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lunes, 23 de noviembre de 2015

Las Formas Internas

La gatha de «Cómo conocer la mejor forma de vivir solo» se inicia con la estrofa: «No persigáis el pasado». «Perseguir el pasado» significa lamentar lo que ya ha ocurrido en el pasado. Lamentamos haber perdido las bellas cosas del pasado de las que ya no disfrutamos en el presente. El Buda comenta esta estrofa diciendo: «Cuando alguien piensa en cómo era su cuerpo en el pasado, en qué sentía en el pasado, en las percepciones que tenía en el pasado, en cómo eran sus factores mentales en el pasado, y en cómo era su conciencia en el pasado; cuando piensa en todo eso y su mente se apega a esas cosas del pasado y se deja esclavizar por ellas, esa persona está persiguiendo el pasado».

El Buda nos enseñó que no hemos de perseguir el pasado porque «el pasado ha dejado de ser». Cuando nos perdemos en pensamientos sobre el pasado, nos estamos perdiendo el presente. La vida sólo existe en el momento presente. Perdernos el presente es perdernos la vida. El Buda nos lo explicó con una gran claridad: hemos de despedirnos del pasado para regresar al presente. Regresar al presente es estar en contacto con la vida.

¿Qué dinámica de nuestra conciencia es la que nos impulsa a volver al pasado y a vivir con las imágenes que rememoramos de él? Las fuerzas de las que se compone están construidas por las formaciones internas (en sánscrito, samyójana), los factores mentales que surgen en nosotros y que nos atan al pasado. Las cosas que vemos, oímos, olemos, saboreamos, tocamos, imaginamos o pensamos pueden también generar en nosotros formaciones internas: como el deseo, la irritación, la ira, la confusión, el miedo, la ansiedad, la desconfianza y otras emociones parecidas. Las formaciones internas están presentes en el fondo de la conciencia de cada uno de nosotros.

Las formaciones internas influyen en nuestra conciencia y en nuestra conducta diaria. Nos hacen pensar, decir y hacer cosas de las que ni siquiera somos conscientes. Como nos impulsan a actuar así, se llaman también ataduras, porque nos obligan a actuar de determinadas maneras.

En los comentarios se suelen mencionar nueve clases de formaciones internas: el deseo, el odio, la arrogancia, la ignorancia, las ideas falsas, el apego, la duda, la envidia y el egoísmo. La ignorancia, la falta de claridad mental, es la formación interna principal. Es el material burdo del que están hechas las otras formaciones internas. Aunque haya nueve, como el «deseo» normalmente se cita en primer lugar, suele utilizarse para representar a todas las formaciones internas. En el Kaccana-Bhaddekaratta el monje Kaccana explica:

Amigos míos, ¿qué significa el pasado? Morar en el pasado significa alguien que piensa: «En el pasado mis ojos eran de esta manera y la forma (con la que mis ojos estaban en contacto), de aquella otra» y, al pensar así, es presa del deseo. Y al ser presa de él, experimenta un anhelo. Y esta sensación le hace permanecer en el pasado.

El comentario de Kaccana podría hacernos pensar que la única formación interna que nos ata al pasado es el deseo. Pero cuando Kaccana se refiere al «deseo» lo está usando para representar a todas las formaciones internas: el odio, la duda, la envidia y las restantes. Todas ellas nos atan y nos mantienen sujetos al pasado.


A veces el simple hecho de oír el nombre de alguien que se portó mal con nosotros hace que nuestras formaciones internas de aquella época nos lleven automáticamente al pasado y que revivamos el sufrimiento padecido. El pasado es el hogar tanto de los recuerdos dolorosos como de los recuerdos felices. Dejarse absorber por el pasado es estar muerto al momento presente. No resulta fácil desprendernos del pasado y volver a vivir en el momento presente. Cuando intentemos hacerlo, hemos de resistirnos a la fuerza de las formaciones internas que hay en nosotros. Hemos de aprender a transformarlas, para tener la libertad de poder estar atentos al momento presente.



Fuente: Thich Nhat Hanh, 'Cita con la vida; el arte de vivir en el presente'.

viernes, 20 de noviembre de 2015

La riqueza de la vida espiritual procede de vivir solos

La riqueza de la vida espiritual procede de vivir solos.

Si vivimos en el olvido, si nos perdemos en el pasado o en el futuro, si nos dejamos arrastrar por nuestros deseos, ira e ignorancia, no podremos vivir cada momento de nuestra vida profundamente. No estaremos en contacto con lo que ocurre en el momento presente y nuestras relaciones con los demás se volverán superficiales y se empobrecerán.

Algunos días nos sentimos vacíos, exhaustos y tristes, no somos realmente nosotros mismos. En esos días, por más que intentemos estar en contacto con los demás, nuestros esfuerzos serán inútiles. Cuanto más lo intentamos, menos lo logramos. Cuando esto nos ocurra hemos de dejar de intentar estar en contacto con el mundo exterior y volver a entrar en contacto con nosotros mismos, para «estar solos». Hemos de cerrar la puerta a la sociedad, regresar a nosotros mismos y practicar la respiración consciente, observando a fondo lo que ocurre tanto en nuestro interior como a nuestro alrededor. Aceptamos todos los fenómenos que observamos, les decimos «hola» y les sonreímos. Y nos dedicamos a hacer cosas sencillas, como meditar andando o sentados, lavar la ropa, barrer el suelo, preparar el té o limpiar el cuarto de baño, con plena consciencia. De este modo recuperaremos la riqueza de nuestra vida espiritual.

El Buda era alguien que vivía una vida despierta, que vivía constantemente en el momento presente de una forma relajada y estable. Era una persona rica, rica en libertad, alegría, comprensión y amor. Aunque estuviera sentado en el rocoso peñasco del Monte del Buitre, a la sombre del bosquecillo de cañas de bambú del monasterio de Venuvana o bajo el tejado de paja de su cabaña en Jetavana, el Buda era el Buda, una persona serena, satisfecha y parca en palabras. Cualquiera podía ver que su presencia fomentaba en gran medida la armonía de la comunidad. Era el principal pilar para ella. Para los monjes y monjas, el simple hecho de saber que él estaba cerca influía activamente en la comunidad. Muchos discípulos del Buda, incluyendo los cientos de discípulos veteranos que tenía, inspiraban una confianza parecida en quienes los observaban. El rey Prasenajit de Kosala dijo en una ocasión al Buda que lo que le hacía confiar tanto en él era el modo de vivir pausado, sereno y feliz de los monjes y monjas que practicaban bajo su guía.

Si vivimos de manera consciente, dejaremos de ser pobres, porque nuestra práctica de vivir en el momento presente nos hace ser ricos en alegría, paz, comprensión y amor. Aunque nos encontremos con una persona pobre de espíritu, podemos observarla en profundidad y llegar hasta el fondo de su ser y ayudarla con eficacia.

