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jueves, 24 de septiembre de 2015

Sobre la Ira y el Resentimiento

Todos hemos sentido alguna vez la fuerza avasalladora de la rabia. En más de una ocasión se ha despertado en nosotros el deseo irrefrenable de hacer picadillo al que tenemos enfrente y, tal como dice el funesto refrán, “matar y comer del muerto”.
Una manera primitiva y carroñera de mostrar hasta cuánto somos capaces de odiar y hasta dónde llegaríamos para cumplir los designios destructivos de la más vigorosa de las emociones primarias. La ira es una bomba atómica en miniatura que nos imprime vigor y fortaleza. Aunque estamos acostumbrados a verla como una especie de Sansón torpe y retardado, la ira biológica no es tan irracional ni tan tonta. Más bien se trata de un aliado para los momentos difíciles, sin el cual no podríamos sobrevivir.


Descifrando la ira

Supongamos que colocamos una rata hambrienta en el extremo de un corredor, y en la otra punta un oliente y tentador queso tamaño industrial. Supongamos también que entre la rata y el queso ubicamos un vidrio transparente que no sea detectado por el roedor. Cuando soltemos el animal, éste correrá desesperado hacia el alimento hasta chocar con el vidrio. En el momento de la colisión, la rata no lamentará “lo que podría haber sido y no fue”, ni tampoco se sentará desconsoladamente a llorar, por el contrario, en su pequeño cuerpo un volcán bioquímico hará erupción, un estallido de poder la impulsará a insistir una y otra vez contra el obstáculo transparente: se habrá activado la ira. Cuanto más se estrelle, más será la firmeza. Si al cabo de algunos minutos el obstáculo no cede, la rata se resignará y su estado brioso dará lugar a un apaciguamiento natural: “Nada pudo hacerse”. Si por el contrario, el vidrio cede a las arremetidas, el queso será devorado. No hay puntos medios, todo o nada. En este sencillo experimento de laboratorio queda expuesto uno de los mecanismos más bellos del mundo animal: “cuando un obstáculo impide alcanzar una meta relevante para la supervivencia, el organismo desarrolla fuerza y vigor a través de la ira para tratar de destruir, eliminar o sacar del medio el estorbo. La versión humana de este ejemplo se llama frustración: si las cosas no son como nos gustaría que fueran, pataleta. Cuando nuestras expectativas psicológicas no se cumplen, el organismo nos da una sobredosis de empuje para que superemos el obstáculo como si se tratara de un impedimento físico real. Un respaldo biológico patrocinado por el cosmos.
En otro ejemplo, si tuviéramos un ratón metido a presión en un frasquito, es decir, atrapado y sin movimiento, se activaría un proceso similar. La cólera empezaría a producir los cambios hormonales necesarios para que el animalito pudiera romper el frasco y escapar. En este caso, la ira posibilita el escape y la libertad. En la psicología humana ocurre algo similar: cuando sentimos que estamos acosados o bajo presión, la mente envía el mensaje clave de “atrapado”, y aunque el encierro sea simbólico, la ira interviene rápidamente como si se tratara de una verdadera prisión. El universo nos quiere libres.
Finalmente, imaginémonos un pacífico conejito de angora encerrado en una jaula, al cual comenzamos a chuzar y molestar con un palo, una y otra vez. Al cabo de unos minutos, en el tierno y dulce animal comenzara a gestarse una transformación similar a la que se producía en el “Hombre Increíble”, pero menos espectacular y sin tanto verde. El dolor físico activará la bestia primitiva y atacará sin compasión al extraño agresor. Nuevamente la imprescindible ira habrá hecho su aparición, esta vez para destruir al contrincante y salvarse. Ante el dolor, el organismo segrega ira para suprimir el evento aversivo. A diario, cuando alguien nos ofende o nos lastima psicológicamente, de inmediato la biología genera rabia y adoptamos una posición defensiva y de choque como si estuviéramos frente a un depredador real; no importa qué tan irracional sea, otra vez el cuerpo le cree a la mente. La ira no pregunta ni consulta opiniones, simplemente nos impide agachar la cabeza.
En resumidas cuentas: ante los obstáculos, los encierros y los ataques, la emoción primaria de la ira actúa como un ángel de la guarda, que nos permite perseverar, escapar y defendernos.

Obviamente, la idea no es andar rabiosos todo el día, sintiéndonos orgullosos de pisarle la cabeza al vecino, sino hacer un uso adecuado de ella. Tanto la represión del Tipo C, como la hostilidad del Tipo A, nos alejan del lado bueno y saludable de la emoción. Adornar la ira, suavizarla, sanearla, adecuarla, canalizarla, pero finalmente expresarla y dar en el blanco. Por ejemplo, si alguien me está perjudicando en algún sentido, puedo callarme y acumular rencor, o enfrentarlo y hacerle saber lo que pienso, sin gritar, insultar o golpear, sencillamente sentando un precedente y descargando mi sentimiento. Aunque la ira implica destrucción, no es lo mismo que agresión. La agresión es la ira dirigida a violar los derechos de los otros. De manera similar, la violencia es la filosofía que respalda y sustenta un estilo agresivo y generalizado. Si la ira se vuelve enfermedad, ya sea por causas hormonales o psiquiátricas, la persona debe recibir ayuda profesional especializada.

Como no somos buenos observadores emocionales, muchas veces no encontramos la causa de nuestra irritabilidad y comienzan a pagar justos por pecadores. Este fenómeno, del que todos hemos sido víctimas alguna vez, se conoce como transferencia de la agresión y consiste en el siguiente principio irracional: “Si alguien me produce dolor o me ataca, y no puedo detenerlo, agredo al que está a mi lado”. Algo tan absurdo como decir: “Tengo tanta ira que debo entregársela a alguien”. El típico ejemplo del padre que llega a su casa después de doce horas de jornada laboral, harto, cansado y transpirando estrés, y se desquita con los hijos y la mujer, en vez de haberlo hecho con el jefe o el cliente. Imperdonable.
El desconocimiento de lo que significa la ira, nos lleva a no saber detectar las causas que la originan. Una paciente mujer consultó porque últimamente no se soportaba ni ella misma. Su familia le reclamaba más tolerancia y serenidad, y la calificaban como “una bomba de tiempo” dispuesta a estallar en cualquier momento. Ella nunca había sido así, pero en los últimos tres meses algo la impulsaba a ser agresiva y no era capaz de controlarlo. Aparentemente nada justificaba la irritabilidad y el mal genio de mi paciente. Recuerdo que durante varias citas tratamos de detectar alguna situación que hubiera podido incidir en su estado de ánimo y empezamos a descartar causas orgánicas, pero al parecer su vida era totalmente pacífica. Un día, durante una de las citas, recordó que tenía que llamar a su casa para darle unas indicaciones importantes a la muchacha del servicio, y apresuradamente comenzó a marcar su celular. Durante la conversación que sostuvo con la empleada, noté que su voz adquiría un tono grave y sus gestos se endurecían. Cuando colgó, luego de un suspiro profundo, recuperó el papel de paciente juiciosa: “Le pido disculpas, pero la niña del servicio es nueva y no ha resultado muy buena que digamos... Le tuve que avisar que no metiera recipientes metálicos al microondas... Ayer lavó una ropa de lino importada en la lavadora y la semana pasada le quemó una camisa a mi esposo... En fin... Mejor hablemos de cosas importantes...” Yo preferí seguir con la cuestión: “Pienso que el tema es muy importante. No sabía que se había quedado sin servicio. Debe de ser difícil hacerse cargo de todo y además entrenar a la nueva persona”. Ella se acomodó en la silla como si fuera a dar una larga disertación: “Más que difícil. Yo había tenido una durante diez años pero se fue sin avisar.. Imagínese... La que tengo ahora es un lío... No sabe lo que es una aceituna, nunca habías visto un horno microondas, no sabe cocinar... El otro día me tendió la cama con la sábana encima de la colcha...” A medida de que iba hablando, sus ojos se volvían más pequeños, el entrecejo se arrugaba, el cuerpo se engarrotaba, un rubor nada rozagante subía por su rostro y sus manos se encrespaban. Le pedí que verbalizara su sentimiento. Demoró un poco su respuesta, pero logró reconocer la emoción: “No sé, me exalté un poco, ¿verdad?... Creo que siento rabia... mucha rabia”, y comenzó a llorar. Su empleada de servicio de toda la vida la había abandonado hacía ocho meses y sus intentos por reemplazarla habían fracasado. He conocido amas de casa que prefieren la viudez a quedarse sin servicio. Le comenté que esa podía ser la razón de su mal, pero rechazó rápidamente la conclusión: “Sería ridículo consultar a un psicólogo por esa estupidez... ¡Con todos lo problemas graves que tienen las personas y yo verme afectada por una muchacha!... No creo... O si fuera así me sentiría como una tonta...”. Pero en realidad, ésa era la causa. En psicología no hay motivos de primera o segunda categoría, los acontecimientos vitales pueden ser de cualquier índole y afectar igualmente al sujeto. El origen no debe buscarse necesariamente en los famosos traumas freudianos, ni en los magnicidios de crónica policial, sino en las debilidades idiosincrásicas de cada uno. En el caso mencionado, los tres elementos disparadores de la ira se dieron cita: frustración de no poder recuperar una ayuda doméstica adecuada; presión, debido a la poca eficiencia de sus empleadas; y dolor por la poca comprensión de su familia. Un barril de pólvora con la mecha encendida. Cuando mi paciente logró detectar claramente la verdadera fuente de su malestar, pudo afrontar adecuadamente el problema y darle solución.


