan de una versatilidad a la conducta. Y ello, obviamente, es de más utilidad para la supervivencia del individuo y de la especie.

3.- Las emociones sirven a las funciones del punto primero y segundo, “alertando” al individuo como un todo único ante el estímulo específico. Tal reacción emocional incluye activación de múltiples sistemas cerebrales (activación reticular, atencional, mecanismos sensoriales, motores, procesos mentales), endocrinos (activación suprarrenal medular y cortical y otras hormonas), metabólicos (glucosa y ácidos grasos), y en general activación de muchos de los sistemas y aparatos del organismo (cardiovascular, respiratorio, etc., con el aparato locomotor –músculo estriado- como centro de operaciones).

4.- Las emociones mantienen la curiosidad y con ello el descubrimiento de lo nuevo (nuevos alimentos, ocultación de enemigos, etc.). De esta manera ensanchan el marco de seguridad para la supervivencia del individuo.

5.- Las emociones sirven como lenguaje para comunicarse unos individuos con otros (de la misma especie o incluso de especies diferentes). Es una comunicación rápida y efectiva. En el hombre el lenguaje emocional es también un lenguaje básico tanto entre los miembros de una misma familia (padres e hijos) como entre los miembros de una sociedad determinada. Ellos, además, crea los lazos emocionales (familia, amistad) que pueden tener claras consecuencias de éxito, tanto de supervivencia biológica como social.

6.- Las emociones sirven para almacenar y evocar memorias de una manera efectiva (Rolls, 1999). A nadie se le escapa que todo acontecimiento asociado a un episodio emocional (debido a su duración tanto como a su significado) permite un mayor y mejor almacenamiento y evocación de lo sucedido. Ello, de nuevo, tiene claras consecuencias para el éxito biológico y social del individuo.

7.- Las emociones y los sentimientos “pueden jugar un papel importante en el proceso de razonamiento y en la toma de decisiones, especialmente aquellas relacionadas con la persona y su entorno social más inmediato” (Damasio, 1994). Este punto nos invita a pensar que, en el hombre, las emociones siguen siendo uno de los constituyentes o pilares básicos sobre los que descansan casi todas las demás funciones del cerebro. Más que eso, la forma suprema del funcionamiento cerebral, el razonamiento mismo, resulta, como señala Damasio, de la actividad concertada entre la corteza cerebral y la parte más antigua del cerebro: la que genera las emociones.







Fuente: “El cerebro sintiente”, por Francisco Mora. 

jueves, 9 de julio de 2015

Ideas sobre la Importancia del Apego

El apego[1]

La especie humana tiene una larga historia. Ello nos ha hecho evolucionar de una determinada manera, configurando aspectos de nuestras necesidades básicas como seres humanos. El niño nace programado para sobrevivir en determinadas condiciones pero también bajo la necesidad de que sus necesidades básicas sean cubiertas. Estas pueden resumirse en:

  1. Necesidades fisiológicas (alimentación, higiene, sueño, etc...).
  2. Necesidad de protección ante posibles peligros (reales o imaginarios).
  3. Necesidad de explorar su entorno.
  4. Necesidad de jugar.
  5. Necesidad de establecer vínculos afectivos.

Los vínculos afectivos son una necesidad que forma parte del proyecto de desarrollo de un niño recién nacido. Si esta necesidad no es satisfecha, el niño, adolescente, joven o adulto sufrirá de "aislamiento o carencia emocional".

El Apego (o vínculo afectivo) es una relación especial que el niño establece con un número reducido de personas. Es un lazo afectivo que se forma entre él mismo y cada una de estas personas, un lazo que le impulsa a buscar la proximidad y el contacto con ellas a lo largo del tiempo. Es, sin duda, un mecanismo innato por el que el niño busca seguridad. Las conductas de apego se hacen más relevantes en aquellas situaciones que el niño percibe como más amenazantes (enfermedades, caídas, separaciones, peleas con otros niños....). El llorar es uno de los principales mecanismos por el que se produce la llamada o reclamo de la figura de apego. Más adelante, cuando el niño adquiere nuevas capacidades verbales y motoras, no necesita recurrir con tanta frecuencia al lloro. Una adecuada relación con las figuras de apego conlleva sentimientos de seguridad asociados a su proximidad o contacto y su pérdida, real o imaginaria genera angustia.
Los vínculos de apego no sólo van establecerse con los padres o familiares directos sino que pueden producirse con otras personas próximas al niño (educadores, maestros, etc...). 