Cuando vemos una película malsana o leemos una mala novela, si ya somos pobres de corazón y de mente, y débiles en consciencia, esa película o ese libro nos irritarán y empobrecerán más aún. Pero si somos ricos en consciencia, descubriremos lo que yace en el fondo de esa película o novela. Probablemente veremos en profundidad el mundo interior del director de la película o del autor de la novela. Al observarlas con la mirada de un crítico literario o cinematográfico, veremos cosas que la mayoría de la gente no ve, e incluso una película o un libro malos podrán enseñarnos algo. Así, no nos empobreceremos al ver la película o al leer el libro. Al ser plenamente conscientes de cada detalle del momento presente, somos capaces de aprovecharlo. Ésta es la mejor forma de todas de vivir solo.





Fuente: Thich Nhat Hanh, ‘Cita con la vida; el arte de vivir en el presente’. 

domingo, 8 de noviembre de 2015

La Disciplina Positiva, proviene de Alfred Adler

La disciplina positiva es una corriente en educación que surge del psiquiatra Alfred Adler, discípulo de Freud, a través del desarrollo que realiza Rudolf Dreikus y la aplicación realizada por las psicólogas Jane Nelsen y Lynn Lottbasados.

En un principio las bases de ambas corrientes son diversas, ya que Adler procede del psicoanálisis y su trabajo parte de elementos cognitivos. Según dice Jane Nelsen: «Los niños que se portan mal son “niños desanimados” que tienen ideas erróneas sobre la manera de lograr su objetivo primario de pertenecer». El subrayado es mío, para dejar claro que estamos ante un sistema interpretativo basado en las “ideas”, cogniciones de la persona, distante en sus presupuestos del sistema emocional.
Sin embargo, la distancia de las raíces no lo es en las consecuencias prácticas, y la disciplina positiva y la educación emocional tienen muchos puntos de contacto. Eso es lo que querría dejar evidente en este post: las coincidencias tan sustanciales y todo el camino en común que realizan ambas corrientes.
  1. Todas las ideas de respeto son comunes a ambos sistemas. Respeto al niño como sujeto de sus acciones. Con el respeto se establece la base para el desarrollo de la autonomía de cada persona.
  2. Para la disciplina positiva la pertenencia es la clave de interpretación del funcionamiento social de las personas. Para la educación emocional la necesidad de vínculo y pertenencia es la necesidad que viene inmediatamente después de las necesidades fisiológicas básicas en la pirámide de necesidades. La coincidencia en insistir en el punto es muy grande, por ejemplo, la disciplina positiva dice: «Lo importante no es ganar a los niños, sino ganárselos, para ello el adulto debe invertir tiempo en motivar y enseñar competencias esenciales para la vida» (Dreikus).
  3. Se comparte la misma idea de trabajar la responsabilidad, que mira al futuro, y no la culpa, que mira al pasado.
  4. La mirada positiva llena de atención y curiosidad hacia el niño, es una actitud que promueve la disciplina positiva. Para la educación emocional se trataría de la actitud de aceptación positiva. Para ambos sistemas una actitud esencial de los docentes que permite la educación. La clave y el punto de coincidencia, sería confianza en el alumno.
  5. Involucrar al niño en las soluciones. Dar al alumno capacidad real de decidir. Esto es también un punto de coincidencia: hacer al alumno protagonista real de su aprendizaje.
  6. No utilizar el castigo, dice la disciplina positiva. Esto la educación emocional lo dice del siguiente modo: no establezcas tu relación sobre el miedo, sino sobre el cariño y la confianza. Ambas corrientes coinciden de nuevo en este punto. Ambas han sido precursoras de cambios que la educación ya ha incorporado.
La conclusión que yo saco es que a lo largo del siglo XX la psicología y la pedagogía han alcanzado un gran desarrollo con muchos puntos coincidentes, desarrollo. Básicamente un mayor conocimiento de la persona ha llevado a establecerla como sujeto activo de su aprendizaje, a través de muchos modos prácticos, que son las diversas corrientes.
La educación no puede dejar de incorporar todos esos avances que constituyen actualmente competencias imprescindibles para los profesores. La educación del siglo XXI no puede seguir enseñando con sistemas del siglo XIX sin incorporar todos los avances del XX.
En el caso concreto que nos concierne, la disciplina positiva, mi opinión es que la Educación Emocional tiene una base antropológica más rica y con muchos más matices, una concepción de la persona humana más amplia y por ello proporciona una mejor base para la educación. Los fenómenos emocionales son parte central de lo adquirido en el siglo XX por la psicología y la educación, y aunque la disciplina positiva los respeta exquisitamente y los utiliza como indicadores, debido a sus raíces aún no los incluye como elemento central del sistema.


Fuente: https://antonioesquivias.wordpress.com/2014/10/27/la-educacion-emocional-y-la-disciplina-positiva-de-alfred-adler/

5 Criterios para una Disciplina Efectiva

5 Criterios para una disciplina efectiva

  1. Ayuda a los niños a tener un sentido de conexión. (Pertenencia y significado).
  2. Es respetuosa y alentadora. (Amable y firme al mismo tiempo).
  3. Es efectiva a largo plazo. (Considera lo que el niño está pensando, sintiendo, aprendiendo y decidiendo acerca de sí mismo y de su mundo y qué hacer en el futuro para sobrevivir o prosperar).
  4. Enseña importantes habilidades sociales y de vida. (Respeto, preocupación por los demás, solución de problemas y cooperación, así como las habilidades para contribuir en su hogar, su escuela o su comunidad).
  5. Invita a los niños a descubrir sus capacidades. (Alienta el uso constructivo del poder personal y la autonomía).


¿Para qué nos sirve como padres?
Disciplina Positiva nos sirve para desarrollar relaciones sanas basadas en el amor y el respeto mutuo que promueven una convivencia familiar exitosa y además nos sirve para:
  • Propiciar relaciones basadas en el amor y respeto mutuo
  • Prevenir y corregir malas conductas
  • Ayudar a los niños a sentirse conectados
  • Establecer firmeza y amabilidad al mismo tiempo 
  • Lograr efectividad a largo plazo
  • Enseñar habilidades sociales y de vida
  • Invitar a los niños a descubrir sus capacidades
  • Enfocarnos en soluciones y no en castigos
  • Tomar los errores como oportunidades de aprendizaje
  • Enseñar a enfrentar y resolver problemas
  • Hacer niño/as más amorosos, sociables y cooperativos