La mente inventa el rencor y el auto-castigo

La consecuencia de esconder, reprimir y disfrazar la ira, ha creado un evidente descuido frente a la posibilidad de integrarla constructivamente. Más aun, preferimos ignorarla para evitar problemas y postergar su ejecución. A la ira no manifestada y almacenada en el pasado, se la conoce como rencor o resentimiento.
Con el transcurso del tiempo, este encono puede convertirse en odio indiscriminado, y la destrucción adaptativa se transforma en aniquilamiento irracional. Ésta es la razón por la cual las personas que albergan resentimiento se vuelven amargadas, marchitas y enfermas. Este holocausto interior suele desbordar sus propios límites y arrasar con todo aspecto positivo, propio y ajeno. El rencor jamás se queda quieto, va socavando cada rincón del alma hasta eliminar todo vestigio de vida y bienestar, hasta convertirse en pura violencia. Uno de mis paciente hombres llegó a separarse de su mujer, pese a quererla mucho, porque fue incapaz de perdonar una descortesía de su suegra ocurrida ocho años antes. Ni los ruegos de sus hijos, ni el perdón solicitado por la señora, fueron capaces de aminorar el orgullo y el rencor de este pobre hombre. En otro caso, una señora que sufría de “iras malas” se metía debajo de la cama a gritar, insultar y maldecir los nombres de cada una de sus adversarias, algunas de ellas ya muertas. Como un televisor defectuoso, las imágenes de viejas rencillas se disparaban solas y el rencor asociado comenzaba a hacer de las suyas. El bloqueo sostenido de la ira desvirtúa su misión y la vuelve tóxica. Las personas que destilan veneno son víctimas de esta descomposición interior causada por una sobre-acumulación de iras sin procesar ni resolver.
Los estudios comparativos sobre resentimiento en animales y humanos muestran que los monos hacen las paces minutos después de las peleas, jugando y montándose unos sobre otros ceremonialmente. Curiosamente, y sin querer ofender a las feministas, en estos estudios, las hembras monos perdonan menos que los machos y pueden recordar los agravios el resto del día. Por su parte, los chimpancés se perdonan solamente horas después de la ofensa, por medio del contacto físico o haciendo el amor.
Estos resultados contrastan marcadamente con la duración del resentimiento en los humanos, que tal como sabemos, puede durar años, o incluso siglos, como en el caso de las guerras. Parecería que a más evolución, más memoria, pero también más resentimiento y menos pacificación.
Los individuos que acumulan demasiada ira, pueden desviarla hacia ellos mismos y caer en el auto-castigo despiadado: una forma moderna de “harakiri”. Las modalidades de auto-destrucción asumen las más variadas formas, algunas son directas y otras muy sofisticadas e inconscientes. A una de mis pacientes, solamente le gustaban los hombres que la aporreaban, física o psicológicamente. Cuando conocía un “buen tipo”, simplemente no sentía química. Reiteradamente me preguntaba: “¿Por qué los hombre que se acercan a mí son todos iguales?” Pero el azar no tenía nada que ver, ella los elegía. Al avanzar en la terapia quedó claro que albergaba un profundo odio contra sí misma, originado en viejas culpas, y que sus “malas elecciones” no eran otra cosa que una manera de castigarse para comprobar lo poco querible que era. En el mundo de las motivaciones psicológicas, nada es evidente. Las personas que restringen su autogratificación, de un modo u otro, no se quieren a sí mismas. De manera similar, cuando la auto-exigencia es alta y la auto-evaluación muy estricta, no solamente aporreamos nuestro yo, sino que comenzamos a entrar peligrosamente en los terrenos de la depresión.




Fuente: “De regreso a casa”, por W. Riso. 

domingo, 13 de septiembre de 2015

El origen de la mentira está más allá: la soledad del mentiroso.

El origen de la mentira está más allá: la soledad del mentiroso.

Si en el plano educativo queremos abordar las cusas reales de la mentira, hay que analizar el comportamiento que requiere la mentira en su mismo origen, es decir, a nivel de la comunicación entre dos personas, y considerar que mentir, antes que ser “no decir algo VERDADERO a alguien”, es “DECIR algo a alguien”, poco importa que esta cosa sea cierta o falsa. La situación de mentira debe volver a situarse en una posición de comunicación o más exactamente, de no-comunicación entre dos personas.

La mentira nace del aislamiento afectivo o intelectual, sentido o real, del mentiroso, ya que la mentira depende de las dos personas que se relacionan, tanto de la que expresa como de la que recibe la información. De ese modo, el niño puede decir algo que será una mentira sólo para el adulto, cuando en realidad lo que dice es mentira sólo para el adulto; el niño, afectiva e intelectualmente, no podía decir otra cosa.

La mentira es la falsificación de los datos de la comunicación, bien porque esté o se crea aislado afectiva o intelectualmente, bien porque “quiere” aislarse afectivamente. Ahora bien, si uno trata de aislarse afectivamente es porque se juzga, de manera consciente o no, que los demás son incapaces o indignos de comprender nuestra situación. Puede haber, pues, situaciones de mentira distintas a las verbales. Efectivamente, es posible comunicarse con otro por otro medio que la palabra y hacerse entender con mímica, gestos, miradas, actitudes, lo que se puede percibir. Incluso, la psiquiatría tiende a considerar algunas alteraciones patológicas, algunas enfermedades psicosomáticas como formas sutiles de la mentira en sí misma: el sujeto utiliza un lenguaje inadecuado, el síntoma, para comunicarse con el otro. Así existen personas que no pueden recobrarse del todo de determinadas enfermedades ya que, en esa situación de “enfermos”, obtienen más ventajas afectivas que en su situación normal; les prestan más cuidados. Por consiguiente, les resulta difícil pasar de este estadio, en que tienen la impresión de que les quieren más, al estadio de la curación en el que volverán a ser autónomos, sencillamente porque, inconscientemente, no pueden admitir que necesitan el amor de los demás: así, pues mantienen sus síntomas.