¿Cómo es posible desaprender una cultura del maltrato y reaprender una cultura del buen trato? 

Se revisan varias clases para abordar el bienestar infantil, que más adelante se transformará en bienestar de los adultos y bienestar psicosocial de toda la comunidad. El punto de partida parece ser el apego. Las experiencias de apego sano crean personas capaces de tratar bien a otros, de conectarse con sus necesidades, de contener y reparar sus sufrimientos. Pero si las experiencias tempranas no han sido de apego sano, es posible repararlas a través de nuevas experiencias de apego, como adultos. Esto es alentador; nos habla de la resiliencia de los seres humanos, de que –gracias a que existen otros seres humanos capaces de contenernos, protegernos y cuidarnos- es posible sobreponerse a experiencias tempranas de carencias y de dolor[2].



¿Qué nos aporta la Teoría de la afectividad de Bowlby?

Bowlby emplea una perspectiva evolutiva que incluye aspectos de la conducta animal y los combina con aspectos de la teoría psicoanalítica para entender la formación de la afectividad humana.
 Define la afectividad como un lazo que se afianza con el tiempo y finalmente llega a formar parte de la estructura psíquica del individuo. La función biológica de la afectividad es la protección.
La separación afectiva de la figura materna se intensifica cuando el niño pequeño está largo tiempo en un ambiente extraño, cuidado por personas extrañas, entonces en el niño aparece protesta, desesperación y separación. La protesta es una conducta enfadada en la que el niño busca a la madre. La fase de desesperación es un dolor agudo en que disminuye la esperanza. La fase de separación sirve como función defensiva (ignorar y alejarse de la madre).


¿Por qué la carencia afectiva supone una amenaza para la afectividad segura y el desarrollo de capacidades?
La carencia afectiva pone en peligro el desarrollo de las relaciones saludables con otros y la formación de lazos sociales.
Si el niño tiene una seguridad, confianza en su cuidador, unas rupturas frecuentes y largas con esta persona pueden identificarse como amenazas.
El idioma, el discurso y la comunicación no verbal son particularmente sensibles a la carencia afectiva. Por ejemplo, niños que no son hablados por sus cuidadores tardan mucho más en hablar.
El discurso de la madre también es portador de emociones y una influencia de la organización de la vida psicológica del niño.



Tipos de Apego

Apego Seguro: hay seguridad puesto que existe el  acceso al objeto de apego. Las personas están libres de miedo y ansiedad, aún cuando su objeto de apego no es visible, sienten confianza que el objeto de hará visibles lo necesitan.
Apego Ansioso-Ambivalente: hay ansiedad, las personas no tienen confianza en el acceso y respuesta en el objeto de apego, puesto que éste, no provee de seguridad derivado de la inconsciencia en la satisfacción de necesidades.
Apego Ansioso-Evitativo: personas que no podían contar con el apoyo de su madre en la infancia y reaccionaban de forma defensiva, adoptando una postura de indiferencia. Habiendo sufrido muchos rechazos en el pasado, intentaban negar la necesidad que tenían del objeto de apego, para evitar frustraciones.








[1] http://www.psicodiagnosis.es/areageneral/elapego/index.php#0000009ae70c7682d

[2] Jorge Barudy, Jorge; Dantangan, Maryorie. (2005). Los buenos tratos a la infancia. Barcelona: Gedisa.

martes, 23 de junio de 2015

Sabernos imperfectos es terapéutico

Sabernos imperfectos es terapéutico
Psic. Lourdes Zambrano[1]


Vivimos acostumbrados a pensar que somos arquitectos de nuestro propio destino. Creemos que la vida está en nuestras manos. Pensamos que es posible alcanzar todo lo que nos proponemos, que no hay imposibles.