¿Qué soluciona?
Como Disciplina Positiva es una metodología basada en principios humanistas, sirve para solucionar todos los desafíos de crianza que los padres enfrentamos en el día a día, tales como:
  • Berrinches y mal comportamiento
  • Peleas entre hermanos
  • Luchas de poder y desobediencia
  • Problemas a la hora del sueño
  • Problemas alimenticios
  • Conflictos para llevar rutinas
  • Rebeldía en la adolescencia
  • Y todas las cuestiones relacionadas a la crianza




lunes, 2 de noviembre de 2015

El sentido del sufrimiento

El sentido del sufrimiento


Cuando uno se enfrenta con una situación inevitable, insoslayable, siempre que uno tiene que enfrentarse a un destino que es imposible cambiar, por ejemplo, una enfermedad incurable, un cáncer que no puede operarse, precisamente entonces se le presenta la oportunidad de realizar el valor supremo, de cumplir el sentido más profundo, cual es el del sufrimiento. Porque lo que más importa de todo es la actitud que tomemos hacia el sufrimiento, nuestra actitud al cargar con ese sufrimiento.
Citaré un ejemplo muy claro: en una ocasión, un viejo doctor en medicina general me consultó sobre la fuerte depresión que padecía. No podía sobreponerse a la pérdida de su esposa, que había muerto hacía dos años y a quien él había amado por encima de todas las cosas. ¿De qué forma podía ayudarle? ¿Qué decirle? Pues bien, me abstuve de decirle nada y en vez de ello le espeté la siguiente pregunta: "¿Qué hubiera sucedido, doctor, si usted hubiera muerto primero y su esposa le hubiera sobrevivido?" "¡Oh!", dijo, "¡para ella hubiera sido terrible, habría sufrido muchísimo!" A lo que le repliqué: "Lo ve, doctor, usted le ha ahorrado a ella todo ese sufrimiento; pero ahora tiene que pagar por ello sobreviviendo y llorando su muerte."
No dijo nada, pero me tomó la mano y, quedamente, abandonó mi despacho. El sufrimiento deja de ser en cierto modo sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido, como puede serlo el sacrificio.
Claro está que en este caso no hubo terapia en el verdadero sentido de la palabra, puesto que, para empezar, su sufrimiento no era una enfermedad y, además, yo no podía dar vida a su esposa. Pero en aquel preciso momento sí acerté a modificar su actitud hacia ese destino inalterable en cuanto a partir de ese momento al menos podía encontrar un sentido a su sufrimiento.
Uno de los postulados, básicos de la logoterapia estriba en que el interés principal del hombre no es encontrar el placer, o evitar el dolor, sino encontrarle un sentido a la vida, razón por la cual el hombre está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga un sentido.
Ni que decir tiene que el sufrimiento no significará nada a menos que sea absolutamente necesario; por ejemplo, el paciente no tiene por qué soportar, como si llevara una cruz, el cáncer que puede combatirse con una operación; en tal caso sería masoquismo, no heroísmo.
La psicoterapia tradicional ha tendido a restaurar la capacidad del individuo para el trabajo y para gozar de la vida; la logoterapia también persigue dichos objetivos y aún va más allá al hacer que el paciente recupere su capacidad de sufrir, si fuera necesario, y por tanto de encontrar un sentido incluso al sufrimiento. En este contexto, Edith Weisskopf-Joelson, catedrática de psicología de la Universidad de Georgia, en su artículo sobre logoterapia4 defiende que "nuestra filosofía de la higiene mental al uso insiste en la idea de que la gente tiene que ser feliz, que la infelicidad es síntoma de desajuste. Un sistema tal de valores ha de ser responsable del hecho de que el cúmulo de infelicidad inevitable se vea aumentado por la desdicha de ser desgraciado". En otro ensayo5 expresa la esperanza de que la logoterapia "pueda contribuir a actuar en contra de ciertas tendencias indeseables en la cultura actual estadounidense, en la que se da al que sufre incurablemente una oportunidad muy pequeña de enorgullecerse de su sufrimiento y de considerarlo enaltecedor y no degradante", de forma que "no sólo se siente desdichado, sino avergonzado además por serlo".
Hay situaciones en las que a uno se le priva de la oportunidad de ejecutar su propio trabajo y de disfrutar de la vida, pero lo que nunca podrá desecharse es la inevitabilidad del sufrimiento. Al aceptar el reto de sufrir valientemente, la vida tiene hasta el último momento un sentido y lo conserva hasta el fin, literalmente hablando. En otras palabras, el sentido de la vida es de tipo incondicional, ya que comprende incluso el sentido del posible sufrimiento.
Traigo ahora a la memoria lo que tal vez constituya la experiencia más honda que pasé en un campo de concentración. Las probabilidades de sobrevivir en uno de estos campos no superaban la proporción de 1 a 28 como puede verificarse por las estadísticas. No parecía posible, cuanto menos probable, que yo pudiera rescatar el manuscrito de mi primer libro, que había escondido en mi chaqueta cuando llegué a Auschwitz. Así pues, tuve que pasar el mal trago y sobreponerme a la pérdida de mi hijo espiritual. Es más, parecía como si nada o nadie fuera a sobrevivirme, ni un hijo físico, ni un hijo espiritual, nada que fuera mío. De modo que tuve que enfrentarme a la pregunta de si en tales circunstancias mi vida no estaba huérfana de cualquier sentido.
Aún no me había dado cuenta de que ya me estaba reservada la respuesta a la pregunta con la que yo mantenía una lucha apasionada, respuesta que muy pronto me sería revelada. Sucedió cuando tuve que abandonar mis ropas y heredé a cambio los harapos de un prisionero que habían enviado a la cámara de gas nada más poner los pies en la estación de Auschwitz. En vez de las muchas páginas de mi manuscrito encontré en un bolsillo de la chaqueta que acababan de entregarme una sola página arrancada de un libro de oraciones en hebreo, que contenía la más importante oración judía, el Shema Yisrael. ¿Cómo interpretar esa "coincidencia" sino como el desafío para vivir mis pensamientos en vez de limitarme a ponerlos en el papel?
Un poco más tarde, según recuerdo, me pareció que no tardaría en morir. En esta situación crítica, sin embargo, mi interés era distinto del de mis camaradas. Su pregunta era: "¿Sobreviviremos a este campo? Pues si no, este sufrimiento no tiene sentido." La pregunta que yo me planteaba era algo distinta: "¿Tienen todo este sufrimiento, estas muertes en torno mío, algún sentido? Porque si no, definitivamente, la supervivencia no tiene sentido, pues la vida cuyo significado depende de una casualidad —ya se sobreviva o se escape a ella— en último término no merece ser vivida."



4. Edith Weisskopf-Joelson, Same Comments on a Viennese School of Psychiatry. "The Journal of Abnormal and Social Psychology", vol.  51., pp. 701-3 (1955).
5. Edith Weisskopf-Joelson, Logotherapy and Existencial Análisis, "Acta psychotherap.", vol. 6, pp. 193-204 (1958).