De este modo, se comprende porqué las reacciones de los educadores, tanto si son padres como maestros, son a menudo tan poco eficaces frente a la mentira. Obedecen al mismo mecanismo que la propia mentira. Son, como ella, clasificadas entre las conductas llamadas elusivas, que tratan de suprimir un obstáculo negándolo. Ahora bien, existen diversas maneras de negar un obstáculo: suprimirlo, ignorarlo, despreciarlo; en una palabra, evitar toda confrontación con él.

Al despreciar al mentiroso, por ejemplo, se le refuerza en la idea de su aislamiento, probándole manu militari que cambiar es cuestión suya, ni nuestra, y de ese modo se le obliga a continuar en su aislamiento, entre otras cosas mediante la mentira, puesto que él se considera incomprendido. ¡Lo contrario de lo que se trataba de conseguir!

El estudio de la mentira en el niño va, pues, a delimitar los problemas psicológicos de la comunicación, problemas que se refieren conjuntamente:
  • A la funciones propias del lenguaje;
  • A la psicología infantil:
  • A la situación dual de la mentira.




Fuente: Gérard Broyer, “¿Por qué mienten los niños? Editorial Planeta. Pp. 21-24.



¿A qué llamamos mentira?

¿A qué llamamos mentira?

¿A qué llamamos mentira? Para la mayoría de la gente, la mentira es esencialmente una afirmación contraria a la verdad, enunciada por un individuo y dirigida a otro a fin de obtener alguna ventaja: evitar un castigo, evitar un desprecio, obtener una recompensa…; y nos perderíamos en el análisis de los móviles y las causas que han impulsado a mentir. Con la mentira entramos, pues, directamente en el terreno moral, puesto que nos sentimos inclinados, como consecuencia de la reacción impulsiva, a juzgarla en función de las intenciones de su autor: no sólo en función de las ventajas que éste último podría supuestamente obtener, sino también en función de a quién se dirige la mentira y de quién se obtienen las ventajas. Generalmente, se considera que está mal mentir a los padres, menos mal mentir a los compañeros y se excusa fácilmente a aquel que miente a un mentiroso: es casi de buena ley.

Así pues, la clasificación de las mentiras se hace siempre siguiendo una escala de valor de Bien o Mal, y las reacciones o acciones educativas se realizan en función de estos criterios morales: existen buenas mentiras, a las que apenas se presta atención, que pasan inadvertidas, y las Mentiras, que sí son reprensibles.

Sin embargo, es poco frecuente que se hable de buenas mentiras de los niños. Cuando un padre dice “Mi hijo miente”, sólo cita como ejemplo mentiras habitualmente reprobables: “Nos decía que trabajaba mucho en clase, y sus notas son catastróficas”. “Pero lo hacía para divertirse por la tarde en lugar de hacer sus deberes o aprender la lección”, se apresuran a añadir: “”Mi hijo me ha dicho que llegó tarde de la escuela porque discutió con una vecina, mientras que en realidad había acompañado a un compañero a su casa, que le habíamos prohibido hacer…”. Los ejemplos abundan.



Dicho de otra manera, lo que más llama la atención de los padres y, por consiguiente, lo que más los escandaliza es el aspecto que juzgan vergonzoso de las mentiras de sus hijos.

En realidad, las mentiras son múltiples y se utilizan cotidianamente. Las mentiras socialmente admitidas son tan frecuentes que ya no las percibimos. El ejemplo más corriente es el de la cortesía que nos obliga a decir a alguien que su visita nos complace, cuando en realidad nos inoportuna sobremanera, a dar las gracias a alguien por su “bonito regalo” cuando lo encontramos de extraordinario mal gusto. Asimismo existen mentiras piadosas que hay que decir: afirmar a un enfermo, para levantarle la moral, que pronto se restablecerá aun sabiendo que va para largo, ocultarle la naturaleza de su mal si sabemos que está condenado. Y cuando se dice que “la verdad sale de la boca de los niños”, lo que se viola es la regla de estas mentiras socialmente admitidas: el niño, al no conocer todavía la sutilidad de las convenciones sociales, dice “la verdad”, sin preocupaciones de su falta de delicadeza hacia los demás, mientras que será perfectamente capaz de decir una mentira unos instantes después.

La mentira resulta aún menos intolerable cuando tiene como objetivo esencial engañar a otro con disimulo y, aunque parezca paradójico, se puede sospechar que alguien miente cuando está diciendo la verdad. Hay que reconocer, por lo tanto, que en el terreno práctico esa forma de mentira es particularmente eficaz: así ocurre en los juegos de “bluff”, se puede tratar de mentir al adversario anunciándole los tantos propios, pensando que el adversario, engañado por ese comportamiento poco habitual, no nos creerá y tratará de hacer su juego sin contar con las cartas que le hemos descubierto.

Así pues, nada resulta más elástico ni más confuso que esta noción de mentira. Si uno se pone a mentir diciendo la verdad, tal vez resultara interesante tratar de comprender lo que es mentir.

Efectivamente, cuando tratamos de explicar la mentira, nos percatamos, incluso antes de abordar el estadio de la comprensión, de que la resistencia intelectual y afectiva de los educadores a admitir el concepto psicológico de la mentira infantil, es muy grande. De una parte, porque el hábito de pensar que el punto de vista del adulto debe tomarse como referencia, está arraigado desde hace tiempo en las mentalidades; de otra parte, porque el adulto se siente incómodo ante la mentira de su hijo y prefiere, evitando reconsiderar su forma de educar y descargando la responsabilidad de la mentira sobre el mentiroso, adoptar una actitud afectivamente más económica.

¿Comprender la mentira? ¿Por qué hacerlo? ¿Es necesario comprenderlo todo, explicarlo todo? De ahí que se intente excusar a algunos niños o adolescentes que no valen la pena, y excusar es una actitud de debilidad, excusando no se actúa.

Para muchos, interesarse por el caso del mentiroso es perder el tiempo ya que estiman que algunos niños son mentirosos como otros son afectuosos, buenos, abiertos, francos; no hay que buscar más lejos las causas de estas mentiras y, del vicio moral que se considera el acto de mentir, se franquea alegremente el límite que nos separa de la tara psíquica. En otras palabras, se considera que el mentiroso padece una malformación psíquica que le impide ser como los demás y “decir la verdad”. Y ello explica que, muy a menudo, padres y educadores se horroricen cuando se enteran o se dan cuenta de que su hijo “dice mentiras” y que tengan, entonces, reacciones más o menos vivas según su personalidad.

La mayor parte del tiempo, sintiéndose algo culpables de la conducta de su hijo, lanzarán sobre sí mismos y sobre la educación que le han dado juicios despreciativos. Por ejemplo, se harán reflexiones de este tipo “¿Es “eso” mi hijo…?, ¿Es “eso” el resultado de mi educación y de mis desvelos?, ¡Eso no es lo que le he enseñado!, ¡Este niño no tiene confianza en mí, o no me quiere!”