Probablemente pensamos en la vida como una serie de piezas que podemos acomodar, o sea, pensamos en la vida como algo tan armable como un rompecabezas. Se nos olvida que la mayoría de las circunstancias que rodean la existencia tienen una complejidad que va más allá de la relación causa-efecto. La combinación de factores que influyen para que una situación tenga lugar es impredecible. Tal vez por eso se hable de destino. Frente a algo tan misterioso como es la vida, en ocasiones preferimos pensar que lo que nos ocurre estaba destinado a ser. Los griegos pensaban de esta manera, pensaban en el destino como aquello que nos determina. Mientras que los hebreos, de donde deriva el cristianismo, pensaban en la propia determinación frente al destino o frente a lo que nos acontece. En todo caso podemos pensar en el destino como lo que ya aconteció, y lo que cada persona decide que le suceda frente a esa situación.

Pero también podemos alejarnos de esta postura y pensar que si analizamos con suficiente detalle, encontraremos una serie de condiciones que en forma de cadena desembocó en un acontecimiento. Y esto nos da una especie de tranquilidad, pues pareciera que si nos afanamos lo suficiente, las condiciones pueden acomodarse de cierta manera para lograr determinados resultados. Es decir, nos quedamos con una sensación de control, o mejor aún, con una expectativa de control, que en realidad no es más que una ficción de control.

Entre las situaciones que más desearíamos controlar, o más precisamente evitar, están los errores, que en mayor magnitud se consideran fracasos. Hay toda una cultura en contra del fracaso, sobretodo en contra de los fracasados o loosers, como se maneja entre los que hablan inglés. Hay una tendencia generalizada a no querer ver, o bien, a mantenernos ciegos frente a nuestras limitaciones.

Quisiéramos pensarnos como seres ilimitados, sin límites, capaces de vencerlo todo, incluso a nosotros mismos. Y si no lo logramos, en cualquier ámbito de la vida (laboral, personal, familiar), la reacción inmediata es el autorechazo, el rencor contra la vida. Es aquí donde la Terapia de la imperfección, propuesta terapéutica creada por Ricardo Peter, tiene una contribución especialmente importante: nos rescata de volvernos seres resentidos con nosotros mismos y con la vida; nos libra de volvernos seres antiéticos, capaces de pasar por encima de nuestra fragilidad en nombre de una idealización inexistente.

¿Qué es la Terapia de la imperfección? Es una teoría psicológica que deriva de una visión filosófica del hombre como ser limitado: la Antropología del límite. Su autor la propone como una alternativa terapéutica para el tratamiento del trastorno del “ansia de perfección” o perfeccionismo[2].

Pero hablábamos de que la Terapia de la imperfección (TI) nos rescata del resentimiento frente a la falla. ¿Cómo lo hace? Al plantear que el significado del error es relativo al interlocutor del error. ¿Qué significa esto? Que nosotros interpretamos la realidad de acuerdo con un referente. El interlocutor del error, o sea, nosotros mismos, tenemos una especie de procesador de la realidad, una perspectiva desde la cual miramos lo que nos acontece. Cuando miramos la realidad desde una perspectiva de indefectibilidad, de cero defectos, de calidad total, estamos mirando la vida desde nuestro procesador racional; ese que nos dice que todo lo podemos prevenir con suficiente planeación. Es el mismo procesador que nos permite ver causas y efectos, que nos permite hacer cuentas, calcular riesgos, el que nos ha facilitado llegar hasta donde estamos desde el punto de vista tecnológico. Pareciera que es un procesador que está de “nuestro lado”, pues nos ha permitido vivir de una manera más cómoda, viajar en poco tiempo distancias muy largas, comunicarnos desde donde estemos con las personas que queremos, es el procesador que ha logrado la cura de enfermedades antes incurables, que nos ha concedido vivir por más tiempo. Y como hemos accedido a tantas cosas utilizando este procesador, nos hemos llenado de una especie de soberbia, que nos impide vernos como los seres frágiles que aún somos.