Vacío Existencial, por V. Frankl

El vacío existencial


El vacío existencial es un fenómeno muy extendido en el siglo XX. Ello es comprensible y puede deberse a la doble pérdida que el hombre tiene que soportar desde que se convirtió en un verdadero ser humano. Al principio de la historia de la humanidad, el hombre perdió algunos de los instintos animales básicos que conforman la conducta del animal y le confieren seguridad; seguridad que, como el paraíso, le está hoy vedada al hombre para siempre: el hombre tiene que elegir; pero, además, en los últimos tiempos de su transcurrir, el hombre ha sufrido otra pérdida: las tradiciones que habían servido de contrafuerte a su conducta se están diluyendo a pasos agigantados. Carece, pues, de un instinto que le diga lo que ha de hacer, y no tiene ya tradiciones que le indiquen lo que debe hacer; en ocasiones no sabe ni siquiera lo que le gustaría hacer. En su lugar, desea hacer lo que otras personas hacen (conformismo) o hace lo que otras personas quieren que haga (totalitarismo).
Mi equipo del departamento neurológico realizó una encuesta entre los pacientes y los enfermos del Hospital Policlínico de Viena y en ella se reveló que el 55 % de las personas encuestadas acusaban un mayor o menor grado de vacío existencial. En otras palabras, más de la mitad de ellos habían experimentado la pérdida del sentimiento de que la vida es significativa.
Este vacío existencial se manifiesta sobre todo en un estado de tedio. Podemos comprender hoy a Schopenhauer cuando decía que, aparentemente, la humanidad estaba condenada a bascular eternamente entre los dos extremos de la tensión y el aburrimiento. De hecho, el hastío es hoy causa de más problemas que la tensión y, desde luego, lleva más casos a la consulta del psiquiatra. Estos problemas se hacen cada vez más críticos, pues la progresiva automatización tendrá como consecuencia un gran aumento del promedio de tiempo de ocio para los obreros. Lo único malo de ello es que muchos quizás no sepan qué hacer con todo ese tiempo libre recién adquirido.
Pensemos, por ejemplo, en la "neurosis del domingo", esa especie de depresión que aflige a las personas conscientes de la falta de contenido de sus vidas cuando el trajín de la semana se acaba y ante ellos se pone de manifiesto su vacío interno. No pocos casos de suicidio pueden rastrearse hasta ese vacío existencial. No es comprensible que se extiendan tanto los fenómenos del alcoholismo y la delincuencia juvenil a menos que reconozcamos la existencia del vacío existencial que les sirve de sustento. Y esto es igualmente válido en el caso de los jubilados y de las personas de edad.
Sin contar con que el vacío existencial se manifiesta enmascarado con diversas caretas y disfraces. A veces la frustración de la voluntad de sentido se compensa mediante una voluntad de poder, en la que cabe su expresión más primitiva: la voluntad de tener dinero. En otros casos, en que la voluntad de sentido se frustra, viene a ocupar su lugar la voluntad de placer. Esta es la razón de que la frustración existencial suele manifestarse en forma de compensación sexual y así, en los casos de vacío existencial, podemos observar que la libido sexual se vuelve agresiva.
Algo parecido sucede en las neurosis. Hay determinados tipos de mecanismos de retroacción y de formación de círculos viciosos que trataré más adelante. Sin embargo una y otra vez se observa que esta sintomatología invade las existencias vacías, en cuyo seno se desarrolla y florece. En estos pacientes el síntoma que tenemos que tratar no es una neurosis noógena. Ahora bien, nunca conseguiremos que el paciente se sobreponga a su condición si no complementamos el tratamiento psicoterapéutico con la logoterapia, ya que al llenar su vacío existencial se previene al paciente de ulteriores recaídas. Así pues, la logoterapia está indicada no sólo en los casos noógenos como señalábamos antes, sino también en los casos psicógenos y, sobre todo, en lo que yo he denominado "(pseudo)neurosis somatógenas". Desde esta perspectiva se justifica la afirmación que un día hiciera Magda B. Arnold2: "Toda terapia debe ser, además, logoterapia, aunque sea en un grado mínimo."


Fuente: Viktor Frankl, ‘El hombre en busca de sentido’.



2.  Magda B. Arnold y John A. Gasson, "The Human Person, The Ronald Press Company, Nue­va York, 1954, p. 618.

Sensación, Emoción y Sentimiento

Los sentimientos son un camino para encontrar y contactar con las áreas de sentido en nuestra vida, de ahí la importancia de trabajar y profundizar en ellos ya que mientras más capacidad de sentir tenga la persona, más autoconocimiento y crecimiento de sí misma tendrá.

¿Qué es una sensación? Es la reacción fisiológica que deja huella en el cuerpo. Al hablar de sentimientos forzosamente tenemos que hablar de las sensaciones que lo acompañan.

¿Qué es una emoción? Es un sentimiento breve, de aparición abrupta y corta, tienen q ver con la sobrevivencia, no son aprendidas, tiene manifestaciones físicas conscientes. No sabes distinguirlas del sentimiento por su brevedad. Su objetivo es la supervivencia y el desarrollo.

¿Qué es un sentimiento? Es más prolongado y suave que la emoción, tiene que ver con una experiencia cognitiva, dependen de la cultura, algunas creencias los pueden bloquear. Un sentimiento es una sensación corporal que la persona interpreta y concretiza, bautiza con un nombre desde su experiencia, cultura, creencias. Es una percepción de un determinado estado del cuerpo junto con la percepción de un determinado modo de pensar y concebir lo que nos pasa.

Características sentimientos: son amorales, (no son ni buenos ni malos), espontáneos (queramos o no sentimos, no los pensamos), pertenecen a la condición humana, tienen duración e intensidad, siempre son indicadores de una necesidad, son únicos e irrepetibles, comunican de manera no verbal generalmente, diversos, informan de aquello que es significativo, motivan y organizan la acción, clarifican el pensamiento y la toma de decisiones, generadores de comportamientos éticos, favorecen el autoconocimiento. Los sentimientos me dan dignidad.



Fuente: Alejandro Unikel y Adriana León Portilla (2013, SMAEL). 

lunes, 28 de septiembre de 2015

Arteterapia con niños en edad preescolar

Resumen
El niño preescolar hace sus primeras incursiones en el mundo social y comienzan a asistir a centros de educación, este hecho reafirma su proceso de autonomía y de desarrollo individual pero a la vez trae consigo momentos de tensión y ansiedad a los pequeños. Comprender las reglas y normas por los cuales se mueven las relaciones sociales puede ser complicado y expresar sus sentimientos a través de palabras aún más, sobretodo en esta edad cuando el uso del lenguaje es todavía muy limitado.
Los niños preescolares son artistas innatos y seres simbólicos, su sentido de la intuición hace que puedan expresarse a través del arte y del juego sin necesidad de demasiadas pautas, ya que éste es un medio de expresión que les pertenece y les resulta más placentero y familiar.
La Intervención Terapéutica “Arteterapia para niños en edad preescolar“ basa su metodología en el juego y en la capacidad creativa de resignificar la realidad, siendo aspectos claves de la terapia: la relación con el terapeuta, los límites y el espacio tanto físico como simbólico.

Los objetivos que se buscan en esta intervención son: estimular la búsqueda de resoluciones creativas, favorecer el proceso de reafirmación de la individualidad y facilitar la expresión de emociones dentro de un entorno seguro como es el espacio del juego.