La lógica de este razonamiento consciente, pero sobre todo inconsciente, se traducirá prácticamente por comportamientos muy diferentes que serán el reflejo del carácter de cada uno. Estos comportamientos, a veces totalmente opuestos, pueden dimanar de los tipos siguientes:
  • Replegarse en sí mismo, diciendo que se es muy desgraciado por tener que soportar un niño “tarado” de este tipo; o, lo que es lo mismo, hacer que los demás se lo digan con frecuencia, que se quejen cuando no les afecta directamente. En cuanto al niño, se le continúa educando, a pesar de todo, en el sentido estricto de la palabra, porque se tiene el sentido del deber y de la moral, aunque él no lo tenga.
  • Desligarse afectivamente del mentiroso: es un medio como otro de no volver a experimentar ninguna decepción provocada por las rarezas de su comportamiento; el mentiroso se convierte poco menos que un desconocido, todo lo que hace y dice no nos interesa sino en el plan de anécdota.
  • Arremangarse  y tomar por su cuenta los viejos principios educativos que siempre han dado resultado de los tiempos en que la psicología no turbaba los espíritus con sus complejos y sus rechazos. Se recurre entonces primeramente a los castigos corporales, la azotaina o el reglazo; a la privación del postre; a la supresión de la aportación semanal, de salir etc. Y el etcétera no va muy lejos, ya que es preciso mucho ingenio para encontrar castigos originales susceptibles de ser eficaces.
  • Finalmente, al contrario que el caso procedente, se puede redoblar la atención  hacia ese pobre pequeño, que ya tiene bastante problema con no poder percibir la verdad y que necesitará a su papá o a su mamá. En este casi, efectivamente, se considera que el niño miente porque no se han ocupado suficientemente de él y ha estado sometido a influencias nocivas. Por lo tanto, hay que redoblar la atención y los cuidados para purificar sus relaciones y sustraerle a un contorno social nefasto (las malas compañías).


A pesar de lo diferentes que son unos de otros, estos comportamientos educativos tienen, sin embargo, un punto común inesperado: su total falta de eficacia o incluso, lo que es peor, el incremento de la mentira. Efectivamente, en la base de esas actitudes se encuentra un vicio de razonamiento, el de creer que la mentira procede esencialmente del mentiroso y que el punto de vista del adulto prevalece para definir lo que es cierto o falso, bueno o malo.

De una parte, la verdad reposa esencialmente sobre una noción de contrato social: es verdadero lo que está socialmente admitido, de otra parte, la percepción de lo real depende de la personalidad de cada uno. Por eso, tratándose de los niños, los psicólogos hablarán de pseudomentiras, ya que para que exista una auténtica mentira, es decir, para que el autor lo haga con pleno conocimiento de causa, es necesario un desarrollo psicológico que el niño es a menudo incapaz de obtener antes de los ocho o nueve años.



Fuente: Gérard Broyer, “¿Por qué mienten los niños? Editorial Planeta. Pp. 14-20.



La Teoría de Lawrance Kohlberg sobre el Desarrollo Moral

Kohlberg comparte con Piaget la creencia en que la moral se desarrolla en cada individuo pasando por una serie de fases o etapas. Estas etapas son las mismas para todos los seres humanos y se dan en el mismo orden, creando estructuras que permitirán el paso a etapas posteriores. Sin embargo, no todas las etapas del desarrollo moral surgen de la maduración biológica como en Piaget, estando las últimas ligadas a la interacción con el ambiente. El desarrollo biológico e intelectual es, según esto, una condición necesaria para el desarrollo moral, pero no suficiente. Además, según Kohlberg, no todos los individuos llegan a alcanzar las etapas superiores de este desarrollo.

El paso de una etapa a otra se ve en este autor como un proceso de aprendizaje irreversible en el que se adquieren nuevas estructuras de conocimiento, valoración y acción. Estas estructuras son solidarias dentro de cada etapa, es decir, actúan conjuntamente y dependen las unas de la puesta en marcha de las otras. Kohlberg no encuentra razón para que, una vez puestas en funcionamiento, dejen de actuar, aunque sí acepta que se produzcan fenómenos de desajuste en algunos individuos que hayan adquirido las estructuras propias de la etapa de un modo deficiente. En este caso los restos de estructuras de la etapa anterior podrían actuar aún, dando la impresión de un retroceso en el desarrollo.

Kohlberg extrajo las definiciones concretas de sus etapas del desarrollo moral de la investigación que realizó con niños y adolescentes de los suburbios de Chicago, a quienes presentó diez situaciones posibles en las que se daban problemas de elección moral entre dos conductas. El análisis del contenido de las respuestas, el uso de razonamientos y juicios, la referencia o no a principios, etc. -se analizaron treinta factores diferentes en todos los sujetos- fue la fuente de la definición de las etapas. Posteriormente, y para demostrar que estas etapas eran universales, Kohlberg realizó una investigación semejante con niños de una aldea de Taiwan, traduciendo sus dilemas morales al chino y adaptándolos un poco a la cultura china.


El desarrollo moral comenzaría con la etapa cero, donde se considera bueno todo aquello que se quiere y que gusta al individuo por el simple hecho de que se quiere y de que gusta. Una vez superado este nivel anterior a la moral se produciría el desarrollo según el esquema que presentamos a continuación. 


lunes, 31 de agosto de 2015

Los 4 Fundamentos de la Autoestima

Los cuatro fundamentos de la autoestima

La imagen que tienes de ti mismo no es heredada o genéticamente determinada, es aprendida. El cerebro humano cuenta con un sistema de procesamiento de la información que permite almacenar un número prácticamente infinito de datos. Esa información, que hemos almacenado en la experiencia social a lo largo de nuestra vida, se guarda en la memoria de largo plazo en forma de creencias y teorías. De esta manera poseemos modelos internos de objetos, significados de palabras, situaciones, tipos de personas, actividades sociales y muchas cosas más. Este conocimiento del mundo, equivocado o no, nos permite predecir, anticipar y prepararnos para enfrentar lo que vaya a suceder. El futuro está almacenado en el pasado.

La principal fuente para crear la visión del mundo que asumes y por la que te guías surge del contacto con personas (amigos, padres, maestros) de tu universo material y social inmediato. Y las relaciones que estableces con el mundo circundante desarrollan en ti una idea de cómo crees que eres. Los fracasos y éxitos, los miedos e inseguridades, las sensaciones físicas, los placeres y disgustos, la manera de enfrentar los problemas, lo que te dicen y lo que no te dicen, los castigos y los premios, el amor y el rechazo percibidos, todo confluye y se organiza en una imagen interna sobre tu propia persona: tu yo o tu autoesquema. Puedes pensar que eres bello, eficiente, interesante, inteligente y bueno, o todo lo contrario (feo, ineficiente, aburrido, bruto y malo). Cada uno de estos calificativos es resultado de una historia previa, en la que has ido gestando una “teoría” sobre ti mismo que dirigirá tu comportamiento futuro. Si crees que eres un perdedor, no intentarás ganar. Te dirás: “¿Para qué intentarlo? Yo no puedo ganar” o “Esto no es para mí” o “No valgo nada”.
Los humanos mostramos la tendencia conservadora a confirmar, más que a refutar las creencias que almacenamos en nuestro cerebro por años. Somos resistentes al cambio por naturaleza, y esta economía del pensamiento nos vuelve tozudos y poco permeables a los estímulos novedosos. Una vez establecida será difícil cambiarla, pero no imposible. Así que cuando configuras un autoesquema negativo sobre tu persona, te acompañará por el resto de tu vida si no te esfuerzas en modificarlo.

Más aún: para comprobar esos esquemas de manera no consciente harás muchas cosas aun perjudiciales para ti (así de absurdos somos los humanos). Por ejemplo: si te dejas llevar por el autoesquema: “Soy un inútil”, sin darte cuenta, el miedo a equivocarte hará que cometas infinidad de errores que confirmarán tu predicción mental subyacente. La creencia de que eres feo o fea te llevará a frenarte y a evitar las relaciones interpersonales, y la conquista afectivo-sexual se convertirá en algo inalcanzable (pues nadie se fijará en ti si no te expones). Un autoesquema de fracaso hará que no te atrevas a encarar retos y a probarte si eres capaz, por lo cual terminarás creyendo que el éxito te es esquivo. No existe ningún “secreto” misterioso ni cuántico en esto: en psicología cognitiva se le conoce como profecía autorrealizada, y en psicología social como “efecto Pigmaleón”. Existe una coherencia negativa: aun a sabiendas de que no es bueno para ti, tratarás de actuar de manera compatible con las creencias que tienes sobre ti mismo ¿El cambio? Ocurrirá cuando la realidad se imponga sobre tus creencias y ya no puedas sesgar la información y autoengañarte.