¿Y qué sucede cuando las cosas no salen como nosotros esperamos? ¿Qué explicación podemos dar cuando un hijo nace con una incapacidad? ¿Cómo encontrarle lógica al hecho de contraer una enfermedad mortal? ¿Cómo prevenir que tu padre o tu madre sea un alcohólico? ¿Cómo explicarte que la persona a quien amas se ha enamorado de otra persona? ¿Qué sentido de justicia hay en el hecho de que en un accidente muera el que no tuvo la culpa? ¿Cómo podemos explicarnos que un hijo muera antes que sus padres? ¿Podemos realmente encontrar la causa y la cura del desamor? ¿Podemos postergar indefinidamente el envejecimiento? ¿Qué nos queda cuando se nos despide injustificadamente de un trabajo al que le hemos dedicado años?

Ante tales circunstancias no nos sirve de mucho tratar de encontrar una explicación, una causa, algo que nos ayude a prevenir una situación peor. Ni los porqués ni los para qués son útiles en estos casos. Ambos —los porqués y los para qués— siguen una lógica lineal, tal vez demasiado simple. Las cosas no ocurren debido a una sola causa, ni ocurren para que otra cosa más suceda.

Es decir, ante circunstancias de la vida no deseables ni prevenibles, el procesador racional lejos de ayudar nos fastidia, genera en nosotros una actitud de enojo con la vida. Nos hace arremeter contra nosotros mismos y nos amarga la existencia. Esto sucede así porque cuando se trata de límites existenciales como los que acabamos de plantear, la razón o procesador racional, al recurrir a sus herramientas, que son el análisis y el juicio, genera estrés y tensiona.
Cuando un paciente llega a consulta por primera vez, lo hace con una especie de exigencia o demanda: que la realidad no sea como es. Ese es el deseo implícito, aunque la queja adopte matices específicos propios de su circunstancia: “que mi esposo no me sea infiel”, “que mis padres no respeten mi deseo de comer muy poco”, “que mi hermana haya muerto sin que yo haya podido sincerarme con ella”, “que mi esposo beba y no quiera admitirlo”, “que mi novia no salga con sus amigos”, “que mi novio piense en acostarse con otras mujeres”, “que mi papá deje de hacerme sentir fracasada”, “que mi hija acepte a mi nueva pareja”, “que mi hijo deje de tener problemas en su escuela”.

Además del deseo implícito de que las cosas no sean como son, lo que el paciente espera de ese espacio terapéutico es encontrar una explicación, algo que permita entender y por lo tanto, controlar esa parte de la realidad que le genera estrés. Lo que un paciente suele buscar es un método o una estrategia que le permita modificar las circunstancias a su favor. El paciente ignora que las circunstancias en sí no contienen una dosis de estrés, el paciente rechaza algo externo, cuando el rechazo reside en la intimidad, es decir, en la perspectiva desde la que mira las circunstancias.

Es aquí cuando el procesador alternativo —procesador emocional— puede darnos alguna paz, puede devolvernos a lo que somos, seres falibles, tal como lo explica la Terapia de la Imperfección.










[1] Texto extraído de su libro, Transformándonos desde la escucha, BUAP-AITI (Asociación Internacional para la Terapia de la Imperfección), México, 2011. Lourdes Zambrano es Licenciada en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México. Diplomado y Especialidad en Diagnóstico y Psicoterapia del Perfeccionismo por la BUAP. Diplomado en Habilidades del Pensamiento por la Universidad Iberoamericana y en Filosofía para Niños por el Centro Latinoamericano de Filosofía para Niños.  Coautora en varios libros.
[2] Para una visión completa de la Terapia de la imperfección, consultar en: Peter, Ricardo. El Milagro es Aceptarnos. Manual de Terapia de la Imperfección. Asociación Internacional para la Terapia de la Imperfección A.C., Siena editores, México, 2010.

viernes, 12 de junio de 2015

Adoptar conscientemente

Adoptar sabiendo

A fuerza de trabajar para que las familias estén más enteradas y estén más preparadas bien  se pudiera estar alarmando a quienes se plantean la adopción como manera de formar una familia, si bien es verdad que ahora con tanta información sobre dificultades y problemas postadoptivos la decisión no es más fácil, seguramente sí que es más consciente.

Adoptar es una tarea para padres valientes y comprometidos. Pero es que la decisión de traer un hijo al mundo de manera consciente lo es. Nada entraña mayor responsabilidad.