Introducción
Desde mi experiencia en el trabajo con niños pequeños surgen muchos interrogantes y la necesidad de crear una metodología de trabajo que sea específica para los niños en edad preescolar, que estuviera adecuad a sus necesidades y que respondiera a una serie de conflictos y de sucesos que se dan en esta edad.
La terapia artística es un medio que puede ayudar al niño a atravesar esta etapa de su vida, estableciendo una vía de comunicación y expresión de las emociones y ayudándolo en su proceso de autonomía y autoafirmación.
En el desarrollo de esta investigación ha sido de gran importancia la “Teoría de los objetos y los fenómenos transicionales” de D.W. Winnicott, y los aportes de H. Gardner. A continuación haré una breve descripción de las diferentes características de la etapa preescolar y de como el niño de esta edad hace uso del juego simbólico y del arte como medio de comunicación y posteriormente desarrollaré los aspectos principales de una intervención de arteterapia creada especialmente para el niño preescolar.


1. El mundo del niño preescolar

El niño preescolar hace sus primeras incursiones en el mundo social comienzan a asistir a centros de educación, pasa más tiempo alejados de sus padres y de los familiares, esta situación reafirma su proceso de autonomía y de desarrollo individual pero a la vez trae consigo momentos de tensión y ansiedad a los pequeños. El comienzo de una vida social autónoma fuera de la protección de los padres y la llegada del lenguaje es una experiencia muy excitante, pero también conlleva exigencias a nivel social que tensionan al niño, lejos ya de la seguridad de los cuidados maternales. Comprender las reglas y normas por los cuales se mueven las relaciones sociales puede ser complicado y expresar sus sentimientos a través de palabras aún más sobretodo en esta edad cuando el uso del lenguaje es todavía muy limitado.
Los niños preescolares son artistas innatos, su sentido de la intuición hace que puedan expresarse a través de las artes sin necesidad de demasiadas pautas, el arte es un medio de expresión que les pertenece y les resulta placentero y familiar.
El juego simbólico se une a la intuición para potenciar su capacidad de creación y a la gran imaginación que es característica en esta etapa del desarrollo infantil.

Viéndolo de este punto de vista el mundo del niño preescolar es complejo y difícil de entender si tenemos en cuenta que estos niños no tienen un desarrollo del lenguaje adecuado para expresar sus sentimientos o contarnos exactamente que es lo que creen.
Por parte de los padres la crianza presenta dificultades, momentos familiares difíciles que pueden resolverse bien si los cuidadores están advertidos, informados o pueden ser ayudados.

Resolverse bien significa establecer una vía de comunicación para desanudar conflictos y aliviar el sufrimiento.
Además, el niño preescolar, está experimentando un veloz desarrollo psíquico, mucho mayor que el del escolar de más edad, y por consiguiente los efectos de los traumas son comparativamente grandes en la edad del preescolar (Winnicott, 1996).

La autonomía y la escolarización
A partir de los primeros meses de vida el niño comienza un proceso por el cual empezará a independizarse de la madre de manera paulatina. En la edad preescolar con el comienzo de la escolarización, para la mayoría, se produce las primeras experiencias en que el niño se ve alejado de su madre por periodos más prolongados, en estos momentos la conducta de apego se intensifica por el temor (Bowlby, 1985). Este período puede considerarse un momento crítico para el proceso de autonomía del niño, por lo cual podemos considerar que si lo atraviesa de manera exitosa, en relación a que no se producen traumas por la separación, la adaptación del niño con el medio en el momento de la escolarización será mejor y de manera más natural.



2. El niño preescolar: un ser simbólico

En los primeros años de su desarrollo, los niños aprenden a dominar los sistemas se símbolos de la cultura, pero este dominio es, en gran medida, un asunto privado. Sin duda, los chicos se dedican a explorar para que sirve o no sirve cada sistema: experimentan y juegan activamente con él, y en este proceso suelen lograr efectos que a ellos les resultan muy agradables y a otros les parecen maravillosos.(Gardner, 1982)
El juego simbólico del niño preescolar se desarrolla más allá de su lenguaje y de su ámbito familiar, los niños de esta edad tienden a captar el mundo y a representar sus experiencias con la realidad a través de numerosas actividades que realizan constantemente, ya sea a través de la expresión gráfica, la pintura, contando historias, construyendo con bloques, jugando con muñecos, bailando, cantando, realizando un juego fingido o jugando a adquirir un rol. El juego simbólico representa para el niño una oportunidad de experimentar los papeles que a la larga asumirá en el mundo adulto, esto se da, por ejemplo, en el juego con muñecas o cuando recrea fragmentos de acontecimientos o deseos a través de sus dibujos. El juego se une a la intuición para potenciar su capacidad de creación y la gran imaginación que es característica en esta etapa del desarrollo infantil. Cuando el niño lleva a cabo un juego de fingir realiza una actividad mental diferente (Gardner, 1991) el niño reconoce lo que un objeto es, pero finge que es otra cosa, o finge que él, que es un niño, es un adulto o un animal, por ejemplo.
Los niños son conscientes de que están fingiendo y raramente resultan confundidos por esta conducta, si no más bien se deleitan con ella ya que le produce un gran placer.
Durante los primeros años de vida, buena parte del conocimiento por guiones es manifiesto en las clases de secuencias simbólicas o “fingidas”, o de “juego fingido”, en las que los niños juegan solos con accesorios de tamaño infantil, con otros niños o con los padres (Gardner, 1991, Pág. 80)
A partir de esto podemos decir que en los primeros años los niños se vuelven capaces de imaginar, de ver un objeto como si fuera otro y de creer en un estado de las cosas diferente al que los sentidos perciben. Esta posibilidad le da al pequeño un gran y nuevo poder que le permite la creación de obras de arte y productos de la imaginación de carácter único y personal ya que provienen directamente de la mente del niño y de su capacidad simbólica de ver el mundo. También podemos decir que existe en el niño preescolar una capacidad de resignificación de la realidad, que es uno de los aspectos claves de la Intervención Terapéutica que posteriormente desarrollaré.
Según Gardner (1994) entre los preescolares es lícito hablar de lenguaje preescolar, el lenguaje metafórico de los niños preescolares se da cuando el niño le da una nueva denominación a un objeto, basada en la semejanza perceptiva, en la similitud de acción o combinado la percepción y la acción.