Una buena autoestima (quererse contundentemente a uno mismo) tiene numerosas ventajas. Sólo para citar algunas, te permitirá:

  1. Incrementar las emociones positivas. Te alejarás de la ansiedad, la tristeza y la depresión, y te acercarás a la alegría y a las ganas de vivir mejor.
  2. Alcanzar niveles de mayor eficiencia en las tareas que emprendes. No te darás por vencido muy fácilmente, perseverarás en las metas y te sentirás competente y capaz.
  3. Relacionarte mejor con las personas. Te quitarás de encima el incómodo miedo al ridículo y la necesidad de aprobación, porque tú serás el principal juez de tu conducta. No es que no te interesen los demás, sino que no estarás pendiente de los aplausos y los refuerzos externos, y tomarás las críticas más objetivamente.
  4. Amar a tu pareja y querer a tus amigos y amigas más tranquilamente. Dependerás menos y establecerás un vínculo más equilibrado e inteligente, sin el terrible miedo de perder a los otros.
  5. Ser una persona más independiente y autónoma. Te sentirás más libre y segura a la hora de tomar decisiones y guiar tu vida.


Señalaré los cuatro aspectos que a mi modo de ver son los más importantes a la hora de configurar la autoestima general, y aunque en la práctica están entremezclados, para fines didácticos intentaré separarlos conceptualmente para analizarlos mejor. Ellos son:
  • Autoconcepto (qué piensas de ti mismo),
  • Autoimagen (cuánto te agradas),
  • Autorreforzamiento (cuánto te premias y te das gusto) y
  • Autoeficacia (cuánta confianza tienes en ti mismo).

Bien estructurados, son los cuatro soportes de un “yo” sólido y saludable; si funcionan mal, son como los cuatro jinetes del Apocalipsis. Fallar en alguno de ellos será suficiente para que tu autoestima se muestre coja e inestable. Más aún: si uno solo de los jinetes se desboca, los tres restantes lo seguirán como una pequeña manada fuera de control.

Un amor propio saludable y bien constituido partirá de un principio fundamental: “Merezco todo aquello que me haga crecer como persona y ser feliz”. Me-rez-co: pronunciado y degustado.

Activación del autorreconocimiento y el bienestar que lo acompaña. No importa lo que pienses: no mereces sufrir, así que mientras puedas evitar el sufrimiento inútil e innecesario, te estarás respetado a ti mismo. No hay felicidad completa sin autorrespeto, sin mantenerte fiel a tu propio ser y al potencial que llevas dentro.




Fuente: Enamórate de ti, por Walter Riso. 

domingo, 23 de agosto de 2015

Sobre el Miedo y la Ansiedad

Sobre el miedo y la ansiedad
  
La función biológica del miedo es protegernos ante el peligro real. Cuando estamos en una situación amenazante, un sistema especialmente diseñado para estos casos se prepara para la huida. Una vez se detecta la fuente del posible daño, la sustancia llamada adrenalina, la que a su vez enerva una serie de cambios físicos: dilatación de la pupila, sudoración, palidez, tensión muscular, gritos y una sensación interna de inquietud y alarma. Algo nos dice que no debemos quedarnos ahí y que tenemos que escapar. A diferencia de lo que ocurre con los miedos psicológicos, el miedo biológico siempre se agota. Sube en pico, se mantiene en forma de meseta un instante, y luego, si no le metemos cabeza al asunto, decrece. Ese es el ciclo natural. Por el contrario, la curva del temor mental puede no declinar jamás.


Descifrando el miedo

Si nos acercamos a lo natural, descubriremos que los síntomas que acompañan la experiencia del pánico pueden ser vistos desde una perspectiva más amigable. Cada componente de la emoción nos cuenta cómo debió de haber sido la lucha por la supervivencia hace millones de años. Ellos nos hablan de cómo actúa el mundo natural. La dilatación de la pupila permitía aumentar la capacidad de visión en la oscuridad; el hombre no conocía el fuego y es probable que muchos depredadores estuvieran al acecho amparados en la oscuridad. El temblor originado por la adrenalina, tal como lo ha demostrado la psicología animal, posee un significado comunicativo de alertar a los otros miembros del grupo y pedir ayuda; algunos animales, como las gacelas, utilizan el temblor para avisar de la proximidad del depredador con muy buenos resultados (recordemos que el lenguaje humano no estuvo desde el principio). La taquicardia permite bombear más sangre y prepararse para un mayor gasto energético, como correr o saltar más. El sudor permite escabullirse y resbalarse más fácilmente del atacante. La palidez y el desmayo, tal como enseñan algunos estudios etológicos, permiten pasar desapercibido para ciertas especies agresoras.
Pero no todo es color de rosa. Debido a que la civilización avanza cien veces más rápido que la evolución biológica, se ha producido un desajuste evolutivo entre la biología y el desarrollo de la cultura. Nuestro banco genético arrastró un cúmulo de miedos que habían sido útiles para el hombre prehistórico, pero que probablemente no lo sean tanto en la actualidad. Por ejemplo, el miedo a la oscuridad, al agua, a las alturas, a los animales, a los espacios cerrados, a los lugares abiertos, y algunos más, son temores preparados. Podemos heredarlos sin aprendizaje alguno. El hombre no conocía la luz, no sabia nadar, no podía volar, era un animal diurno que debía esquivar aquellos lugares donde no pudiera escapar fácilmente, y necesitaba de un mecanismo que salvaguardara su integridad física. La mejor opción adaptativa fue el miedo.
En la naturaleza nada está de más. Todo responde o respondió a un increíble y maravilloso mecanismo de supervivencia. Cuando sentimos los síntomas del miedo, es nuestra madre naturaleza la que se está manifestando para cuidarnos: un acto de amor cósmico. En esos momentos de temor, estamos presenciando la magnificencia de lo natural obrando como en los viejos tiempos, estamos reviviendo la historia de la evolución y decodificando el eco de la creación. No digo que sentir miedo sea delicioso, sino que además de útil, es una oportunidad para ver cómo funciona el universo. Si el miedo fuera agradable, hace rato se hubiera acabado la vida en el planeta. El miedo es incómodo, pero no duele.
Si el miedo se activa inesperadamente, deberíamos hablar con él y de paso con nosotros mismos: “Te activaste de nuevo. No entiendo por qué lo hiciste, pero supongo que debes de haber creído que hay peligro en alguna parte. Posiblemente yo te haya mandado un mensaje equivocado... Esta sensación incómoda que estoy sintiendo es adrenalina... Ella es la que me produce la inquietud y no otra cosa... Simplemente fue una falsa alarma... Yo entiendo que no puedas parar, porque una vez activado debes completar el ciclo que dura algunos minutos... Lo que estoy sintiendo en este momento es la energía de vida corriendo por mis venas... En este momento yo soy la naturaleza...Estos cambios transitorios que obran en mí, son la fuerza del amor que me cuida...Seguiré con mis actividades hasta que se acabe la sensación...El supuesto diálogo ascético no es fácil de llevar a cabo porque el miedo no está diseñado para pensar sino para actuar. Si un enorme león se asomara por la puerta de mi casa, no sería muy adaptativo aplicar la lógica aristotélica: “Caramba, caramba...Hay un enorme animal parado en el umbral de mi puerta mostrándome sus fauces...Puede ser una propaganda de la Metro Golden Mayer, o un gato alimentado con Purina... No sé... Creo que es más prudente salir discretamente... Para ese entonces el supuesto león ya me habría devorado y hecho la digestión varias veces. Frente a un riesgo real, pensar mucho no es lo indicado, por eso, cuando el miedo aparece la mente se acuesta a dormir. Si vemos una culebra a pocos centímetros de nuestros pies, no preguntamos nada: saltamos y gritamos, sin importarnos demasiado lo que opinan los demás.