Adoptar es traer un hijo a tu mundo, “Es hacer tuyo a un hijo que no ha nacido de ti, es amarlo, cuidarlo, vincularte a él desde el corazón, aprender sus rasgos, su olor, su forma de ver y entender las cosas. Es formarle y darle el amor de madre que darías a un hijo biológico, pero partiendo de un desconocimiento de su vida previa”( frase de una madre adoptiva leída en una guía sobre adopción)

Adoptar es un proyecto de vida, en esencia es: acoger a un niño y convertirlo en tu hijo día tras día. Es un proceso complejo, un reto, una carrera de fondo.

Aunque la adopción es un hecho feliz, lo cierto es que se inicia a partir de una pérdida. La adopción tiene como principal objetivo el dar un hogar a un niño en situación de abandono. La adopción tiene, evidentemente, un lado negativo: ha habido unos padres que no han podido hacerse cargo adecuadamente de las necesidades de su hijo y un lado positivo: una familia dispuesta se hace cargo de un niño para responder a sus necesidades, para amarle.
Tengamos muy claro que la separación de la familia biológica nunca es por algo que se pueda atribuir a los niños, sino que cuando ha sucedido ha sido siempre por circunstancias ajenas a ellos. Ante esa separación la mejor opción para los niños es  la adopción, porque los niños que carecen de familia -por la circunstancia que sea-, necesitan tener una donde crecer y florecer.

Cada niño es único y afronta su historia previa con diferentes recursos. Cada uno de ellos tiene particularidades. Cada adopción, cada familia es diferente.

En absoluto todos los niños tienen traumas o trastornos. Es necesario puntualizar que las experiencias de desprotección y abandono no generan por sí mismas patologías.
La adopción no es la responsable de los trastornos de conducta y aprendizaje de los niños, ni ha generado las secuelas ni el daño emocional que puedan tener, todo lo contrario, la adopción es la que ayuda y mejora de forma categórica a los niños y les da la oportunidad de superar las dificultades o los problemas incluso, -si los hubiera-, los traumas que pudieran haber sufrido.

Ni todos los niños tienen problemas, ni los viven o desarrollan de la misma manera, aunque sí que existen dificultades que pueden resultar de las vivencias del niño anteriores a la adopción. Dificultades por ejemplo en algunas áreas del desarrollo y del aprendizaje, o en habilidades para la comunicación y relación social, son muchos los niños a los que hay que dotar de recursos personales para poder interactuar con su nuevo entorno y comprender todo lo que sucede a su alrededor.

Los niños adoptados, hacen grandiosos esfuerzos y necesitan quien de manera incondicional e integral, sea capaz de cuidarles, de suplir muchas de sus carencias, necesitan rutinas, límites y apoyo, todo lo necesario para ayudarles a conseguir un desarrollo de todo su potencial aunque ese desarrollo se produzca de manera más lenta e incluso desordenada porque con los niños adoptados puede suceder que tengan una edad física distinta a la edad intelectual, que a su vez sea distinta a la edad emocional, y aún diferente a la edad que tiene el vínculo con su familia adoptiva.

Adoptar no es fácil, el proceso es largo y complicado, pero aún más lo es convertirse en padres/madres de un niño, hacer que se sienta seguro con esa seguridad que deshecha todo miedo, hacer que se sienta querido incondicionalmente.


¿Por qué adoptar? 
Adoptar es una de las maneras de satisfacer la necesidad de ser padres.

Sean cuales sean las circunstancias personales y familiares en las que surge la idea de adoptar, es importante reflexionar sobre las motivaciones para ello, en buena medida porque pueden condicionar el éxito o el fracaso de la adopción.

Son muchas las razones por las que una persona o una pareja pueden plantearse la adopción.

Pero la adopción NO es una solución para:
  • Problemas de miedo a la soledad (del adulto).
  • Solucionar temas de reconocimiento social o familiar del que cree carecer por no tener hijos.
  • Solucionar o aliviar sentimientos de vacío.
  • Solucionar crisis personales de falta de sentido en la vida o de pareja que se creen erróneamente que se van a resolver teniendo un hijo.
  • Tratar de superar el duelo por la infertilidad o la pérdida de un hijo.
  • Intentar buscar un compañero de juegos para un hijo único.