El lenguaje simbólico del arte
Cuando el lenguaje verbal no está todavía desarrollado a niveles en que el niño sea capaz de expresarse en palabras con toda su intención y significado es posible que mucha información y expresión se dé a través de otras formas de comunicación como puede ser el movimiento corporal, el juego simbólico o la expresión a través de materiales plásticos. Los niños de esta edad son artistas innatos, su sentido de la intuición hace que puedan expresarse a través de las artes sin necesidad de demasiadas pautas, el arte es un medio de expresión que les pertenece y les resulta placentero y familiar.
Los años preescolares son descritos por Gardner (1990); como la “Edad de oro de la creatividad”, esta es la época en que todo niño irradia habilidades artísticas, sus creaciones son de carácter personal y muy imaginativas, el niño resulta muy seducido por materiales que pueda captar a través de los sentidos. La pintura puede significar un instrumento adecuado para la expresión y para el desarrollo del juego, ya que de forma natural los niños muestran conocimientos simbólicos e intuitivos y son capaces de crear obras pictóricas que representen simbólicamente su mundo. Las artes proporcionan al pequeño un marco especial de expresión en los cuales se sienten cómodos de expresar lo que sienten a través de símbolos.
Sin precisamente demasiado apoyo por parte de los adultos, la mayoría de los niños de dos años disfrutan garabateando. Y parecen descubrir por sí mismos un conjunto de maneras de hacer líneas, puntos y formas geométricas sencillas.
A la edad de tres o cuatro años, estos niños empiezan a dibujar de un modo figurativo: la figura humana, determinadas figuras animales y determinados objetos como árboles y soles se distribuyen por los lienzos del preescolar. Estas representaciones no son copias serviles de los objetos, ni dibujos de objetos, sino que, más bien, los niños de esta edad intentan crear un equivalente en forma gráfica de su concepción general del objeto (Gardner,1990, Pág. 43)
La mayoría de los niños en edad preescolar demuestran excitación cuando se le ofrece un material para trabajar, y a partir de eso comienzan a crear y a contar que es lo que están haciendo, arman historias que son capaces de contar verbalmente, o muchas veces prefieren no hablar ya que la creación plástica se convierte en una forma más fluida de lenguaje que las palabras,en donde puede representar las imágenes tal como se les presentan en su cabeza.


3. La importancia del desarrollo de la creatividad y el arte dentro del proceso de autonomía del niño

El niño: un ser creador
Según Winnicott( 1971) la creatividad es universal y corresponde a la condición del ser humano de sentirse vivo, la creatividad se ve reflejada en la capacidad que tiene el individuo de responder ante la realidad exterior y los fenómenos exteriores, y esta capacidad se puede ir enriqueciendo con la experiencia vital.
La capacidad creativa del niño tiene su origen en las relaciones objetales ( Winnicott, 1971) que el bebé establece con la madre y con objetos externos. En un comienzo es el ambiente posibilitador creado por la madre el que proporciona al niño la experiencia de omnipotencia creativa, la madre satisface las necesidades instintivas del niño sin frustrar ni privarlo. Gracias a la adaptación, la madre da al niño la oportunidad de crearse la ilusión del dominio mágico de los objetos. Posteriormente la tarea de la madre será la de desilusionar y frustrar al bebé en forma gradual para que éste pueda hacer frente a la pérdida de la omnipotencia, pero para ello es importante que antes le haya ofrecido al niño suficientes oportunidades de ilusión.
Según Winnicott el proceso de ilusión-desilusión es básico para la adaptación de la persona a la realidad y a través de éste, el niño, toma conciencia del mundo objetivo y su mundo subjetivo, la relación y tensión entre ambos es la que da al niño el impulso y la oportunidad de crear. La tensión entre la realidad objetiva y la subjetividad del niño se disipa en la zona intermedia del espacio transicional, pero para la formación de dicho espacio es básico que el niño halla aprendido a crear.
La creatividad refuerza la zona intermedia entre el sujeto y el exterior y a la vez un espacio transicional fuerte estimula el desarrollo de la creatividad. Las experiencias creativas ayudan los niños a expresar y enfrentar sus sentimientos, también fomenta el crecimiento mental en niños porque provee oportunidades para ensayar nuevas ideas y probar nuevas formas de pensar y de solucionar problemas.
Es importante que el niño pueda sentirse un ser creador, ya que el acto de creación en sí, reafirma el sentimiento de estar vivo y a la vez acentúa la subjetividad de la experiencia ya que intensifica el apoderamiento de la experiencia vital y el hecho de sentir que, es el propio niño el que está viviéndola, el que la está haciendo suya. La habilidad de ser creativo ayuda a consolidar la salud emocional de los niños, ya que la creatividad es la forma más libre de expresión propia, no hay nada más satisfactorio para los niños que poder expresarse completa y libremente, todo lo que los niños necesitan para ser verdaderamente creativos es la libertad para comprometerse y esforzarse en convertir la actividad en la cual están trabajando en algo propio, ya que toda actividad creativa es el proceso de la expresión propia que ayuda a reconocer y a celebrar el aspecto único de la subjetividad del niño, frente a la objetividad de la realidad.

Del objeto transicional al arte
En el proceso de autonomía del niño las relaciones con los objetos externos son de gran importancia, en un primer momento este objeto se verá representado por el cuerpo de la madre, luego este lugar lo ocuparán objetos que recordarán al niño la presencia materna, lo que Winnicott llama objetos transicionales, como una mantita o un peluche, por ejemplo.
Poco a poco estos objetos serán dejados de lado y este espacio de transición entre el niño y la realidad será ocupado por actividades creativas como el arte y la cultura ( Winnicott, 1971).
En este sentido el crecimiento del niño toma la forma de un intercambio continuo entre la realidad exterior e interior, por la cual cada una es enriquecida por la otra.
Al llegar a un estado de madurez el niño ha desarrollado un interior y un exterior y se va liberando del cuidado materno, en el interior del niño se encuentra su verdadero Yo, el cual, si es fuerte, puede relacionarse con la realidad externa sin sufrir traumas. El objeto transicional representa el viaje del niño desde la subjetividad pura a la objetividad, desde la indiferenciación con la madre a la aceptación de ésta como objeto exterior con el cual puede establecer una relación objetal. Para Winnicott, resulta más importante el hecho de que el objeto transicional represente a la madre y precisamente no sea la madre, esto indica que se ha aceptado algo como no-Yo, aunque este algo no sea tampoco del todo perteneciente a la realidad exterior /objetiva. Esta es la paradoja que en opinión del autor debe ser tolerada, de manera que no es operativo formular la pregunta de si el objeto transicional fue creado por el niño o le fue presentado desde el exterior, la aceptación de esta paradoja, supone la de todos aquellos fenómenos que no pueden ser considerados enteramente subjetivos ni objetivos, y que abarcan todo el campo de los fenómenos culturales. En este sentido si el objeto transicional se abandona y pierde importancia, no es porque desaparezca la zona de experiencia que éste expresa, sino porque precisamente su significación se ha extendido para abarcar todo el espacio propio de lo cultural (Winnicott, 1971). En condiciones de salud, hay una evolución desde el fenómeno de transición, y el uso de objetos transicionales hasta la plena capacidad para el juego. Con el tiempo estos objetos van perdiendo su función y simplemente se van desvaneciendo y se convierten en el grupo de fenómenos que se van ampliando hasta constituir todo el dominio del juego infantil y de las actividades e intereses culturales.
Potenciar el desarrollo de actividades artísticas en la edad preescolar puede facilitar su proceso de autonomía ya que a través de éstas el niño se apodera de la experiencia vital para hacerla suya, el acto de crear significa para el niño la comprensión de ser una persona subjetiva escindida de la realidad objetiva. El arte ejecutado de manera libre da reflejo al niño de que él es persona, ya que en esta actividad el niño pone en juego sus propias creencias y sentimientos para encontrarse a sí mismo, lejos de la protección materna y familiar.