La mente inventa la ansiedad

El orden natural explicado hasta aquí desvanece cuando lo psicológico hace su aparición. Si la mente comienza a intervenir, la cosa se complica y por decirlo de alguna manera, se ensucia. La psicología humana no solamente crea miedos totalmente irracionales como los fantasmas, los muertos, los cementerios, el fracaso, el ridículo, hablar en público y la mala suerte, sino que también inventa la ansiedad, es decir, el miedo anticipado. Cuando la mente manda el mensaje de alerta roja, todas las células comienzan a trabajar horas extra para defenderse del supuesto atentado.
Desgraciadamente, en la mayoría de los casos suele ser una falsa alarma activada por la susceptibilidad del ego. El cuerpo es ingenuo y siempre le cree a la mente.
Aunque la ansiedad es un progreso respecto al incipiente reflejo condicionado, adelantarse demasiado tratando de predecir calamidades puede resultar nefasto. Muchas personas, de tanto utilizar su calculador de riesgos, lo dañan, y desafortunadamente su reparación no es tan fácil, además de costosa. Un paciente ágora fóbico (miedo a lugares o situaciones donde escapar sea difícil) llevaba veinte años sin salir de su casa. Luego de mucho esfuerzo y sesiones domiciliarias donde interveníamos tres psicólogos, se logró que el sujeto llegara a la esquina. En ese punto, el tratamiento se estancó debido a un nuevo temor que no estaba previsto. Justo antes de cruzar la calle, se detuvo, soltó su brazo del mío, y me miró con cierta suspicacia: “No creo que debamos hacerlo... Hay demasiados carros... Mejor dejemos esto para otro día”. Traté de tranquilizarlo: “No se preocupe. Vamos a mirar cuidadosamente antes de cruzar”. El insistió en su argumentación: “Pero no es tan fácil... Uno puede creer que el carro va más despacio y de pronto ya lo tiene encima... Prefiero no cruzar la calle”. Le explique nuevamente que el procedimiento adecuado para su caso era enfrentar el miedo: “Vea, hagamos esto... Miramos los al mismo tiempo, y cuando usted diga 'ya', corremos hasta la otra acera. Le aseguro que no hay peligro. Piense que millones de personas cruzan diariamente las calles sin que les pase nada”. La réplica no se hizo esperar: “Pero algunos sí son atropellados”. Apelé eruditamente a la estadística: “Es verdad, pero la probabilidad es muy remota”, pero su argumento también fue estadístico: “¿Y si yo soy la excepción?” Le pedí que se arriesgara y que se dejara guiar por mí, pero tampoco fui lo suficientemente confiable para él: “Usted tiene gafas... ¿Cómo sé que alcanza a ver bien?”. Finalmente después de varios días de trabajo y de rebatir una a una sus consideraciones pesimistas, logró hacer el esfuerzo y encarar la calle con relativa calma.
Cuando llegamos al otro lado, la psicóloga que iba conmigo y yo no pudimos ocultar la típica expresión de “misión cumplida”. Habíamos dado un paso importante, ya que el sujeto había comenzado a calibrar su medidor de miedos. Pero el placer del triunfo no duró mucho: el paciente se hallaba inmóvil, mirando aterrado la otra orilla: "¡Qué hice!... ¡¿Y ahora cómo regreso?” Esta persona era víctima de una ansiedad anticipatoria altamente catastrófica y desproporcionada. Su calculador de posibilidades estaba desajustado, lo que era una probabilidad en un millón, la interpretaba como una en diez. Necesitaba la certeza total de que nunca sería atropellado y eso, tal como vimos, solamente se obtiene por medio de la Divina Providencia. La persona ansiosa no reacciona a los hechos, sino a lo que imagina de ellos, está atrapada en una especie de realidad virtual amenazante de la que no puede escapar. El trastorno ansioso es la consecuencia lógica de poseer una mente marcadamente inclinada al futuro, incapaz de procesar el presente.
Las personas Tipo A son expertas en predecir desastres, por eso viven estresados y en una zozobra permanente. El estrés puede definirse como una reacción de alarma persistente del organismo ante una situación evaluada como amenazante, que el sujeto es incapaz de disminuir. Un estado de tensión sostenido y perdurable imposible de controlar, es definitivamente desesperante; por eso, no es de extrañar que las personas que lo sufren entren en desesperanza. Lo curioso es que este fenómeno no parece existir en otras especies. A excepción de los conejillos de indias, donde experimentalmente se les induce tensión sostenida, no conozco animales que en su medio natural vivan con estrés. Y esto se debe dos razones. En primer lugar, ellos no permanecen el tiempo suficiente ante el evento aversivo: si la situación se complica, el miedo los obliga a irse (la terquedad parece ser un atributo exclusivamente humano). En segundo lugar, cuando el nivel de adrenalina o testosterona se eleva más allá de los umbrales normales por demasiado tiempo, recurren a métodos naturales de equilibrio y reestablecimiento de las funciones. Algunos hacen el amor, los gorilas buscan a su madre para que los “espulgue”, los felinos se estiran y se revuelcan, los chimpancés juegan, en fin, la naturaleza provee de los medios distensionantes para prevenir el trastorno y evitar enfermedades.
Aunque los humanos no contemos con las prebendas naturales de los animales, de todas maneras podemos reducir la tensión y mermar los niveles de adrenalina. El secreto está en construir un ambiente donde puedan coexistir la alegría y el reposo. Esa es la mezcla “molotov” para erradicar de una vez por todas la ansiedad y el estrés. Crear un ambiente motivacional donde pueda hacerse uso del silencio, dormir, caminar, sentarse bajo un árbol, oír música, mojarse bajo la lluvia, cantar en el baño, tocar a la gente, acostarse al borde de una quebrada, hacer el amor, meditar, practicar deportes divertidos, hacer baños de inmersión y leer, en otras palabras, tener un lugar personal en el mundo para hacer lo que realmente queramos hacer, donde los ratos agradables no sean la excepción, sino la regla. No hay mejor antídoto.




Fuente: De regreso a casa, por Walter Riso. 

lunes, 17 de agosto de 2015

Planteamiento del problema: de cómo la mente puede llegar a ser un estorbo.


El planteamiento del problema (De cómo la mente puede llegar a ser un estorbo).

Los seres humanos vivimos enfrascados en una milenaria disputa interna difícil de resolver. Nos pasamos la mitad del tiempo tratando de maquillar esos incómodos rasgos animales, que casi siempre asoman, y el tiempo restante exhibiendo la supuesta grandiosidad de un cerebro cada vez más evolucionado, protuberante y peligroso. Vivimos enredados entre lo que nos gustaría hacer y lo que deberíamos. Dos sistemas de procesamiento aparentemente irreconciliables pugnan por imponerse: uno es prepotente, directo y emocional; el otro, solapado, astuto y racional. Emoción vs. razón, un dilema sin resolver: la típica representación de la mente cabalgando sobre el potro salvaje de los instintos.

Como resulta obvio para la generación tecnológica, las preferencias están marcadamente inclinadas a favor de la inteligencia artificial. Las incautas emociones son consideradas como un exabrupto de la naturaleza, a veces necesarias, pero sin lugar a dudas retrógradas. Admiramos mucho más a la persona que logra contener sus emociones hasta constiparse, que aquélla que suelta un grito de felicidad en una biblioteca pública porque encontró el poema perdido. Privilegiamos demasiado lo mental, a expensas de lo natural.

Si las emociones son un subproducto arcaico del cerebro, amenazante en potencia y desagradable en esencia, ¿para qué exhibirlas? Además, poder doblegarlas estaría demostrando la supremacía del hombre civilizado sobre la bestia. Desde pequeños nos condicionan a no sentir demasiado, no vaya a ser cosa que nos deshumanicemos, como si lo exclusivamente humano fuera pensar. Nos encantan los niños que no gritan, que duermen mucho, que no lloran, que casi no defecan y que no se mueven mucho. Nos fascinan las personas que parecen plantas. Algunas mamás no crían niños, los riegan.