Cada vez se conoce más a fondo las características que acompañan a la adopción. Las necesidades de los adoptados son las mismas que las de cualquier niño o niña y como todos los niños, requieren mucha atención y dedicación, reclaman mucho esfuerzo, entrega y sacrificios y a esas necesidades hay que sumar las que son propias de su condición adoptiva y aunque es cierto que a esas dificultades hay que añadirles las de la vinculación y el apego, las experiencias de muchas familias adoptivas han acreditado el valor de los lazos de parentesco, familiares y afectivos, creados a través de la adopción.

La adopción es una manera de formar una familia. La familia esté constituida por el número de miembros o de la manera que esté formada y aunque entrañe dificultades y plantee retos, es una motivación constante -la más grande- por la que merece la pena apostar: el ganador un niño. Tu hijo.



Fuente: Adopción, Punto de encuentro. http://adopcionpuntodeencuentro.com/






jueves, 28 de mayo de 2015

La importancia de la Aceptación de Nuestra Sombra

La sombra

El Alter Ego

Muy en conexión con la Persona, se encuentra ese “otro lado” de nuestra personalidad que conscientemente no mostramos en público, y que Jung llamó simbólicamente la Sombra. Está constituida por lo que consideramos inferior en nuestra personalidad. Mientras más fuerte y rígida una Persona y más nos identificamos con ella, más debemos negar otros aspectos importantes de nuestra personalidad que pueden contradecirla. Estos aspectos son reprimidos al inconsciente y contribuyen a la formación de la Sombra. Esta, de uno u otro modo, encontrará siempre formas de expresión, la mayoría de las veces a través de mecanismos de defensa de la proyección.
La sombra se refiere a lo que comúnmente denominamos nuestro Doble, el Alter Ego, el personaje negro, sombrío u oscuro que llevamos dentro. Es nuestro otro Yo. Es aquella parte de nuestra personalidad que ha sido reprimida en nuestro cuidado del Yo ideal comprometido con la máscara. Cuando figura en nuestros sueños y fantasías, la Sombra representa el inconsciente personal.

“La sombra representa un problema ético que desafía a la entera personalidad del Yo, pues nadie puede hacer consciente la Sombra sin considerable dispendio de decisión moral. En efecto, en tal realización se trata de reconocer como efectivamente presentes los aspectos oscuros de la personalidad. Este acto es el fundamento indispensable de todo conocimiento de sí, y consiguientemente encuentra, por regla general, resistencia considerable. Si el autoconocimiento se asume como medida terapéutica, constituye a menudo un proceso laborioso que puede llevar largo tiempo”.

Las verdaderas razones de este mecanismo arquetípico radican en la naturaleza misma del Ego, el cual se desarrolla como el resultado de un encuentro del Self –como potencial dirección de la personalidad- y la realidad colectiva externa. En nuestras primeras experiencias acerca de lo que es bueno o malo, base de la aceptación de sí mismo, los comienzos de la conciencia son investidos de las normas y expectativas de la colectividad externa. El niño se acepta a sí mismo, en términos de ajustamiento y adecuación. La armonía con el Self y también con la conciencia, aparecen al comienzo dependientes de las aceptaciones externas y de la Persona (donde los padres y el ambiente familiar son fundamentales). Estos nos permiten asimilar conscientemente los valores individuales (que son fundamentalmente variables a esa edad), para ser incorporados a la imagen que el Ego tiene de sí mismo. Por eso, esos contenidos son sometidos a la represión. 
No desaparecen de ningún modo; continúan funcionando como un invisible alter ego que parece (muchas veces por el uso frecuente de la proyección) estar fuera de uno mismo. Hay que anotar además, que las cualidades reprimidas pueden ser muy básicas para las estructuras fundamentales de la personalidad so pena que, porque reprimidas, permanezcan primitivas y, por tanto, negativas.
En efecto, si bien los contenidos de la Sombra son removidos de la conciencia del ego, continúan vivos como complejos emocionales. Pero esto también los remueve de la supervisión del Yo, y pueden así continuar una existencia sin ser chequeados y con manifestaciones disruptivas sorprendentes. Muchas veces la Sombra es observada por los demás (cuando éstos saben “ver”), aunque el sujeto mismo no tiene conciencia de lo que manifiesta.