Fragmento de Artículo: Arteterapia - Papeles de arteterapia y educación artística para la inclusión social 159Vol. 4/ 2009 (págs: 159-175).

jueves, 24 de septiembre de 2015

Sobre la Ira y el Resentimiento

Todos hemos sentido alguna vez la fuerza avasalladora de la rabia. En más de una ocasión se ha despertado en nosotros el deseo irrefrenable de hacer picadillo al que tenemos enfrente y, tal como dice el funesto refrán, “matar y comer del muerto”.
Una manera primitiva y carroñera de mostrar hasta cuánto somos capaces de odiar y hasta dónde llegaríamos para cumplir los designios destructivos de la más vigorosa de las emociones primarias. La ira es una bomba atómica en miniatura que nos imprime vigor y fortaleza. Aunque estamos acostumbrados a verla como una especie de Sansón torpe y retardado, la ira biológica no es tan irracional ni tan tonta. Más bien se trata de un aliado para los momentos difíciles, sin el cual no podríamos sobrevivir.


Descifrando la ira

Supongamos que colocamos una rata hambrienta en el extremo de un corredor, y en la otra punta un oliente y tentador queso tamaño industrial. Supongamos también que entre la rata y el queso ubicamos un vidrio transparente que no sea detectado por el roedor. Cuando soltemos el animal, éste correrá desesperado hacia el alimento hasta chocar con el vidrio. En el momento de la colisión, la rata no lamentará “lo que podría haber sido y no fue”, ni tampoco se sentará desconsoladamente a llorar, por el contrario, en su pequeño cuerpo un volcán bioquímico hará erupción, un estallido de poder la impulsará a insistir una y otra vez contra el obstáculo transparente: se habrá activado la ira. Cuanto más se estrelle, más será la firmeza. Si al cabo de algunos minutos el obstáculo no cede, la rata se resignará y su estado brioso dará lugar a un apaciguamiento natural: “Nada pudo hacerse”. Si por el contrario, el vidrio cede a las arremetidas, el queso será devorado. No hay puntos medios, todo o nada. En este sencillo experimento de laboratorio queda expuesto uno de los mecanismos más bellos del mundo animal: “cuando un obstáculo impide alcanzar una meta relevante para la supervivencia, el organismo desarrolla fuerza y vigor a través de la ira para tratar de destruir, eliminar o sacar del medio el estorbo. La versión humana de este ejemplo se llama frustración: si las cosas no son como nos gustaría que fueran, pataleta. Cuando nuestras expectativas psicológicas no se cumplen, el organismo nos da una sobredosis de empuje para que superemos el obstáculo como si se tratara de un impedimento físico real. Un respaldo biológico patrocinado por el cosmos.
En otro ejemplo, si tuviéramos un ratón metido a presión en un frasquito, es decir, atrapado y sin movimiento, se activaría un proceso similar. La cólera empezaría a producir los cambios hormonales necesarios para que el animalito pudiera romper el frasco y escapar. En este caso, la ira posibilita el escape y la libertad. En la psicología humana ocurre algo similar: cuando sentimos que estamos acosados o bajo presión, la mente envía el mensaje clave de “atrapado”, y aunque el encierro sea simbólico, la ira interviene rápidamente como si se tratara de una verdadera prisión. El universo nos quiere libres.
Finalmente, imaginémonos un pacífico conejito de angora encerrado en una jaula, al cual comenzamos a chuzar y molestar con un palo, una y otra vez. Al cabo de unos minutos, en el tierno y dulce animal comenzara a gestarse una transformación similar a la que se producía en el “Hombre Increíble”, pero menos espectacular y sin tanto verde. El dolor físico activará la bestia primitiva y atacará sin compasión al extraño agresor. Nuevamente la imprescindible ira habrá hecho su aparición, esta vez para destruir al contrincante y salvarse. Ante el dolor, el organismo segrega ira para suprimir el evento aversivo. A diario, cuando alguien nos ofende o nos lastima psicológicamente, de inmediato la biología genera rabia y adoptamos una posición defensiva y de choque como si estuviéramos frente a un depredador real; no importa qué tan irracional sea, otra vez el cuerpo le cree a la mente. La ira no pregunta ni consulta opiniones, simplemente nos impide agachar la cabeza.
En resumidas cuentas: ante los obstáculos, los encierros y los ataques, la emoción primaria de la ira actúa como un ángel de la guarda, que nos permite perseverar, escapar y defendernos.

Obviamente, la idea no es andar rabiosos todo el día, sintiéndonos orgullosos de pisarle la cabeza al vecino, sino hacer un uso adecuado de ella. Tanto la represión del Tipo C, como la hostilidad del Tipo A, nos alejan del lado bueno y saludable de la emoción. Adornar la ira, suavizarla, sanearla, adecuarla, canalizarla, pero finalmente expresarla y dar en el blanco. Por ejemplo, si alguien me está perjudicando en algún sentido, puedo callarme y acumular rencor, o enfrentarlo y hacerle saber lo que pienso, sin gritar, insultar o golpear, sencillamente sentando un precedente y descargando mi sentimiento. Aunque la ira implica destrucción, no es lo mismo que agresión. La agresión es la ira dirigida a violar los derechos de los otros. De manera similar, la violencia es la filosofía que respalda y sustenta un estilo agresivo y generalizado. Si la ira se vuelve enfermedad, ya sea por causas hormonales o psiquiátricas, la persona debe recibir ayuda profesional especializada.