Las antiguas raíces prehistóricas del hombre siempre han sido un dolor de cabeza para los defensores de la razón, una irritante espina clavada en el "álter ego" de la cultura civilizada, que inexorablemente nos recuerda de dónde venimos. De ahí la importancia atribuida por muchos a saber camuflar y desterrar esos desagradables residuos del pasado animal. En una tertulia a la que fui invitado recientemente, uno de los participantes, defensor acérrimo de la mente, expresó su posición diciendo: "Al menos en este aspecto, parecería que Dios podría haberlo hecho mejor: ¿Qué necesidad tenía de emparentamos con los primates?" Cuando le dije que podíamos aprender muchas cosas interesantes de los chimpancés, no me volvió a hablar en toda la noche. Una típica conducta "humana”.



Tanto la ciencia como las corrientes espirituales, han intentado un programa supresivo emocional indiscriminado, pero sin mucho éxito. El organismo se ha resistido vehemente e inteligentemente a desprenderse de sus programas genéticos, como si dijera: "No insistan, si las emociones están conmigo por algo es". Ni los psicofármacos, ni la tan añorada "sobriedad emocional" oriental, han logrado domesticar significativamente el incontenible arrebato del sistema emocional-afectivo: cuando él considera que debe actuar, lo hace sin miramientos de ningún tipo.

Querer enterrar todas las emociones no sólo es una tarea imposible, sino peligrosa para la salud. Cuando el poderoso super yo comienza a frenar más de la cuenta los impulsos sanos y naturales que pugnan por salir, se produce un desequilibrio mente-cuerpo. En estos casos, el organismo, además de aburrirse como una ostra, desaprovecha recursos energéticos, pierde motivación y decae en su capacidad comunicativa. Las investigaciones psicológicas son claras en demostrar que el desconocimiento de los propios estados emocionales acortan la vida y predisponen a todo tipo de enfermedades. La emoción es la manera en que Dios nos recuerda que estamos vivos. Si logramos integrarla adecuadamente a nuestra vida, lograremos una mayor coherencia entre lo que hacemos, pensamos y sentimos, y un sentido de vida más vital. No estoy sugiriendo que seamos una especie de colon espástico con patas, o un simio juguetón, sino que modulada y saludablemente dejemos que la emoción actúe con nosotros y a través nuestro.

Como no estamos acostumbrados a hacer contacto con nuestras emociones, hemos creado una dislexia emocional, un analfabetismo respecto a su gramática básica.

No sabemos qué hacer con ellas, nos queman y se las pasamos al vecino, al psicólogo o al cura. No somos capaces de discriminar qué emoción es buena, saludable y amable, y cuál no. Queremos eliminarlas a toda costa o al menos reducirlas, que más da si es el Prozac o las esencias florales, lo importante es controlarlas. Pero la biología no puede censurarse por decreto.
La ignorancia emocional se conoce con el nombre de alexitimia, y significa incapacidad de lectura emocional. Como veremos más adelante, las personas bloqueadoras (no lectoras) de emociones son propensas al cáncer y a contraer enfermedades del sistema inmunológico. Nos da miedo acercarnos a las emociones, porque cuando se activan demasiado perdemos el control. Emocionarse intensamente es quedar a la deriva y bajo el auspicio directo del universo. Bucear más allá de la razón y descifrar los antiguos códigos genéticos que aún se mantienen limpios, nos atemoriza. No sabemos mirar tan profundamente, y el no hacerlo, nos despoja de una de las mayores fuentes de sabiduría. Tal como decía Krishnamurti: “En ti se reproduce la historia de toda la humanidad". Solamente basta abrir el libro de la vida y leer en él. Si quieres entender el cosmos, búscalo en tus sentimientos, ahí encontrarás lo que necesitas saber.

Pero la cuestión no es tan sencilla. Nuestro sistema atencional es claramente externalista, estamos más afuera que adentro. La confianza en uno mismo se ha trasladado a los amuletos, los astros, el cambio de gobierno, los ángeles o el destino.

Nos movemos entre las promesas de los astrólogos y las reencarnaciones de un pasado difícil de indagar. Como en el cuento del borrachito, buscamos las llaves donde hay luz, aunque las hayamos perdido en otra parte. Una de mis pacientes, muy motivada por el crecimiento espiritual, antes de salir para su trabajo comenzaba la siguiente secuencia de actividades de "crecimiento interior": caminaba descalza un rato para absorber la energía de la tierra, colocaba un vaso con agua al sol antes de beberlo, meditaba veinte minutos con un mantra asignado por un director de la escuela de Maharishi, luego volvía a meditar otros diez minutos con un sonido cuántico sanador aprendido de otro maestro espiritual, ingería un desayuno ayurvédico, leía el horóscopo y se le entregaba con una oración al ángel de la guarda. Como resulta evidente, al comenzar su jornada laboral ya estaba agotada. Cuando después finalmente logró desligarse de tantos requisitos externos y dejó que la frescura de su propio interior se manifestara libremente, comenzó a vivir su espiritualidad de una manera más tranquila y natural. Centralizó su actividad exclusivamente en la meditación y la autoobservación, y soltó uno a uno los bastones en los cuales se había apoyado innecesariamente. Hacerse cargo de uno mismo, no deja de ser un placer cuasi narcisista saludable. Aunque todas las emociones nos enseñan, no todas son buenas y aceptables.

Hay sentimientos autodestructivos y altamente peligrosos que deben manejarse con cuidado o eliminarlos para siempre. Otros, como los amigos de verdad, nos ayudan en las buenas y en las malas, fortalecen el yo y nos engrandecen. Establecer esta diferenciación es fundamental antes de actuar.


Emociones primarias y secundarias: lo bueno para rescatar y lo malo para suprimir

Las emociones primarias son aquellas con las que nacemos. Son naturales, no aprendidas, cumplen una función adaptativa, son de corta duración y se agotan a sí mismas. Solamente duran lo indispensable para cumplir su misión: dolor, miedo, tristeza, ira y alegría, son algunas de las más importantes. Ellas forman parte de la persona y cumplen un papel vital para que podamos sobrevivir y adaptarnos al mundo. Si se reprimen sistemáticamente y se interrumpen con frecuencia, afectan gravemente la salud física y mental. Hay que Convivir con todas, integrarlas a nuestra vida y aprender de su funcionamiento. La sabiduría natural se expresa a través de ellas.

Las emociones secundarias son aprendidas, mentales, y aunque algunas de ellas, bien administradas, puedan llegar a ser útiles, no parecen cumplir una función biológica adaptativa. Son defensivas o manifestaciones de un problema no resuelto, y casi siempre implican debilitamiento del yo: sufrimiento, ansiedad, depresión, ira y restricción-apego, son algunas de las más significativas. A diferencia de las primarias, no se agotan a sí mismas y pueden permanecer por años o toda la vida. Si las dejamos actuar libremente y no las controlamos o eliminamos, nos enfermamos. Hay que tratar de reducirlas al máximo o quitarlas de nuestra vida y aprender de ellas lo que podamos. Son expresiones de la mente.

Las emociones secundarias pueden considerarse prolongaciones mentales de las emociones primarias. El dolor, la información corporal que nos permite saber cuándo un órgano anda mal, se extendió a supuestos “órganos mentales” y nació el sufrimiento. El miedo, el encargado de protegernos ante el peligro, se trasladó anticipatoriamente y se creó la ansiedad. La tristeza, que permite desactivar el organismo para su posterior recuperación, se generalizó en un sentido autodestructivo en lo que se conoce como depresión psicológica. La ira, la principal fuerza interior para vencer obstáculos, se almacenó en forma de rencor y resentimiento. La alegría, la más poderosa e importante de las emociones, fue duramente restringida o convertida en apego al placer. El aparato mental humano creó una dimensión artificial paralela a la realidad fisiológica, invadió los terrenos de lo natural y se apropió indebidamente de siglos de evolución. Posiblemente ése sea el origen de la enfermedad mental.