Es necesario reconocer a la Sombra

El reconocimiento de la Sombra –cuando no se sabe con prudencia el proceso- puede acarrear un verdadero shock de variados grados de intensidad, lo cual en general depende de la fuerza de las convicciones morales y éticas de cada cual.
Existen diversas y posibles reacciones frente a la Sombra desde el punto de vista más bien extraterapéutico:

  • Podemos rehusar el enfrentarnos con ella;
  • O bien, cuando la reconocemos como parte de nuestra vida, podríamos querer eliminarla o colocarla en su sitio inmediatamente.
  • Podemos rehusar el que tenemos responsabilidad en ella, y dejarla que saiga su camino, sin supervisión alguna;
  • O bien, podemos “sufrirla” de manera constructiva, como partede nuestra personalidad, lo cual puede conducirnos a una actitud de humildad y a un sentido de lo humano saludables y, eventualmente, a nuevos insights y horizontes más amplios acerca de nosotros mismos, del mundo y la cultura que nos rodean.
Cuando este shock ocurre, -en general en el proceso terapéutico- pueden ocurrir diversas posibilidades:
Una es que el individuo sea sobrepasado por el inconsciente y caiga en la psicosis o en una depresión suicida. El terapeuta debe reemplazar aquí el ego desplomado, a través de la transferencia. No es cosa muy fácil, por supuesto.
Una segunda posibilidad es que el sujeto acoja ingenuamente los contenidos del inconsciente colectivo y caiga en obsesiones extrañas y excéntricas ideas qu3e lo apartarán de su medio social.
La tercera puede pasar más corrientemente, fuera de las sesiones terapéuticas. El sujeto, después de graves angustias, restaura su modo habitual preterapéutico de funcionar, pero muy debajo de su natural habilidad. Es una especia de regresión a una etapa que le funcionaba bien, pero ahora empobrecida. El problema es que este hombre recurrirá ahora con más facilidad a proyectar su sombra, echando a los demás la culpa de sus inhabilidades actuales.
La aceptación de la Sombra involucra el darse cuenta de datos y hechos. De ningún modo significa que la Sombra debe ser actualizada indiscriminadamente. Esto sería más bien una identificación y no una aceptación. Es importante que los elementos inconscientes nos hablen a nosotros en vez de a través de nosotros. La represión –dice Jung- (o el dejar ir y hacer) aparecen siempre más fácil que la disciplina. La represión es opuesta a la disciplina, y nos hace más inconscientes nuestros motivos, más irresponsables por tanto, y nos inclina hacia caminos de patología a través de la proyección. Aunque no somos responsables de los modos en que somos o sentimos, tenemos que ser responsables de los modos en que actuamos. La disciplina está en la habilidad para actuar de una manera contraria a nuestros sentimientos, cuando es necesario, sabiendo que no podemos resistir todos nuestros impulsos y siempre. El control yoico, a diferencia de la represión, es una prerrogativa muy exclusiva del ser Humano, como también una necesidad. Hay veces en que no será posible restringir nuestros impulsos; pero, en todo caso, podemos poner un esfuerzo consiente para ponerle elementos aditivos mitigantes o, al menos, pedirnos disculpas a nosotros mismos o a los demás.
Tratar con la sombra, en síntesis, implica dificultades. Hay que estar buscando sus trazas para traerlas a la conciencia, lo cual tampoco es fácil: esto es lo que soy y lo que soy capaz de hacer.



Lectura extraída del libro: “Introducción a la Psicología de Jung”,  (1995).

sábado, 16 de mayo de 2015

Trabajo con Arcilla en Niños

Trabajo con Arcilla en Niños.

De todos los materiales que uso con los niños, la arcilla es definitivamente mi favorita. Por lo general el trabajo junto con los chicos y ello me hace sentir bien y relajada. Su flexibilidad y maleabilidad se acomoda a diversas necesidades. Consideremos sus atributos: es maravillosa porque es sucia, blanda, suave y sensual, atrayente para todas las edades. Promueve el trabajo a través de los procesos internos más primarios. Permite un flujo entre ella y el usuario que no es igualado por ningún otro material. Es fácil identificarse con ella. Ofrece experiencias táctiles y kinestésicas. Muchos niños con problemas de percepción y motricidad necesitan este tipo de experiencia. Acerca a las personas a sus sentimientos. Quizás sea su misma fluidez la que produce una unión entre el medio y el usuario.