Como no somos buenos observadores emocionales, muchas veces no encontramos la causa de nuestra irritabilidad y comienzan a pagar justos por pecadores. Este fenómeno, del que todos hemos sido víctimas alguna vez, se conoce como transferencia de la agresión y consiste en el siguiente principio irracional: “Si alguien me produce dolor o me ataca, y no puedo detenerlo, agredo al que está a mi lado”. Algo tan absurdo como decir: “Tengo tanta ira que debo entregársela a alguien”. El típico ejemplo del padre que llega a su casa después de doce horas de jornada laboral, harto, cansado y transpirando estrés, y se desquita con los hijos y la mujer, en vez de haberlo hecho con el jefe o el cliente. Imperdonable.
El desconocimiento de lo que significa la ira, nos lleva a no saber detectar las causas que la originan. Una paciente mujer consultó porque últimamente no se soportaba ni ella misma. Su familia le reclamaba más tolerancia y serenidad, y la calificaban como “una bomba de tiempo” dispuesta a estallar en cualquier momento. Ella nunca había sido así, pero en los últimos tres meses algo la impulsaba a ser agresiva y no era capaz de controlarlo. Aparentemente nada justificaba la irritabilidad y el mal genio de mi paciente. Recuerdo que durante varias citas tratamos de detectar alguna situación que hubiera podido incidir en su estado de ánimo y empezamos a descartar causas orgánicas, pero al parecer su vida era totalmente pacífica. Un día, durante una de las citas, recordó que tenía que llamar a su casa para darle unas indicaciones importantes a la muchacha del servicio, y apresuradamente comenzó a marcar su celular. Durante la conversación que sostuvo con la empleada, noté que su voz adquiría un tono grave y sus gestos se endurecían. Cuando colgó, luego de un suspiro profundo, recuperó el papel de paciente juiciosa: “Le pido disculpas, pero la niña del servicio es nueva y no ha resultado muy buena que digamos... Le tuve que avisar que no metiera recipientes metálicos al microondas... Ayer lavó una ropa de lino importada en la lavadora y la semana pasada le quemó una camisa a mi esposo... En fin... Mejor hablemos de cosas importantes...” Yo preferí seguir con la cuestión: “Pienso que el tema es muy importante. No sabía que se había quedado sin servicio. Debe de ser difícil hacerse cargo de todo y además entrenar a la nueva persona”. Ella se acomodó en la silla como si fuera a dar una larga disertación: “Más que difícil. Yo había tenido una durante diez años pero se fue sin avisar.. Imagínese... La que tengo ahora es un lío... No sabe lo que es una aceituna, nunca habías visto un horno microondas, no sabe cocinar... El otro día me tendió la cama con la sábana encima de la colcha...” A medida de que iba hablando, sus ojos se volvían más pequeños, el entrecejo se arrugaba, el cuerpo se engarrotaba, un rubor nada rozagante subía por su rostro y sus manos se encrespaban. Le pedí que verbalizara su sentimiento. Demoró un poco su respuesta, pero logró reconocer la emoción: “No sé, me exalté un poco, ¿verdad?... Creo que siento rabia... mucha rabia”, y comenzó a llorar. Su empleada de servicio de toda la vida la había abandonado hacía ocho meses y sus intentos por reemplazarla habían fracasado. He conocido amas de casa que prefieren la viudez a quedarse sin servicio. Le comenté que esa podía ser la razón de su mal, pero rechazó rápidamente la conclusión: “Sería ridículo consultar a un psicólogo por esa estupidez... ¡Con todos lo problemas graves que tienen las personas y yo verme afectada por una muchacha!... No creo... O si fuera así me sentiría como una tonta...”. Pero en realidad, ésa era la causa. En psicología no hay motivos de primera o segunda categoría, los acontecimientos vitales pueden ser de cualquier índole y afectar igualmente al sujeto. El origen no debe buscarse necesariamente en los famosos traumas freudianos, ni en los magnicidios de crónica policial, sino en las debilidades idiosincrásicas de cada uno. En el caso mencionado, los tres elementos disparadores de la ira se dieron cita: frustración de no poder recuperar una ayuda doméstica adecuada; presión, debido a la poca eficiencia de sus empleadas; y dolor por la poca comprensión de su familia. Un barril de pólvora con la mecha encendida. Cuando mi paciente logró detectar claramente la verdadera fuente de su malestar, pudo afrontar adecuadamente el problema y darle solución.


La mente inventa el rencor y el auto-castigo

La consecuencia de esconder, reprimir y disfrazar la ira, ha creado un evidente descuido frente a la posibilidad de integrarla constructivamente. Más aun, preferimos ignorarla para evitar problemas y postergar su ejecución. A la ira no manifestada y almacenada en el pasado, se la conoce como rencor o resentimiento.
Con el transcurso del tiempo, este encono puede convertirse en odio indiscriminado, y la destrucción adaptativa se transforma en aniquilamiento irracional. Ésta es la razón por la cual las personas que albergan resentimiento se vuelven amargadas, marchitas y enfermas. Este holocausto interior suele desbordar sus propios límites y arrasar con todo aspecto positivo, propio y ajeno. El rencor jamás se queda quieto, va socavando cada rincón del alma hasta eliminar todo vestigio de vida y bienestar, hasta convertirse en pura violencia. Uno de mis paciente hombres llegó a separarse de su mujer, pese a quererla mucho, porque fue incapaz de perdonar una descortesía de su suegra ocurrida ocho años antes. Ni los ruegos de sus hijos, ni el perdón solicitado por la señora, fueron capaces de aminorar el orgullo y el rencor de este pobre hombre. En otro caso, una señora que sufría de “iras malas” se metía debajo de la cama a gritar, insultar y maldecir los nombres de cada una de sus adversarias, algunas de ellas ya muertas. Como un televisor defectuoso, las imágenes de viejas rencillas se disparaban solas y el rencor asociado comenzaba a hacer de las suyas. El bloqueo sostenido de la ira desvirtúa su misión y la vuelve tóxica. Las personas que destilan veneno son víctimas de esta descomposición interior causada por una sobre-acumulación de iras sin procesar ni resolver.
Los estudios comparativos sobre resentimiento en animales y humanos muestran que los monos hacen las paces minutos después de las peleas, jugando y montándose unos sobre otros ceremonialmente. Curiosamente, y sin querer ofender a las feministas, en estos estudios, las hembras monos perdonan menos que los machos y pueden recordar los agravios el resto del día. Por su parte, los chimpancés se perdonan solamente horas después de la ofensa, por medio del contacto físico o haciendo el amor.
Estos resultados contrastan marcadamente con la duración del resentimiento en los humanos, que tal como sabemos, puede durar años, o incluso siglos, como en el caso de las guerras. Parecería que a más evolución, más memoria, pero también más resentimiento y menos pacificación.
Los individuos que acumulan demasiada ira, pueden desviarla hacia ellos mismos y caer en el auto-castigo despiadado: una forma moderna de “harakiri”. Las modalidades de auto-destrucción asumen las más variadas formas, algunas son directas y otras muy sofisticadas e inconscientes. A una de mis pacientes, solamente le gustaban los hombres que la aporreaban, física o psicológicamente. Cuando conocía un “buen tipo”, simplemente no sentía química. Reiteradamente me preguntaba: “¿Por qué los hombre que se acercan a mí son todos iguales?” Pero el azar no tenía nada que ver, ella los elegía. Al avanzar en la terapia quedó claro que albergaba un profundo odio contra sí misma, originado en viejas culpas, y que sus “malas elecciones” no eran otra cosa que una manera de castigarse para comprobar lo poco querible que era. En el mundo de las motivaciones psicológicas, nada es evidente. Las personas que restringen su autogratificación, de un modo u otro, no se quieren a sí mismas. De manera similar, cuando la auto-exigencia es alta y la auto-evaluación muy estricta, no solamente aporreamos nuestro yo, sino que comenzamos a entrar peligrosamente en los terrenos de la depresión.




Fuente: “De regreso a casa”, por W. Riso.