La estructura psicológica humana gira alrededor del tiempo. Si observamos por un momento cómo funciona la mente, descubriremos algo sorprendente. Nunca está quieta. Siempre hay una sensación de movimiento interior; una impresión de ir y venir; un desplazamiento de lo que uno “es”, a lo que uno "va a ser". Poseemos el don de transitar a través del tiempo mental como nos dé la gana. Podemos resucitar el pasado más remoto, crear el futuro con siglos de anticipación, congelar los momentos y, lo que es más importante, repetir el viaje cuantas veces queramos. Como un péndulo incapaz de detenerse, la mente humana se balancea incesantemente entre pasado y futuro, postergación y esperanza, culpa y amenaza, nostalgia y desilusión. El aquí y el ahora, la parada donde supuestamente reposa la verdadera tranquilidad, se reduce a una estación de paso para seguir fluctuando. El "llegar a ser", el "yo ideal" y los famosos "debería", son productos de esta extraña habilidad de proyectarse en el tiempo. Tal como reza un proverbio Zen: "La mente insensata no se detiene, si se detiene es iluminación". Hay que tratar de disminuir las fluctuaciones de la mente hasta donde podamos, para estar más atentos al momento presente.




Fuente: De regreso a casa, por Walter Riso.

Disciplina Positiva: ¿Qué es y cómo hacerlo?

Disciplina Positiva: ¿Qué es y cómo hacerlo?

Ser padres es un viaje alegre, a veces frustrante y agotador, pero también regocijante. El desafío es enorme: tomar de la mano a un ser humano que comienza a vivir y dirigirlo hacia su edad adulta. En el proceso habrá que enseñarle todo lo que necesita saber para ser feliz y vivir la vida correctamente.

Hay épocas en que para todos los padres este desafío resulta abrumador. A veces, no sabemos qué hacer. Otras, nada de lo que hacemos parece correcto. Y, además, están todas las demás tensiones en nuestras vidas, lo que resulta difícil de superar.

La mayoría de nosotros aprende a ser padres haciendo camino al andar. Tenemos poca información sobre el desarrollo del niño(a), así que confiamos en nuestros instintos o en nuestra propia experiencia de la niñez. Pero muchas veces nuestros instintos son reacciones emocionales, no pensadas adecuadamente. Incluso, a veces son negativas o violentas.

Consecuentemente, muchos padres piensan que la disciplina consiste en reprender y castigar físicamente. Otros se sienten mal por no controlar sus emociones. Y también existen aquéllos que se sienten simplemente desamparados.

Pero hay otro camino llamado “Disciplina Positiva”. Disciplina significa realmente "enseñar". La enseñanza se basa en fijar las metas para aprender, planear un acercamiento eficaz y encontrar las soluciones que funcionan de verdad.

La Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño garantiza su protección contra todas las formas de violencia, incluyendo el castigo físico. También reconoce la dignidad de los niños(as) y el respeto a sus derechos.

La "disciplina positiva" es no-violenta y es respetuosa del niño como aprendiz. Es una aproximación a la enseñanza para ayudarlos a tener éxito, les da la información, y los apoya en su crecimiento.

“Los niños tienen derecho a la protección contra toda forma de violencia”
Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño, Artículo 19.

El presente manual se basa en resultados de décadas de investigación, lo que nos ha enseñado mucho sobre cómo se desarrollan los niños y sobre la paternidad eficaz.


La disciplina positiva es:
• No-violenta.
• Enfocada a obtener soluciones.
• Respetuosa y de acuerdo a principios de desarrollo infantil.
La disciplina positiva proporciona una base de referencia para los padres. Es un sistema de principios que pueden aplicarse en una amplia gama de situaciones. Es más, es un sistema de principios que pueden orientar todas las interacciones con los hijos, no sólo en los grandes desafíos.
La Convención sobre las Derechos del Niño reconoce que los padres y madres tienen derecho a ser asistidos para llevar a cabo su importante rol. Lo que intenta este manual es proporcionar información y ayudar a los padres a aprender cómo disciplinar a sus niños(as) sin violencia.

“Los padres tienen derecho a ser apoyados en la educación de sus hijos”
Convención sobre los Derechos del Niño, Artículos 18 y 19.


La disciplina positiva reúne:
• Lo que sabemos sobre el desarrollo sano de los niños(as).
• Los resultados de la investigación sobre ser padres y madres de manera eficaz.
• Los principios del derecho infantil.


Para quién es este manual
Está destinado a padres y madres de niños y niñas de todas las edades. Trata los problemas comunes que se presentan desde el nacimiento hasta los 9 años. La información que contiene puede ser provechosa para cualquier familia.

Este manual también va dirigido a los futuros padres y madres. Puede ser muy útil pensar en la paternidad y maternidad responsable antes de que lleguen los hijos. Cuando estamos bien informados y preparados para los desafíos, tenemos más probabilidades de manejarlos con éxito.

Este manual también fue pensado para aquellos que apoyan a los padres y madres, tales como educadores de padres, guías de círculos de padres, y para los orientadores familiares. Puede ser utilizado individualmente, o en grupos para generar la discusión y fomentar la solución de problemas.

Algunos niños(as) presentan desafíos particulares que no son típicos de su edad. Estos incluyen el autismo, el déficit atencional, malformaciones fetales relativas al espectro del abuso de alcohol, retrasos en el desarrollo, y daño cerebral. Si el comportamiento de su hijo amerita una atención especial, debe buscar ayuda y consejo lo antes posible. En tanto que la información en este manual puede ser provechosa para cualquier familia, es aconsejable que los padres y madres de niños(as) con condiciones especiales busquen ayuda adicional de profesionales especializados.

La disciplina positiva NO es:
• Ser padres y madres permisivos.
• Dejar que su niño(a) haga lo que él desea.
• No tener reglas, límites o expectativas.
• La disciplina positiva no consiste en reacciones de corto plazo o castigos alternativos a dar unas palmadas o golpear.

La disciplina positiva ES:
• Encontrar soluciones a largo plazo que desarrollen la autodisciplina de los hijos(a).
• Comunicar a sus hijos con claridad sus expectativas, reglas y límites.
• Construir una relación mutuamente respetuosa con ellos(as).
• Enseñarles habilidades que les serán útiles para toda la vida.
• Aumentar la capacidad y la auto-confianza de sus hijos para manejar desafíos vitales.
• Enseñarles cortesía, no-violencia, empatía, amor propio, derechos humanos y respeto a los otros.



Cómo está organizado este manual
Este manual está organizado como una secuencia de pasos. Cada uno se funda en el anterior. Por eso se recomienda leer todo el manual y hacer los ejercicios según vayan apareciendo.
Según se vayan desarrollando las habilidades de disciplina positiva, no debe olvidarse que todos –padres, madres y niños(as) por igual- somos principiantes. Todos lo intentamos, fallamos, intentamos otra vez, y finalmente tenemos éxito.


El ser padres y madres no es un destino, sino un viaje.
Comencemos pensando en las herramientas que necesitaremos para hacer que el viaje sea exitoso.
• La disciplina positiva es un enfoque de la crianza de los hijos(as).
• Es una manera de pensar.
• Se basa en cuatro principios de la crianza eficaz, centrándose en la identificar objetivos de largo plazo, entregar calidez, proporcionar estructura, comprender cómo piensan y sienten los niños(as), y solucionar de conflictos.





Fuente: Manual sobre Disciplina Positiva, de Joan E. Durrant, Ph.D.