Con frecuencia parece penetrar la coraza protectora, las barreras en un niño. Las personas que están muy distanciadas de sus sentimientos y que continuamente bloquean su expresión, por lo general están desconectadas de sus sentidos. A menudo la sensualidad de la arcilla les tiende un puente entre sus sentidos y sus sentimientos. El niño agresivo puede usar la arcilla para golpearla y machacarla. Los niños que están enojados pueden ventilar su ira de muchas maneras por medio de la arcilla.

Los que son inseguros y temerosos pueden sentir una sensación de control y dominio a través de la arcilla. Es un material que se puede "borrar" y que no tiene normas claras y específicas para su uso. Es muy difícil cometer un "error" con la arcilla. Los niños que necesitan reforzar su experiencia de autoestima vivencian un sentido único del yo a través de su manejo. Es el material más gráfico de todos para que el terapeuta pueda observar el proceso de un niño. El terapeuta puede realmente ver lo que está ocurriendo con el niño con sólo observar cómo trabaja la arcilla. Es un buen eslabón para la expresión verbal de niños no comunicativos. Permite al muy parlanchín, incluyendo a quienes sus padres y maestros acusan de hablar demasiado, un medio de expresión que les ahorra montones de palabras. Ayuda a los niños a cultivar y satisfacer su curiosidad sobre el sexo y las partes y funciones del cuerpo. Un niño puede gozar el uso de la arcilla como una actividad solitaria, y el trabajo con ella también puede ser una actividad muy social. Los niños sostienen maravillosas conversaciones entre ellos durante actividades no dirigidas. A menudo interactúan unos con otros a un nivel diferente, compartiendo pensamientos, ideas, sentimientos y experiencias.


Hay personas que no gustan del desaliño de la arcilla. En realidad es el material de arte más limpio después del agua. Cuando se seca, queda convertida en un polvo fino que es fácil de lavar, cepillar, aspirar o limpiar con esponja de las manos, ropa, alfombras, pisos, mesas. La arcilla tiene propiedades curativas. Escultores y ceramistas han observado que las cortaduras cicatrizan más rápido si se las deja expuestas mientras se manipula la arcilla.

La mayoría de los niños se aficiona fácilmente a la arcilla, pero de vez en cuando uno ve a un niño que teme a la húmeda y "sucia" masa que representa para él este material. Esto mismo le revela al terapeuta muchas cosas sobre el niño y una útil dirección para el curso de la terapia. Ciertamente hay un vínculo directo entre su limpieza compulsiva y sus problemas emocionales, y puede que esto no se evidencie con ninguno de los otros materiales presentados al niño. Yo trabajaré suavemente, introduciendo la arcilla en forma gradual tras su resistencia inicial a ella. Tal niño con frecuencia siente fascinación y a la vez repulsión, y empieza a adentrarse cautelosamente.

Encuentro que los niños a menudo tienen un limitado repertorio de qué cosas hacer con la arcilla. Dele a un niño un trozo de greda e inevitablemente hará un cenicero, un bol o tal vez una serpiente. Mientras más experiencia tenga un niño con la sorprendente flexibilidad y versatilidad de este medio, mayor será su oportunidad de expresarse. Encuentro que es útil entregar un estuche de "herramientas" para usar con la arcilla: un mazo de goma (esencial), un rebanador de queso, una espátula, un prensa-ajos, un raspador o picador de alimentos (con mango), un lápiz para hacer perforaciones, una prensadora de patatas, etc. Siempre estoy alerta a cualquier otro ítem interesante de la cocina, del cajón de herramientas, o donde sea. Mientras más inadecuado parezca el utensilio (es decir, no diseñado específicamente para trabajar la arcilla), mejor.



Fuente: Violet Oaklander. Ventanas a nuestros niños. Terapia gestalt para niños y adolescentes, p. 67-69